Segundo Domingo de Adviento. Ciclo B

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ESPERAMOS UN CIELO NUEVO Y UNA TIERRA NUEVA EN QUE HABITE LA JUSTICIA

 

Si el domingo pasado hablábamos de las actitudes en la espera (orar, vigilar y testimoniar), este segundo domingo de adviento escuchamos diferentes voces: la de Isaías, la de Juan el Bautista, la de Pedro,… que nos invitan a preparar el camino al Señor.

 

La voz de Isaías en el destierro, en situaciones difíciles, llena de alegría al pueblo por el perdón de los pecados que Dios le otorga y porque pide consuelo para todos: “consolad, consolad a mi pueblo –dice vuestro Dios-” (Is 40,1-5.9-11).

 

La voz de Pedro anuncia una tierra nueva en la que habite la justicia y en la que la paciencia divina ofrece a todos el tiempo necesario para su conversión: “No perdáis de vista una cosa: para el Señor un día es como mil años y mil años como un día” (2Pe 3,8-14). Nuestra tarea es “procurar que Dios nos encuentre en paz con él, inmaculados e irreprochables”, es decir, acupados y preocupados por hacer un mundo mejor a todos los niveles –familiar, parroquial, eclesial, laboral, social…-.

 

Y la voz de Juan el Bautista, que grita en el desierto “allanad los senderos del Señor”, habla desde la austeridad, la sencillez, el compromiso personal y renunciando a privilegios humanos, consciente de que su misión sólo es ser mensajero de otro: “detrás de mí viene el que es más fuerte que yo” (Mc 1,1-8).

 

También escuchamos la voz del salmista recordando que “Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos”.

 

A lo largo de la semana, oiremos la voz de la Virgen María, que acepta gozosa la invitación del Ángel a ser la Madre de Dios y colaboradora en la historia de la salvación. Igual que ella, cada uno de nosotros asumimos la responsabilidad en la construcción de una sociedad fundamentada en el bien, en la justicia y en la paz. Como Iglesia, no permanecemos indiferentes, sino que nos “complicamos” la vida para ir frenando la desertización que quema y agrieta la tierra, a saber, la aridez de las relaciones humanas, la soledad, la indiferencia, el anonimato.

 

Ya, desde el primer versículo, el Evangelista Marcos, se encarga de dejar muy claro su evangelio, la Buena Noticia, que es Jesús “Mesías e Hijo de Dios”, el origen y fundamento de la Buena Noticia que nos quiere transmitir y que nos irá desvelando poco a poco, a la luz de sus obras y palabras. Descubriremos a un Mesías e Hijo de Dios al servicio del pueblo, que se va enfrentando gradualmente al fracaso, la incomprensión, la soledad y la condena de todos.

 

La intención del evangelista Marcos es hacernos partícipes de la Buena Noticia que inicia Jesús para continuarla nosotros siguiendo su misma causa, pues el Evangelio no es algo pasado, algo que sucedió, sino que acontece hoy y nos involucra en la causa de Jesús, que es Buena Noticia para el mundo.

 

La voz del profeta y la vida de Jesús son una crítica y un reto para cada uno de nosotros. No hay acceso a Dios Padre sin búsqueda, concreta y conflictiva, del Reino de fraternidad, que se va concretando en las acciones personales y eclesiales de cada día hechas por cada uno de nosotros. De aquí que el Adviento, con su tiempo de desierto que nos propone, sea una buena ocasión para retomar y allanad el camino del Señor.

Así caen por tierra las falsas imágenes de un Dios presentado como indiferente y pasivo ante la injustita humana. Así, el Bautismo que nos hace Jesús “con Espíritu Santo” lleva a la conversión eficaz, al cambio de corazón en cuanto sede de valores y origen de estructuras, y al compromiso de construir un mundo mejor.

 

José Mª Tortosa Alarcón. Presbítero en la Diócesis de Guadix-Baza

PREGUNTAS:

 

 

  • Son muchas las voces que nos llegan de todas partes ¿por cuáles me dejo conducir en la vida? ¿por qué?

 

 

 

  • ¿Cómo se puede ser persona de esperanza en un mundo donde lo más razonable y normal empieza a ser la desesperanza y la resignación?