Primer Domingo de Cuaresma. Ciclo B

Categoría de nivel principal o raíz: Estudio del Evangelio
Visto: 207

 

ENTRA CON JESÚS EN EL DESIERTO Y BUSCA EN TU INTERIOR

 

Quizás en este tiempo de cuaresma que iniciábamos, con la imposición de la ceniza, el miércoles pasado, sea bueno y saludable ponerse en manos del Señor y comenzar, cada día, con las palabras del Salmo 24: “Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas; haz que camine con lealtad: enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador”. Al fin y al cabo, este tiempo de “desierto” –lugar de prueba, de experiencia y de encuentro con Dios-, nos está empujando a descubrir que el Dios de la Vida en el que creemos, es un Dios que continuamente nos está buscando para hacer un pacto con nosotros (Gén 9,8-15) y hacer germinar la vida, la alegría, en medio de nosotros, porque su ternura y su misericordia hacia el hombre y la mujer son eternas; es decir, Dios tiene pasión por el ser humano y nos quiere con todas su fuerzas. Esto es lo que descubrimos en cada pasaje de la Biblia.

 

Desde este primer domingo hasta el quinto de cuaresma, toda la Palabra de Dios que escucharemos, quiere proponer un programa catequético para que los creyentes revisemos nuestra fe y nuestra vida; también para que descubramos que esta catequesis cuaresmal está orientada a la Pascua, prepara para la celebración del misterio de Cristo y la renovación del compromiso bautismal: “Aquello fue un símbolo del bautismo (Noé salvado del diluvio) que actualmente os salva: que no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en impetrar de Dios una conciencia pura, por la Resurrección de Cristo Jesús, Señor nuestro” (1Pe 3,18-22).

 

Y en el fondo de todo, dejarse conducir, como Jesús, por el Espíritu de Dios, que nos quiere en el mundo, en sus alegrías y en sus penas, en el conflicto, allí donde se juegan los intereses de Dios, los intereses de los empobrecidos y marginados: parados, obreros, ancianos, drogadictos, enfermos, inmigrantes, refugiados, mujeres maltratadas, niños abandonados, hambrientos, sin hogar, tercer y cuarto mundo, etc. No podemos vivir al margen de la historia y de los conflictos si queremos anunciar el Reino de Dios, si queremos ser seguidores de Jesús, porque Él asumió todo ello y se implicó –complicó- en su vida al aparecer como algo nuevo, apartándose del Templo, de Jerusalén, de Judea y, actuando, desde el principio, “cuando detuvieron a Juan”, en Galilea, tierra de gentiles e impuros, de pobres y marginados, donde en Marcos 16,7 se nos dirá que sólo volviendo allí es posible ver a Jesús resucitado.

 

Con Jesús, está presente el reinado de Dios, la buena noticia de Dios es ya una realidad: “Se ha cumplido el plazo, ya llega el reinado de Dios. Convertíos y creed en la buena noticia” (Mc 1,12-15). Su oferta va dirigida a todos/as, invitando primero a los últimos, a los que los dirigentes del pueblo consideraban indignos y excluidos del gozo mesiánico.

El Reino se nos ofrece, pero también nos exige a todos (pobres, ricos, marginados, jóvenes, adultos,…) fe y conversión. Es don y tarea.

 

Se me ocurre afirmar que toda la Cuaresma nos invita a buscar a Dios en las mismas opciones que hizo Jesús y en los mismos lugares por donde “pasó haciendo el bien y curando de toda dolencia y enfermedades”. Ello, evidentemente, nos provocará conflicto, discernimiento, así como superar las múltiples tentaciones que se nos vayan presentando y que el Evangelista Marcos no concreta como sí hacen Mateo y Lucas en sus respectivos Evangelios (tres tentaciones: el poder, la indiferencia y el culto al dinero), ni las sitúa al final de los cuarenta días, sino que acompañan a Jesús en todo momento de su vida para que descubra que Dios no lo abandona nunca. Quizás, también, sea esta nuestra realidad diariamente.

 

José Mª Tortosa Alarcón. Presbítero en la Diócesis de Guadix-Baza

 

PREGUNTAS:

 

 

  • El desierto es lugar de encuentro y de tentación. ¿En qué situaciones de la vida me encuentro “en el desierto”? ¿Cómo percibo la presencia de Cristo en esas situaciones?

 

 

 

  • ¿Qué lugar ocupa en mi vida el Espíritu Santo?

 

 

 

  • ¿Cuáles son las dificultades (“tentaciones”) que nos amenazan, personalmente y como Iglesia si nos implicamos en el Reinado de Dios?