Domingo después de Epifanía. El Bautismo del Señor. Ciclo B.

Categoría de nivel principal o raíz: Estudio del Evangelio
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EL BAUTISMO NOS CAMBIA RADICALMENTE Y COMPROMETE NUESTRA VIDA

 

No podía ser de otra manera: Al niño envuelto en pañales y en un pesebre, lo reconocen todos los pueblos como el Hijo de Dios y vienen a adorarlo desde los diferentes continentes de la tierra y desde las diferentes capas sociales.

 

Así es como ha querido Dios manifestarse y hacerse presente en nuestra historia. Lo hace sin ruidos, sin estridencias, sin grandes despliegues de medios, sin protección oficial, sin lujos,… y, pese a todo, ha provocado un giro en toda la historia de la salvación y en la historia universal. Vivimos el año 2018 después de Cristo y nos alegramos por ello, tenemos muchos motivos para estar alegres y dar gracias a Dios.

 

“Tú eres mi Hijo, a quien yo quiero, mi predilecto”. Y como se siente querido y protegido, a lo largo de toda su vida, vivirá, ofrecerá y desarrollará esta experiencia básica y necesaria: “Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él” (Hch). De esta experiencia humana de sentirse querido, Jesús tomará fuerza, día a día, para toda su vida. Por ello, es capaz de amar y dejarse amar, sentir la derrota y el abandono, compadecerse, llorar, reír. Es la experiencia humana básica, necesaria que todo hombre y mujer necesitamos para desarrollarnos y crecer. No podemos vivir sin amor (1Jn 5,1-9). Amamos por necesidad, no por obligación o mandato.

Hoy iniciamos el tiempo ordinario y la lectura del Evangelio de Marcos; también nuestra vida de fe, de seguidores de Cristo tuvo un inicio simbólico con el agua del Bautismo. Nuestros padres y padrinos se comprometían a educarnos en la fe para que amando a Dios y al prójimo nos conduzcamos como “hijos de la luz” y pasemos nuestra vida haciendo el bien sin distinciones de razas, pueblos, sexo, color, ideologías, formas de pensar… y ahora, ya adultos, nos corresponde a nosotros la responsabilidad de hacer crecer esta fe inicial ayudados por la fuerza del Espíritu Santo.

 

Recordamos que el Bautismo de Juan era signo de arrepentimiento y conversión. Sin embargo, el Bautismo de Jesús es tiempo de gracia, de experiencia del Espíritu que lleva a Jesús a cambiar radicalmente su estilo de vida: “pasó del ámbito familiar a la misión mesiánica, de la vida tranquila de Nazaret a recorrer pueblos, caminos y campos; del silencio a enseñar el Evangelio”. El Evangelista nos ofrece un momento privilegiado de manifestación en el que se revela quién es Jesús. Es Hijo de Dios, y su misión consistirá en hacer la voluntad del Padre. Y al final de todo el Evangelio de Marcos, el testimonio de un pagano, un centurión romano, en medio del silencio y desolación del calvario, dirá de aquel maldito que acaba de morir en la cruz “verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39). Y, durante toda la lectura y reflexión del Evangelio de Marcos iremos descubriendo y recorriendo toda su vida y la revelación de su identidad como Hijo de Dios y Mesías, hasta comprender profundamente el significado de estos títulos.

 

El Bautismo de Jesús nos recuerda nuestro propio bautismo y su sentido. Lo recordamos para que no se quede en un rito más o menos festivo que otros vivieron por nosotros, sino que en él Dios nos hizo hijos suyos, nos permitió una nueva relación con Él (cercana, amorosa, filial) y nos encomendó una misión, lo mismo que a Jesús. No podemos colaborar con las injusticias, con las guerras o violencia; no podemos permitir la explotación, la exclusión, el rechazo, la burla, etc., sino que trabajamos por la paz, la justicia, la libertad, el amor y la felicidad de todo hombre y mujer se encuentren en la situación que se encuentren, pues “para dar vida y en abundancia” es para lo que Jesús se ha manifestado y es para lo que nuestra vida de seguidores suyos se compromete tras el bautismo.

 

José Mª Tortosa Alarcón. Presbítero en la Diócesis de Guadix-Baza

 

PREGUNTAS:

 

 

  • ¿Me siento hijo amado de Dios? ¿Cómo lo expreso en mi vida? ¿A qué me compromete esto en mi vida de creyente?

 

 

 

  • ¿La renovación de mi bautismo en qué cambia mi vida? ¿Me daría igual no estar bautizado?