La Santísima Trinidad. Ciclo B. Día Pro-Orantibus

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EL MISTERIO Y CERCANÍA DE DIOS

 

Dios no quiere estar lejos de los que ama, por eso nos da su presencia constante como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo que se hace cercano y fuente de felicidad. A través del Hijo Jesús, hemos conocido el amor de Dios y en él hemos puesto nuestro ideal, nos dice la letra de una canción; un amor que nos iguala, nos reúne, nos une y potencia lo mejor de cada uno en busca del bien común.

 

Es lógico que comencemos y terminemos todas nuestra celebraciones cristianas “en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, significando con ello la unidad total de nuestra fe y la presencia constante de Dios en medio de nosotros experimentado de múltiples formas.

 

“Desde el día de nuestro bautismo, estamos llamados a ser hijos como lo fue Jesús; y movidos por su Espíritu atrevernos como Él a ver en Dios un Padre. Sólo así podremos construir un mundo de hermanos, donde nuestras relaciones estén fundadas –como las de la Trinidad- en el amor”.

 

Vivir la fe desde el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (Trinidad) nos ayuda a crear comunión con los hermanos, porque las Tres personas divinas son entre sí unidad. Es el gran misterio de nuestra fe, pero que produce frutos de amor en abundancia y para todas las personas.

 

Dios está en la historia como Amor y, el amor nunca es soledad, aislamiento, sino comunión, cercanía, diálogo, alianza. Dios es amor personal porque te ama a ti, como si sólo a ti amase; Dios es amor preferencial porque se inclina hacia el débil, el pobre, excluido y abatido; Dios es amor total, sin medida; Dios es amor universal porque incluye y no excluye; Dios es amor único y total que nos pide que así lo reconozcamos, “reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra”, además de que quiere nuestra felicidad (Dt 4,32-34.39-40). “Ama la justicia y el derecho y su misericordia llena la tierra” (Salmo 23); porque somos sus hijos y le podemos llamar ¡Abba! –Padre, cariñosamente- (Rm 8,14-17). Un Padre que está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo nos dice el Evangelio de hoy (Mt 26,16-20). Lo había prometido y no nos podía fallar.

 

Ahora se nos invita volver al principio del Evangelio para escuchar de nuevo sus enseñanzas y contemplar sus signos desde la luz de la Resurrección. Jesús nos cita también a nosotros en Galilea, donde comenzó su misión, para que hagamos y vivamos como Él. Nos congrega con todo lo que somos, con nuestra fe mezclada de duda y vacilación, claridad y desconcierto, “al verlo, se postraron ante él los mismos que habían dudado” (Mt 28,17). Quiere que hagamos discípulos que establecen una profunda relación con el Maestro, una relación personal y de seguimiento que se concreta en el amor universal. Así pues, evangelizar a una persona no es enseñarle el contenido del Evangelio, sino guiarla, como hizo Jesús con sus discípulos, para que la persona descubra toda su vida y el sentido de los acontecimientos que le toca vivir, y, al final, reconozca que Jesús muerto y resucitado le ofrece vida nueva a través de lo que está viviendo.

 

Sentir la presencia permanente de Jesús, nos anima en la vivencia de la fe y nos exige encontrarlo en sus preferencias, en la ayuda y solidaridad con el necesitado, en la lucha contra la injusticia, en la defensa de los derechos humanos y la dignidad de las personas, en la cercanía al que sufre, al pobre, al enfermo, al marginado, al extranjero, al inmigrante, al refugiado, al parado, al drogadicto, al que está en la cárcel, al que ha perdido la ilusión por vivir, a las familias que sufren, en definitiva, a toda aquella persona que necesite nuestra atención.

 

José Mª Tortosa Alarcón. Presbítero en la Diócesis de Guadix-Baza

 

PREGUNTAS:

 

 

  • Cómo discípulo, ¿dónde me cita Jesús? ¿dónde me reúno con Él?

 

 

 

  • El saber que Jesús está con nosotros hasta el fin del mundo, ¿de qué modo te anima a seguir construyendo el Reino de Dios?