Vigésimo séptimo Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Categoría de nivel principal o raíz: Estudio del Evangelio
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LA DIGNIDAD DE CADA PERSONA

Creo que no puedo entender a aquellos que piensan y actúan con el convencimiento de que haya personas que puedan ser superiores en dignidad a otras por el color de la piel, cultura, religión, o que el hombre es superior a la mujer, pues desde la culminación de la creación del mundo (Gn 2,18-24) se subraya la igualdad y dignidad de ambos, “y vio Dios que era muy bueno” (Gn 1,31). Además, desde la muerte y resurrección de Jesús, no puede ser esto de otra manera, porque “por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos” (Hb 2,9-11). De aquí que, con el Salmo 127, hemos de pedir “que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida” para entender su proyecto sobre nosotros y poderlo poner en práctica en cada momento buscando el bien de toda persona.

Es más, los valores nuevos del Reino hacen que las mujeres y los niños, que en la cultura judía se consideran de rango inferior, reciban su auténtico valor en las palabras y hechos de Jesús (Mc 10,2-16) rompiendo los esquemas sociales y religiosos vigentes. Jesús no acepta la interpretación patriarcal y machista, por la cual el hombre puede despedir a su mujer mientras cumpla unos requisitos legales, sino que se pone al lado del más débil, equiparándolo en dignidad. Con ello entendemos que, será el amor a fondo perdido, incondicional y la igualdad entre hombres y mujeres los criterios y valores de la nueva comunidad que nos presenta el evangelista, y desde donde tiene sentido el matrimonio y cualquier relación entre el hombre y la mujer.

La propuesta de Jesús es una comunidad alternativa –lo veremos también en los domingos siguientes- que empieza con la igualdad y dignidad de todos. De aquí que las enseñanzas de Jesús a sus discípulos, en su caminar hacia Jerusalén, se dirijan al centro del ser humano, a su corazón “para que abandonando las actitudes de los fariseos, incapaces de comprender, vuelvan a ser como niños, abiertos a la novedad del Reino de Dios”.

Por un lado, los niños, en la cultura judía, no tenían los derechos y protección de los niños de hoy en día, sino que estaban indefensos, sin ningún tipo de poder, no representan nada ni en la sociedad civil ni en la religiosa, pero Jesús “tomándolos en brazos los bendecía imponiéndoles las manos” (Mc 10,16) mostrando con este gesto de cercanía, acogida, cariño, protección,… la preferencia de Dios por los que nada pueden ni valen humanamente.

Por otro lado, la mujer, también sin derechos en la cultura judía, podía ser repudiada por el marido por cualquier motivo (depende de la corriente de opinión que se siguiera, en tiempos de Jesús, podía ser repudiada si se le sorprende en adulterio, o le causara al marido cualquier incomodidad, o que se le quemara la comida), pero ella no podía hacer lo mismo.

Si queremos sacar conclusiones de la Palabra de Dios de este domingo, se nos está invitando a expresar la fe en un plano de igualdad y dignidad, mostrando que el varón y la mujer son igualmente responsables sin que el uno pueda imponer su dominio por encima del otro. La responsabilidad en el matrimonio es compartida, es el cuidado del uno por el otro. También hay que concluir insistiendo que para vivir como seguidores de Jesucristo, hay que hacerlo con unas preferencias por aquellos que en la sociedad civil y religiosa lo tienen más difícil. Todo ello renunciando a la arrogancia y al orgullo, abiertos a la gratuidad y a la vivencia de la fe en cada momento histórico.

No es un capricho ni una opción interesada o política, sino una exigencia vital encontrada en cada texto evangélico y en la historia más genuina de la Iglesia a lo largo y ancho de toda su historia.

 

José Mª Tortosa Alarcón. Presbítero en la Diócesis de Guadix-Baza.



PREGUNTAS:

 

  • Os hago una invitación triple:
  • Orar en pareja (matrimonio) por lo que somos y tenemos. Por la vida que nos comunicamos, por nuestro amor, por los proyectos, por las debilidades y fortalezas.
  • Orar por los débiles y marginados, para que sepamos acogerlos.
  • Orar por la Iglesia para que acoja y bendiga a los más indefensos y necesitados.