El beso de Dios - cuaderno de vida

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El beso de Dios

 

Habíamos terminado la celebración de la Eucaristía en el primer aniversario de la muerte del abuelo. Estaba reunida toda la familia: hijos, nueras, nietos, algunos con sus parejas, y niños bisnietos, muchos niños, algunos todavía en brazos de sus padres. Desde el primer momento quise acogerles y mostrarles todo mi cariño.

La celebración fue seguida con gran respeto. Les ayudé a que participaran lo más posible. Los sentimientos de cariño hacia el abuelo y entre ellos eran evidentes. Les dije: El abuelo vive. Dios, Padre de Jesús y Padre nuestro, que nos ama inmensamente a todos, no podía dejarlo tirado. Igual que levantó de la muerte a Jesús, el Hijo amado, ha rodeado al abuelo con el abrazo de su amor y ha hecho que hoy esté contemplando la luz de su rostro. Y seguí diciéndoles: Todos nosotros caminamos también hacia ese encuentro definitivo con Dios, todo bondad y todo amor. Pero, aunque no nos demos cuenta las más de las veces, Él está con nosotros, está con vosotros, en vuestro corazón y en vuestras vidas. El amor que os tenéis es señal de que Dios también os quiere y os abraza con su amor.

Terminada la celebración, me acerqué a Oscar que estaba en el primer banco con su pequeño en brazos. Quise darle un beso y el niño giró la cabeza no queriendo que le besara. Y ante la reacción normal del niño, Oscar, con una ternura indecible de padre, le dijo: “No, hijo, mira, vuélvete. Es Dios que quiere darte un beso”… El niño volvió la cabeza, me miró y dejó que le besara.

En su ignorancia religiosa, Oscar proclamó una gran verdad. Mi beso no era sólo mi beso. Más allá de la exterioridad del mismo, era el Señor, vivo en mí, quien acariciaba con sus manos la frente de Antoñito y depositaba en ella su beso, haciéndome con Él en ese momento signo del amor del Padre a los pequeños. ¡Dichoso tú, Oscar! porque esto que acabas de decir no te lo ha revelado sabiduría humana alguna, sino el Espíritu del Padre que trabaja en el corazón de los sencillos y humildes (Mt 16,17). Gracias, Jesús, mi Señor y mi único Maestro, porque nuevamente, desde el corazón de los pobres, me llamas a ser contigo signo del acercamiento salvífico del Amor del Padre a todos ellos.