Experiencia personal vivida con un sacerdote

Categoría de nivel principal o raíz: Contemplación de la Vida
posted by: Administrator
Última actualización: 02 Julio 2015
Creado: 02 Octubre 2014
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LLEVAMOS UN AGUIJÓN EN NUESTRA VIDA

 

Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo.

Por eso vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos,

las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo.

 

Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2Cor 12,9b-10).

A Aquel que tiene poder para realizar todas las cosas

incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar,

conforme al poder que actúa en nosotros,

a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús

por todas las generaciones y todos los tiempos. Amén” (Ef 3,14-21)

 

 

Mi experiencia personal y pastoral, de más de 20 años, en parroquias, asociaciones y diferentes colectivos, me ha mostrado, de diversas maneras, que todas las personas tenemos en nuestra vida alguna herida que sanar y cerrar, “un círculo que completar”, como dicen los aborígenes, para que se dé la posibilidad de vivir una vida con mayor tranquilidad. El caso es, que no siempre uno es consciente de eso y, no tiene por qué causar problema mayor si no se resuelve conscientemente pero, no siempre, ocurre lo que uno quisiera, ni todo en la vida se puede controlar perfectamente, pues somos humanos, vasija de barro en manos del alfarero (Jer 18,6), que llevamos un gran tesoro en esa vasija (2Cor 4,7). No obstante, si eso llega a aflorar, lo importante es dar y darnos la oportunidad de que es posible la rehabilitación y la sanación de tal herida, es decir, apostar por la dignidad de la persona humana que es posible de tomar las riendas en cualquier momento de su vida si pide ayuda, se deja ayudar y se ponen los medios precisos.

 

No es fácil asumir en tu vida que tienes problemas, ni mucho menos el tener que compartirlos con otros. No estamos acostumbrados a ello, pues parece que si se cuentan, te expones y se ve tu debilidad. ¡Qué lejos de vivir del Evangelio! ¡Qué lejos para poder decir, como San Pablo, que se presume con gusto de las debilidades!, esas que llevamos como un aguijón en nuestra vida (1Cor 15,55-56).

 

Claro está, hay debilidades y debilidades, ¡vamos! que unas están mejor vistas que otras, ¡digo yo!, o se entienden mejor y depende de quién las tenga. Pero, no nos engañemos, las debilidades son debilidades y como no te reconcilies con ellas, te van a acompañar durante toda tu vida y saldrán a relucir en el momento que menos te las esperes. Por eso, es sano y reconfortante, dejarse en las manos del Señor y decir que “cuando soy débil, entonces soy fuerte”.

 

Hace unos meses, recibí la llamada de mi obispo, para informarme de la situación que estaba viviendo un sacerdote de una diócesis vecina y, que por nuestra parte, ¿qué podíamos hacer? A él le pedía ayuda un obispo compañero. ¡Gracias a Dios! por la oportunidad que le ofrecen. ¡Qué bien que los hermanos se quieran y se ayuden! ¡Qué bien poder compartir las alegrías y las tristezas!

 

Contaba conmigo, por mi experiencia de trabajo con personas que tienen problemas de drogas y otras adicciones, por lo que enseguida intuí que por ahí andaba el problema y que no sería fácil la solución, pero no podía negar mi ayuda a un compañero que, además, quiere rehabilitarse con todas las consecuencias. “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor. Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?(Job 1,21;2,10b).

 

Inmediatamente nos pusimos en contacto y empezó el proceso. Un proceso largo, lento, pero que pretendía asentar las bases para un presente y un futuro. El pasado ya está hecho y no podemos intervenir, aunque sí conocerlo para no repetirlo; pero en el presente, siempre se puede actuar. ¡Claro!, siempre que uno quiera y esté dispuesto a dejarse cuestionar y poner “patas arriba” toda una historia que ha condicionado tu modo de pensar, de vivir y de hacer.

 

La oración y la celebración de la Eucaristía nos han acompañado permanentemente y de aquí hemos sacado las fuerzas suficientes para dar respuesta a la vida. En tus manos, Señor, está nuestro espíritu (ver Lc 23,46) y nuestra vida descansa tranquila en ti porque nos cuidas, nos proteges y conoces nuestras entradas y salidas, sabes todo de nosotros y no podemos escondernos de ti ni de nosotros (Sal 23;38,9;119,168;139,1-2;142,3). “Estamos aquí, porque no hay ningún refugio donde escondernos de nosotros mismos. Hasta que una persona no se confronta en los ojos y en corazón de los demás escapa”, dice un texto que el programa educativo-terapéutico de Proyecto Hombre ha hecho suyo desde que la escribió una persona en proceso de rehabilitación de drogas.

 

Con este criterio hemos trabajado y vivido todo el proceso que, ha tenido sus más y sus menos, sus altibajos y sus momentos de gozo y esperanza. Hemos compartido vida, comida, tiempos, ocios, logros, retrocesos, familias, espacios; pero, sobre todo, hemos compartido las ganas de ser evangelizadores con Espíritu que vuelven a Jesús y su Evangelio (cf. EG, 259-288, del papa Francisco), para sacar las fuerzas necesarias y el entusiasmo para vivir plenamente feliz.

 

Ahora doy gracias a Dios por lo vivido, por la experiencia, por la convivencia, por lo que también he podido aprender de este compañero y por la implicación que algunos miembros de la parroquia han tenido en el proceso y los compañeros del arciprestazgo que han puesto normalidad a la situación. Nadie, ni él ni nosotros, hemos quedado indiferentes, sino que hemos intentado poner lo mejor de nosotros mismos y pensamos que ha servido para algo. De todas formas, como “siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc 17,10), es decir, no podíamos pasar ante el sufrimiento del hermano, ante aquel que se sentía explotado o deprimido que rezamos en la plegaria eucarística. Teníamos que ofrecer una Iglesia acogedora que ofrece a todos ganas de vivir y da razones para la esperanza. Al Dios del amor, del perdón, de la misericordia, que se nos ha revelado por su Hijo Jesús en el Espíritu Santo, damos las gracias y “en él nos movemos y existimos” (Hch 17,24-28).

 

José Mª Tortosa Alarcón. Guadix-Baza

Septiembre 2014