EL CURA DE ARS Y EL P. CHEVRIER

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EL CURA DE ARS Y EL P. CHEVRIER

 

«Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote» es el lema que nos ha propuesto Benedicto XVI para este año sacerdotal. En esta exposición, intentaré ver cómo la fidelidad de Cristo se hizo carne, se concretó en la vida de dos sacerdotes: Juan María Vianney y Antonio Chevrier, que se encontraron en el pequeño pueblo de Ars, movidos por la misma fe y el mismo deseo de fidelidad. Los dos fueron hombres apasionados por el amor fiel y misericordioso de Dios, por el seguimiento de Jesucristo Sumo sacerdote fiel en lo que toca a Dios y compasivo con relación a sus hermanos, como destaca al carta a los Hebreos (2, 17-18). Los dos buscaron vivir un sacerdocio existencial, superando la mera perspectiva funcional del ministerio sacerdotal en la Iglesia de Francia, acosada por las evoluciones de una sociedad que vivía un profunda mutación.

 

 

 

 

Estos dos sacerdotes buscaron vivir la fidelidad y compasión de Cristo en medio de un pueblo cansado y desorientado, ignorante y manipulado desde diferentes poderes sociales, políticos y eclesiásticos. Este esfuerzo de fidelidad se me ha presentado, a lo largo de mi búsqueda, como profundamente unificado, pero no menos diferente y diferenciado. Una misma santidad, pero por sendas diferentes. La santidad, esto es, la fidelidad y la compasión del Señor adoptan formas diferentes de acuerdo con la historia personal, la formación y la cultura emergente en la vida de cada ministro del Señor. Por ello, antes de presentar, los puntos de coincidencia y la manera diferente de llevarlos a la práctica, conviene situar la personalidad de cada uno de ellos. El hecho de que se encontrasen, valorasen y admirasen mutuamente no puede hacernos perder de vista que en ellos se encontraban el declinar de una cultura y la emergencia de otra. El santo cura de Ars representa la grandeza de una búsqueda pastoral para restaurar las conciencias tras la revolución francesa. El beato A. Chevrier representa más bien la búsqueda a tientas de una respuesta pastoral ante la naciente cultura industrial y urbana. La fidelidad y la compasión de Cristo no se expresa en la repetición, sino en la búsqueda de nuevos caminos para significar y actualizar el amor de Dios por el mundo, de tal forma que los hombres puedan vivir y desarrollar vocación a la libertad del amor. La fidelidad perezosa se contenta con la repetición. La fidelidad del amor es siempre creativa.

I DOS HOMBRES, DOS CULTURAS

Estos dos sacerdotes estuvieron separados en el espacio por unos 35 kilómetros de distancia; es la distancia aproximada de Lyon a Ars. En el tiempo, por 40 años. Juan María Vianney nace en mayo de 1786, en Dardilly. Fue ordenado sacerdote en agosto de 1815, y murió en Ars el mes de agosto de 1859. El P. Chevrier nace 40 años más tarde, en 1826, es ordenado en 1850 y muere en 1879. Cuarenta años no parece un tiempo muy largo, pero existen momentos en la historia del mundo donde todo se acelera; y es lo que sucedía en la sociedad francesa de aquel tiempo, en particular en Lyon y alrededores.

El cura de Ars provenía de una familia rural, profundamente religiosa y piadosa, modesta pero no necesariamente pobre para su tiempo; una familia que formó a sus miembros en la atención y socorro a los pobres. Una familia que se apartó de los sacerdotes que habían jurado la constitución salida de la revolución francesa y no dudaron de participar en la liturgia clandestina de «los sacerdotes refractarios», incluso de acogerlos con riesgo en su casa. El Cura de Ars se confesará por primera vez a uno de estos sacerdotes. Su primera comunión la hará de forma clandestina, pues era el momento de la persecución. Para hacerse ordenar sacerdote recorrió a pie cien kilómetros, es la distancia entre Dardilly y Grenoble. La ordenación tuvo lugar en la capilla del Seminario de esta diócesis. Junto a él no había ningún familiar y ningún amigo. Tampoco podemos olvidar que por razones complejas, él había sido desertor del ejército, debiendo vivir en clandestinidad un cierto tiempo.

Con relación a la formación, conviene notar que a los 17 años aprendería a escribir, con lo cual le faltarían las bases para llevar adelante estudios en latín. A los 19 años decidió iniciar su formación para ser sacerdote. Durante 10 años luchó son éxito por aprender el latín, pues los estudios de teología se realizaban en latín. Pero esto no quiere decir que no tuviera una inteligencia viva y el

La formación del cura de Ars la llevó a cabo Charles Balley (1751-1817), el cura de Ecully, parroquia vecina a Dardilly. Este santo cura era de gran austeridad y tenía una cierta tendencia jansenista de la primera época. Este dato tiene su importancia para comprender las evoluciones espirituales de Juan María. Ordenado sacerdote, fue enviado como coadjutor de su tutor, protector y formador, sin su ayuda nunca hubiera llegado a ser sacerdote. Al morir su párroco, dos años después, Vianney fue enviado a Ars como párroco, donde permaneció hasta su muerte. También podríamos hacer referencia a la sicología propia de un hombre vivo e intuitivo, profundamente afectivo; sicología bastante diferente a la del P. Chevrier, pero dejo de lado esta cuestión.

A. Chevrier nace en una familia obrera, en la ciudad industrial de la seda, en Lyon. Es una familia un tanto desarraigada y desestructurada, no muy piadosa. Es la familia que vive el paso de la estabilidad rural a la incierta y compleja situación de la industrialización. La pobreza del mundo rural y la pobreza de los barrios de aluvión, de inmigración de Lyon, es diferente.

La formación recibida por el P. Chevrier en el seminario de Lyon había evolucionado mucho con relación a la recibida por el cura de Ars. La teología no tiene ya los mismos tintes jansenistas, aun cuando no haya desaparecido totalmente del horizonte clerical galicano. El estudio de la Escritura tenía un lugar preferente. La vuelta a la palabra de Dios y la enseñanza de la moral de san Alfonso María Ligorio dieron un cambio profundo a la formación. El exegeta M. Duplay repetía en sus clases a los seminaristas de Lyon: «La Escritura Santa es nuestro patrimonio. Más se busca en ella, más se encuentra en ella.» Chevrier permanecerá fiel toda su vida a esta consigna.

Por otra parte, la presencia de la Iglesia en el mundo rural y en el mundo urbano no es la misma. La parroquia de Ars tenía 250 habitantes cuando llegó el santo cura, donde permaneció 40 años. Era el momento de la restauración monárquica y religiosa frente a la revolución. La Guillotière, en las afueras de Lyon, tenía en 1818 siete mil habitantes. En 1850, cuando es nombrado A. Chevrier coadjutor de la parroquia de san Andrés tenía cuarenta mil habitantes y diez años más tarde, en el momento de la fundación del Prado, contaba ya con casi cien mil. Si el Cura de Ars vive el periodo de la restauración, A. Chevrier vive la revolución industrial, el nacimiento del proletariado, las revoluciones obreras, como la de «los canutos», la comuna de París. El primer libro del Capital, de Karl Marx se publica en 1867. La tercera república se instaura en Francia en tiempos de Chvrier.

Por otra parte, resulta significativo, que el cura de Ars permaneciese 40 años en la misma parroquia, mientras que el P. Chevrier se sintiera llamado a abandonar la parroquia para ponerse al servicio de los pobres; y cuando le dieron una parroquia, pronto se la quitaron. De hecho dedicó el resto de su vida a realizar lo que entendió ser su vocación y la necesidad de la Iglesia y del mundo en aquellos momentos: la formación de apóstoles pobres para los pobres. Sobre ello volveré.

Estos dos hombres se encontraron, como se desprende del Proceso de beatificación de A. Chevrier y de algunas de sus notas, hacia el año 1857. El P. Chevrier había visto la miseria de su pueblo y había recibido luces especiales sobre el misterio de la encarnación que le llevaron a dar una orientación decisiva a su vida. Así fue a consultar al santo para saber si sus intuiciones y decisiones venían de Dios o eran puros espejismos. Sostenido y animado por los consejos del Cura de Ars, Chevrier tomó sus resoluciones en diálogo, claro está, obediente con su obispo. Dejó el confort de la parroquia y fue a instalarse como capellán de la Cité de l’Enfant Jésus, esto es, una especie de ciudad para familias obreras pobres. Ahí se ocuparía obre todo del catecismo de los niños. Pero ante las dificultades para llevar a cabo su misión de evangelizar a los más pobres, abandonó la obra y terminó por instalarse en el Prado, donde se acogía durante seis meses a los muchachos de la calle, golfillos y pequeños delincuentes, víctimas de la sociedad. La condición para su admisión: «No saber nada, no tener nada, no valer nada». Se le formaba humana y religiosamente. Se les enseñaba a leer y escribir y se les iniciaba a la vida cristiana, en particular a la primera comunión. Los muchachos tenían entre 14 y 20 años.

Pero volvamos a lo esencial de nuestra reflexión, ¿cómo esos dos sacerdotes procedentes de universos tan dispares y desarrollando el ministerio en contextos y formas tan diversas viven una misma fidelidad?

II LA ORIENTACIÓN ESPIRITUAL: TRINIDAD

Bernard Nodet, uno de los mejores conocedores del Cura de Ars, en su obra, Jean Marie Vianney, curé de Ars, sa pensée, son coeur, comienza la presentación del santo con estas palabras: «Es difícil encontrar en el santo Cura de Ars, no solamente una espiritualidad sistemática, sino también las grandes etapas que le condujeron a tan alta santidad». Y añade más adelante: «¿Puede hablarse de una espiritualidad del Cura de Ars? Yo no lo creo.» Pero eso no es óbice para inducir un movimiento subyacente a la vida espiritual del Santo, aun cuando él no lo fuera plenamente consciente de ello. Juan María era un hombre de intuiciones y experiencia. Vivió más que formuló. Orientó a muchos, como al P. Chevrier a quien consideraba en la intimidada un hijo predilecto, pero no fue «un maestro» al estilo clásico, su pedagogía y didáctica no se plasmaba en escritos y una doctrina organizada. Tenía su formación y conocía a los autores espirituales y místicos, como san Juan de Ávila, cuyas obras estaban en su biblioteca personal y que marcaron, sin duda alguna, su manera de pensar la dignidad sacerdotal, la vivencia de la presencia real de Cristo en la Eucaristía y su radicalismo evangélico; pero no tenía la preocupación explicita de iniciar de forma ordenada y sistemática a sus oyentes a una determinada espiritualidad, los cuales, por otra parte, fueron en su mayoría ocasionales. He aquí algunos puntos de insistencia tanto de su vivencia personal como de las orientaciones dadas a los demás.

Según el testimonio de Catalina Lassagne, una de las más estrechas colaboradoras del Cura, el misterio de la Santísima Trinidad se halla en el centro de su vida espiritual: «Quand nous prions, nous faisons plaisir à la Trinité.» «Cuando oramos, complacemos a la Trinidad.» El Cura de Ars buscaba unirse a Dios, pero a un Dios personal, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El camino de acceso a la Trinidad era, como no podía ser de otro modo, el Hijo venido en nuestra carne y presente en la Eucaristía. Al Padre lo veía como la expresión de la bondad. Al Hijo lo vivía como un desbordamiento de amor: «si supiéramos cómo nos ama Nuestro-Señor, moriríamos de placer (plaisir)» La palabra plaisir aparece con frecuencia en los escritos y en los testimonios sobre el santo. No era un hombre triste. En una ocasión dijo: «Si estuviera triste, me iría a confesar de inmediato». Quien está animado por el Espíritu de Dios, por su fuerza e impulso, no puede estar triste. El amor y la alegría son fruto del Espíritu.

Si el horizonte de la vida espiritual del Cura de Ars fue la Trinidad, su centro estaba en la Eucaristía. Le seducía la presencia real de Cristo en la Eucaristía. En sus homilías y catequesis no cesaba de apuntar al sagrario y, en ocasiones, repetía durante minutos: «Il est lá», «él está ahí». Seducido e imantado por la presencia de Jesús en el sagrario, pasaba horas y horas ante él. Consiguió que sus parroquianos se acostumbrasen a visitar al Señor en la Iglesia. Para honrar esa presencia, no dudó de invertir sumas considerables para ornamentar el templo. Esto no quiere decir que el santo no viviera la Eucaristía como sacrificio, pero le fascinaba esa presencia real de Cristo, a quien lo tenía en sus manos. La perspectiva del sacerdote y de la Eucaristía, tal como se encuentra en san Juan de Ávila, se refleja profundamente en la experiencia y vida espiritual del Cura de Ars. Este punto no se ha estudiado mucho.

Cuando nos fijamos en la orientación espiritual de A. Chevrier, se constata también que el horizonte es trinitario y que la Eucaristía tiene una gran importancia en su vida espiritual y en su trabajo apostólico. Sus iniciativas giraron en torno a la obra de la primera comunión. Entre sus dirigidas se hallaba Mlle Tamisier, una de las fundadoras de los congresos eucarísticos a quien sostuvo en su empeño e iniciativa. Pero el centro de su espiritualidad se encuentra en el conocimiento de la persona de Jesucristo a través de las Escrituras. «Conocer a Jesús es todo, el resto es nada.» La persona de Jesucristo en su misterio de la encarnación le fascina de tal forma, que centra todo su esfuerzo espiritual y pastoral, bajo la acción del Espíritu, en conocer, amar, seguir y dar a conocer la persona de Jesús. Si al Cura de Ars se le ve sobre todo de rodillas ante el sagrario, al P. Chevrier se le vía sumergido en la Palabra de Dios.

Como el Cura de Ars, A. Chevrier fue un sacerdote de absolutos. Conocer a Jesucristo es todo. Poseer el Espíritu de Jesús es todo. Evangelizar a los pobres es todo. El camino seguido para vivir unificado es el estudio incesante de Jesús en las Escrituras, en los evangelios y en las cartas de san Pablo. Así escribe en síntesis: «nuestra regla es Jesucristo, su palabra, sus ejemplos. Fundamento sólido, inconmovible».

La espiritualidad de A. Chevrier se condensa en el famoso cuadro de St. Fons. El pesebre, la cruz y la Eucaristía.

FIDELIDAD DE CRISTO Y OPCIÓN POR EL BANDO DE LOS POBRES

Jesús fue fiel al designio del Padre eligiendo el camino de la pobreza y de la humildad. Nació, vivió y murió como pobre. Los profetas anunciaron el camino del Siervo como el camino del verdadero Mesías. Resucitado de entre los muertos, explicó a los discípulos de Emaús, como su pasó por la cruz había sido anunciado por los profetas. Jesús se hizo del bando de los pobres y desde entonces el seguimiento más de cerca de Jesús entraña una real vivencia de la pobreza. Así lo entendió el Cura de Ars a la luz de los escritos de san Juan de Ávila, el cual tiene esta bella expresión de esta realidad:

¡Qué cosa tan pesada era la pobreza antes que Cristo viniese al mundo, qué aborrecida, qué menospreciada! Pero bajó el Rico del cielo y escogió madre pobre, y ayo pobre, y nace en portal pobre, toma por cuna un pesebre, fue envuelto en pobres mantillas (cf. Mt 8, 20), y después, cuando grande, amó tanto la pobreza, que no tenía dónde reclinar su cabeza, y, finalmente, fue tan amador de pobreza, que ya no hay cristiano, si es verdadero cristiano, que no tenga en más ser pobre que rico. Y ansí, después de su venida en tanta pobreza, muchos y muchas dejaron sus haciendas para hacerse pobres, teniendo en más ser pobre con Cristo que rico con el mundo. En más es tenido el pobre que el rico después que Jesucristo se hizo de su bando. Como si en una balanza pusiésedes una cosa de precio y en otra una cosa vil, pero llena de perlas preciosas, diréis que vale más esta segunda balanza por el valor de lo que se juntó con ella. Y si en una arca vieja estuviese un tesoro y en otra nueva no estuviese nada, claro está que diríades que vale más la vieja, por lo que está dentro de ella, que no la nueva que está vacía. Y ansí, si miráis la pobreza y riqueza de cada una por sí, más vale la riqueza; más si miráis la joya que está en la pobreza, de mucho más valor es. Juntóse Dios con la balanza de la pobreza y hizo subir el valor. Pues si los pobres solían tener envidia a los ricos, agora téngala los ricos de los pobres, pues juntóse Jesucristo con el bando de los pobres y engrandeció[lo] III, 53-4. Los pobres a los ojos de los santos son más importantes que los ricos.

San Juan de Ávila enseñaba que desde que Jesús se hiciera del bando de los pobres, muchos hombres y mujeres hicieron la misma opción. El seguimiento de Jesús incluye esta opción por vivir en pobreza y el lado de los pobres, a su servicio. Tanto el Cura de Ars como el fundador del Prado se hicieron claramente del bando de los pobres, a pesar de las críticas de unos y otros. Fueron pobres y sus preferidos fueron los pobres, lo pecadores y los ignorantes. Ambos vivieron con austeridad suma, ambos murieron pobremente, ambos crearon una “providence” para los desarropados de la sociedad, donde buscaron formar al hombre integral. Los dos fueron valedores de los últimos de la sociedad. Se hicieron pobres y fueron ricos. Es la paradoja. Manejaron sumas enormes de dinero para su tiempo; pero no usaron el dinero para ellos. Se sentían los administradores del dinero de los pobres.

Una anécdota del encuentro del P. Chevrier con el Cura de Ars nos puede iluminar bien en este sentido. En enero o febrero de 1857, con toda probabilidad, viajó el joven sacerdote a consultar al santo. Desde la luz recibida la víspera de Navidad, una convicción se había fijado en la conciencia del joven coadjutor de san Andrés: quería vivir con Jesús del lado de los pobres, para evangelizar a los pobres y formar apóstoles de entre los pobres para los pobres. Pero ¿cómo vivir la pobreza en un contexto confortable como eran las parroquias en ese momento? ¿Cómo permanecer pobre y al servicio de los pobres sin entrar en una congregación religiosa? ¿Cómo hacer para formar sacerdotes pobres de entre los pobres y para los pobres permaneciendo sacerdote secular? Todas estas cuestiones agitaban el corazón del joven sacerdote. Las respuestas del Cura de Ars fueron de claro apoyo, pero fueron enigmáticas, las propias de un profeta que ve en el horizonte borroso del tiempo y de la situación. Un punto central, sin duda, fue cómo seguir la llamada a ser pobre en la situación parroquial en que se encontraba. Chevrier contaba más tarde lo esencial de la entrevista en estos términos: «Después de exponerle mis puntos de vista al santo cura, me respondió: “haga eso y será rico”. Y añade “marché muy triste de ahí: había ido a buscar la pobreza, pero encontraba la riqueza”». Esto suponía abandonar, al menos por el momento la parroquia. El hombre fiel a la parroquia no pide a su colega que siga su camino, sino las intuiciones que el Señor le ha regalado. Así son los santos, no piden que el otro haga lo mismo. Por otra parte, la respuesta enigmática del santo es significativa. El Cura de Ars sabe por experiencia que Dios envía mucho dinero al que se hace pobre y lo es de verdad. Él mismo dijo que era el sacerdote de la diócesis que más dinero manejaba. No para él, sino para los pobres de su parroquia, para el orfelinato que había montado y, sobre todo, para las misiones. Chevrier dirá lo mismo unos años más tarde. Los santos al seguir a Jesús pobre enriquecen a todos con su pobreza. La respuesta dada a las iniciativas propuestas por Chevrier es también muy significativa de un hombre de experiencia y apertura hacia el futuro: «Dios quiere vuestra obra, pero ante tendréis muchas dificultades.» Los santos son creativos, pero al introducir la novedad cuestionan las maneras trilladas de hacer y suscitan recelos en cuantos los rodean.

Ambos implantaron la gratuidad del ministerio, sabiendo renunciar incluso al derecho que da el Evangelio. Los dos sacerdotes tuvieron muy presentes la palabra del Señor: «dad gratis lo que habéis recibido gratis». También la experiencia de Pablo les iluminó a ambos. La gloria del apóstol era anunciar el Evangelio de balde. Pero esto chocaba con las prácticas del clero de la época. Sin embargo los santos se mantuvieron y buscaron apoyo en las orientaciones de los obispos y del mismo Papa. El Cura de Ars podía apoyarse en una exhortación de Monseñor DEVIE, que invitaba a renunciar a los honorarios por los sacramentos. La gratuidad del ministerio lo veía como un bien para la religión y para la región de su diócesis. Su argumentación eras sencilla: «recordad que si nos debemos gratis los unos a los otros el pan de la vid material, con mayor razón nos debemos gratis el pan celeste; alejad de vosotros el reproche de hacer pagar a los hijos las gracias sin precio del padre común, y de poner una tarifa a la plegaria.» Es lo que vivía el Cura de Ars. El P. Chevrier solicitará del Papa fundar un grupo de sacerdotes que no reclamen nada por los sacramentos. Habiendo recibido del Papa la bendición pondrá en obra su proyecto, pero con grandes resistencias por parte de los sacerdotes de su entorno eclesial. Los pobres se alejan de una religión que huela a comercio

Pobres y al servicio de los pobres es una clave de la fidelidad a Cristo, a la gracia de Cristo, que se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza.

La forma de estar del lado del bando de los pobres puede realizarse de formas muy distintas. El contexto social y cultural determina, sin duda alguna, la manera de ser pobre y de apostar por la evangelización de los pobres. Los santos no quieren que les copiemos en su forma de hacer, pero sí que sigamos a Jesucristo pobre de acuerdo con la vocación y gracia que se nos dan. Puesto que Dios no salva a distancia, la evangelización de los pobres exige hacerse presente en medio de ellos, ser uno de los suyos. Ir en medio de ellos, compartir sus vidas, que nos vena gozosos y entonces podremos darles la mayor riqueza que poseemos, la fe.

Para mostrar un poco más la sensibilidad de estos dos santos sobre el seguimiento de Jesús pobre en medio de contestos diferentes, añadamos una manera de situarse ante el culto. El Cura de Ars hizo grandes inversiones para ornamentar su Iglesia y las vestiduras sagradas, aun si daba sus propios pantalones a los pobres y les compraba los mendrugos de pan por pan caliente y bueno. En un mundo rural eso no creaba dificultad alguna. Era comprendido y valorado. No sucedía así en el subproletariado de la Guillotère. Por eso A. Chevrier es muy sencillo en la ornamentación. Nada que pueda atraer la envidia y el rechazo. Lo que cuenta para él la santidad del cura. La gloria de una Iglesia es el sacerdote. Le lleva a esto la contemplación de Jesús y el conocimiento de su gente: «Se puede excitar la curiosidad, pero nos engañaríamos si pensásemos que los medios externos van a producir gracia… Jesucristo pobre y desnudo atraía más por su pobreza que todo el oro del mundo.»

FIDELIDAD DE CRISTO Y MINISTERIO DE LA RECONCILIACIÓN

Tanto el Cura de Ars como el P. Chevrier fueron conocidos en buena parte por su dedicación al ministerio de la reconciliación. El don de la salvación y el ministerio de la reconciliación son inseparables, en la perspectiva paulina. Nuestros dos sacerdotes vivieron este ministerio de manera particular a través del sacramento de la confesión. Nada de extraño, por otra parte, si recordamos un hecho indiscutible. La pastoral de la restauración vivida en Francia tras el paréntesis de la revolución, estuvo centrada fundamentalmente en el sacramento de la confesión. Es verdad que el santo de Ars será el confesor más celebre de Francia en ese periodo. Los devotos del mundo rural y ciertos impulsores de la restauración hicieron del santo cura un signo emblemático. El confesor del Prado no tuvo la misma relevancia (y eso que el Cura de Ars le enviaba penitentes), pues el subproletariado de la Guillotière se había distanciado del sacramento y no compartía precisamente las ideas de la restauración. Además Chevrier desarrolló su ministerio en un contexto laico y republicano, mientras que Vianney lo realizó, ante todo, en un contexto monárquico de lo más religioso. El año de su ordenación se restaura la monarquía en Francia. El altar y el trono se volvían a unir después del divorcio vivido durante la revolución. Es el momento de las misiones populares. Un pueblo o conjunto de pueblos se reúne para reparar las faltas cometidas durante el periodo revolucionario. Las misiones se terminaban por una comunión general y por la implantación de una cruz en un lugar significativo del pueblo. Era necesario restaurar las conciencias. Muy pronto se hará notar el Cura de Ars por su arte de confesar, de escuchar y de orientar las conciencias.

Si el Cura de Ars, como el mismo A. Chevrier dieron tanta importancia al sacramento de la penitencia, no hacía más que poner en práctica una de las orientaciones fundamentales de la pastoral de la restauración en Francia después del paréntesis de la revolución y de la restauración de una monarquía sumamente religiosa. Baste citar un texto de la época para darse cuenta de la importancia que cobró el sacramento de la penitencia en el marco de las misiones populares. El sacerdote debía ser el juez y médico de las almas. Por ello precisa Monseñor DEVIE:

El confesor, estando revestido de roquete y teniendo su bonete cuadrado en la mano, se pondrá de rodillas antes de entrar en el confesional, para implorar las luces del Espíritu Santo en una acción tan importante. Con esta intención podrá recitar oraciones […]. Entrará en el confesionario y se mantendrá en una actitud de profundo recogimiento, la cabeza cubierta, el rostro oculto, y la oreja inclinada hacia el penitente sin mirarlo de frente.» (Ritual de la diócesis de Belley)

El Cura de Ars, el más eminente de los confesores de su siglo, tenía una particular devoción por el Espíritu Santo, pues en el sacramento de la penitencia el confesor debe ser signo e instrumento suyo.

El Espíritu Santo, decía, es una luz y una fuerza. Él nos hace distinguir lo verdadero de lo falso y el bien del mal… El hombre no es nada por él mismo, pero es mucho con el Espíritu Santo… Es el Espíritu Santo que forma los pensamientos en el corazón de los justos y que engendra las palabras.

Vianney no busca dominar las conciencias ni es indiscreto en sus cuestiones (dos acusaciones que se hacían a los confesores). Sabe acoger la miseria de unos y otros, para liberar y poner en el camino del amor y del servicio. Si en un principio fue bastante riguroso, con el paso del tiempo abandonó su formación de corte jansenista y centró todo su ministerio en la misericordia del Señor. En los sermones de sus últimos años, repetía sin cesar: «No es el pecador el que vuelve a Dios para pedirle perdón; sino que es Dios mismo quien corre junto al pecador y el que le hace volver a él.» «En el sacramento de la penitencia, El nos muestra y nos hace partícipes de su misericordia hasta el infinito.» En uno de sus catecismos leemos: «Para recibir el sacramento de la Penitencia son necesarias tres cosas: la fe que nos descubre a Dios presente en el sacerdote, la esperanza que nos hace creer que Dios nos dará la gracia del perdón, la caridad que nos lleva a amar a Dios y que pone en el corazón el disgusto de haberlo ofendido.»

En tiempos de A. Chevrier los catecismos y los confesores ponían el acento tanto en cómo hacer la propia salvación. Él trató de mostrar al Salvador. La salvación es don que ha de ser acogido con agradecimiento y entrega generosa. De esta forma se presenta cómo es Dios quien nos estaba reconciliando en Cristo Jesús. Así se resaltaba la perspectiva paulina. Porque la salvación es don, porque Cristo ha muerto por mí, el discípulo ya no vive para él, sino que apremiado por el amor vive para aquél que vivió para nosotros. La salvación no es una conquista, pero sí reclama una respuesta de amor al amor. Estamos en la perspectiva de Francisco de Asís: al amor se corresponde con amor.

Su trabajo y pedagogía se centraban en lo interior de la persona, en que hiciera la experiencia del don de la salvación y reconociera al Salvador. Esto no podía ser más que la obra del Espíritu Santo. Como el Cura de Ars desarrolló una gran devoción al Espíritu Santo. Muchas de sus expresiones sobre el Espíritu evocan algunas de las frases que se han conservado del Santo de Ars, aunque en contextos un poco diferentes. Citemos una de ellas:

El razonamiento mata el evangelio y destruye todo lo que hay de elevado, grande y espiritual en los preceptos y consejos de nuestro Señor… cuando se encuentra en la tierra alguien que tiene el espíritu de Dios ¡cómo se le busca! ¡cómo vienen en busca de este espíritu, de sus consejos que vienen de lo alto! Parece que estamos entonces con Dios y que es el cielo en la tierra. Eso es raro, y sin embargo dependería sólo de nosotros el tenerlo, llenándonos del Evangelio y poniéndolo en práctica.» .

Los santos saben que son instrumentos del Espíritu. Por ello ponen todo su empeño en hacerse dóciles a la acción del Espíritu Santo. Es el camino fecundo para servir a los hombres y para acrecentar en el mundo el cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Porque vivieron abiertos al Espíritu de la santidad y de la verdad, los dos santos fueron excelentes consejeros espirituales. Sacerdotes que ensanchaban las almas y las hacían caminar en la verdad y la libertad, como deseaba Teresa de Ávila, y como hiciera Juan de Ávila, el maestro y consejero de santos, de forma muy directa por sus obras del Cura de Ars y más indirectamente del P. Chevrier.

LA ORACIÓN

La vida del Cura de Ars se halla como dominada por la oración. Desde su niñez hasta su muerte buscó vivir en una unión íntima con Dios. Cuenta cómo en sus labores del campo, antes de iniciar su formación sacerdotal, oraba sin cesar.«En los intervalos del trabajo del campo, fingía descansar y dormir como los otros y oraba a Dios de todo corazón, eran los buenos tiempos y qué feliz era.» En Ars, pasaba largas horas de día y de noche ante el Santísimos Sacramento, la mayor parte de rodillas, como aseguran los testigos, en particular Catalina Lassagne. A las cuatro de la mañana iba a la Iglesia y solía permanecer en adoración hasta las siete de la mañana que celebraba la santa Misa. Después ya no podía dedicar el mismo tiempo, pues no le dejaban salir del confesionario. Sin embargo antes y después de la Eucaristía dedicaba un tiempo largo a la oración personal. Su deseo hubiera sido ir a la Trapa para consagrarse a la oración. Sentía una gran tristeza de no poderse consagrar a la oración de Dios.

La oración comunitaria, en Iglesia, era la más importante para él. La liturgia de las horas y la Eucaristía vertebraban la vida del santo. Buscaba por todos los medios unirse e identificarse con el Señor en el don a los hombres; sin embargo su piedad eucarística estaba como centrada en la presencia del Señor en el pan y el vino. Recibir al Señor en la Eucaristía era la fuente verdadera de su alegría: «Sin la divina Eucaristía no habría en absoluto de felicidad en este mundo, la vida no sería soportable. Cuando recibimos la comunión, recibimos nuestra alegría, nuestra felicidad.» «Cuando recibimos la santa comunión, sentimos algo extraordinario, un bienestar que recorre todo el cuerpo y se extiende hasta las extremidades. ¿En qué consiste ese bienestar? Es Nuestro Señor que se comunica a todas las partes del cuerpo y le hace estremecerse de alegría…»

La oración del Cura de Ars es, ante todo, una unión con Dios en el amor, es familiaridad con el Señor. No cesó de pedir el Espíritu Santo para dejarse conducir y guiar por él. Está hecha de intercesión por los hombres en unión con Jesucristo, el cual no cesa de interceder por nosotros ante el Padre. El santo Cura buscó vivir de forma permanente en la presencia de Dios. Su oración era continúa y no se limitaba a los tiempos dedicados a la adoración. Su acción pastoral brotaba de la unión a Dios. En la oración aprendió el sentido de Dios y del pecado, su responsabilidad sacerdotal y también la palabra que debía comunicar a sus oyentes y penitentes.

Si volvemos ahora nuestra mirada al P. Chevrier, lo descubrimos también como un hombre de oración. La unión y conformidad con Jesucristo era la meta de su oración. Fue fiel al Breviario y un hombre de adoración. Pero su manera de alimentar la oración era un poco diferente a la del Cura de Ars. Su oración y su acción catequética se nutrían, ante todo, de la Palabra de Dios en las Escrituras. Las largas horas que Vianney dedicaba a estar arrodillado ante el sagrario, Chevrier las dedicó de modo particular a estar estudiando a nuestro Señor Jesucristo en las Escrituras. Quería conocer, amar, seguir e imitar, anunciar, conformarse a Jesús en su vida eucarística y tal como se daba a conocer por el Espíritu a través de las Escrituras. El estudio de nuestro Señor Jesucristo en las Escrituras era su camino privilegiado. Así desarrolló el estudio del Evangelio. Contemplar a Jesús en la fe bajo la acción del Espíritu Santo hasta se fuera formando en él. Para ser un signo e instrumento de Cristo en la comunidad es preciso que el sacerdote tenga la forma de Cristo y para ello hay que dejar que el Espíritu lo forme en nosotros.

Todos los santos buscan esa unión y conformidad con el Dios uno y trino, pero cada uno de los santos encuentra su forma original de llevar adelante la gracia propia que le regala el Señor. Los santos nos reenvían siempre a Cristo. Él es el camino. Él es nuestra ley. Él es nuestro reglamento de vida y la fuente de nuestra acción pastoral. Es la condición para producir los frutos buenos, abundantes y duraderos que glorifican al Padre y nos hacen verdaderos discípulos de Cristo. Los santos, en última instancia, no buscan tanto copiar a Cristo, cuanto dejar que Cristo viva, hable, interceda y actúe en ellos. Esto es lo realmente importante, por ello no se copian los unos a los otros ni nos piden que los copiemos. De otra forma estaríamos como poniendo trabas a la novedad y creatividad del Espíritu de la verdad y de la novedad. Pero todo esto lo viven en la comunión de la Iglesia, pues saben que hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo, el de Cristo. En efecto, el Espíritu reparte dones diversos para la edificación del todo. El que sigue a Cristo se hace pobre y trabaja para que todo el pueblo de Dios se vaya edificando en el amor.

LA PREDICACIÓN

Nuestros dos sacerdotes amaban predicar y, sobre todo, catequizar a los ignorantes, los pecadores y los pobres. Ambos disfrutaban hablando de Dios y de su amor a los niños pobres y menospreciados por la sociedad. El Cura de Ars fue un buen catequista, pero de forma intuitiva. A. Chevrier no sólo fue un gran catequista, sino que consagró la mayor parte de sus energías a formar catequistas de entre los pobres y para los pobres.

Se ha hablado mucho de las limitaciones intelectuales de estos dos hombres, pues ellos con su humildad dieron pie para ello. Pero ambos santos trabajaron, estudiaron y leyeron mucho. Vivieron pobremente, pero sus bibliotecas estaban más nutridas que la de la mayoría de los sacerdotes de su tiempo. Es un hecho que no podemos olvidar. Leían y escribían cada uno de acuerdo con los talentos y la formación recibida. Su ciencia no era algo llovido del cielo, aun cuando el Espíritu trabajase en ellos de forma especial. El gran Lacordaire fue a escuchar al santo Cura de Ars y luego pudo hablar de cómo escuchándolo se le habían aclarado ciertas cuestiones sobre el Espíritu Santo.

Los dos catequistas se apoyaban en la palabra de Dios para su predicación, aunque de forma diferente. Por privilegiar al Cura de Ars en este año sacerdotal, voy a citar dos o tres expresiones que nos ayudan a descubrir su personalidad y nos cuestionan sobre nuestras maneras de predicar y de hacer el catecismo.

El medio más seguro de alumbrar ese fuego (del amor de Nuestro Señor) en el corazón de los fieles es el de explicarles el Evangelio, ese libro de amor en el que Nuestro Señor se muestra en cada línea en la amabilidad de su mansedumbre, de su paciencia, de su humildad, siempre el consolador y el amigo del hombre, no hablándole más que de amor y empeñándole a darse todo entero a Él, y no respondiéndole más que por amor.

Nuestro Señor que la verdad misma, no hace menos caso de su palabra que de su cuerpo No sé si es peor tener distracciones durante la misa que durante las instrucciones; yo no aprecio diferencia. Durante la misa dejamos perder los méritos de la muerte y pasión de Nuestro Señor, y durante las instrucciones dejamos perder su palabra que es él mismo.

No hemos pensado nunca que cometemos una especie de sacrilegio cuando no queremos aprovecharnos de esta palabra santa.

Las primeras palabras de Nuestro Señor a sus apóstoles fueron estas: «Id e instruid…»

Es preciso aplicarse todos los días a una lectura piadosa, como uno se aplica a tomar su comida.

Es totalmente imposible amar a Dios y agradarle sin estar alimentado de esta palabra divina.

Si en los primeros años de su ministerio se esforzó por copiar y aprender los sermones de los libros al uso, luego predica desde su propia experiencia y lecturas. Su predicación tocaba el corazón y determinaba a la acción.

Chevrier fue un catequista más instruido, pero su pedagogía era muy similar, baste citar unas frases muy sencillas y penetrantes, pero de gran actualidad para nuestras maneras de predicar.

«Predicar es la gran misión de sacerdote. Predicar con fidelidad. Sólo hablar de aquello que Dios nos ha enseñado, no decir nada por nuestra cuenta. No decir más de los que Jesucristo nos ha enseñado, el Evangelio. Si decimos algo nuestro, ya no es la palabra de Dios, es palabra humana. No predicarse a sí mismo, predicar a Jesucristo… Nuestro Señor ha dicho todo lo que había de decir: sólo hemos de abrir su libro y leerlo a los fieles con una pequeña explicación… hemos de predicar a Jesucristo. No conozco más que a Jesucristo y Jesucristo crucificado. Él es el fundamento de todo… Un poco menos de devoción y un poco más de fe en Jesucristo.» (V D 448-449)

La pedagogía era la misma en los dos predicadores: Se trataba de llegar al corazón de los oyentes para moverlos a la acción desde la experiencia profunda del ser amados por Dios con verdadera pasión. La cruz, como era el caso de Pablo y de Juan de Ávila, es la expresión del amor de Dios, del exceso y derroche de amor que es el Señor. En la Eucaristía se celebra este amor, pero es preciso ahondar en él por la escucha asidua de la palabra de Dios en una actitud de silencio y contemplación. La predicación ha de llevar a la experiencia de la fe que se despliega en el amor y la esperanza.

EL APOSTOLADO

Sin duda que los dos hombres que nos ocupan vivieron el programa pastoral de siempre, tal como nos recordaba Juan Pablo II para el nuevo milenio.

Nos lo preguntamos con confiado optimismo, aunque sin minusvalorar los problemas. No nos satisface ciertamente la ingenua convicción de que haya una fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!

No se trata, pues, de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste. Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas, aunque tiene cuenta del tiempo y de la cultura para un verdadero diálogo y una comunicación eficaz. Este programa de siempre es el nuestro para el tercer milenio. (NMI 29)

Pero ese programa de siempre adquirió formas diferentes en nuestros dos santos. Los dos eran apasionados seguidores de Jesús. Los dos eran buenos catequistas. Los dos tomaron iniciativas para dignificar a los desarropados de la tierra. Pero no lo hicieron de la misma manera.

Como buen pastor, salió en busca de las ovejas perdidas, instruyó a los ignorantes y curó las heridas del pueblo. Trabajó para que todos supieran leer y escribir, así como para dar a conocer el amor de Dios. Fundó una «providencia» para los huérfanos y las muchachas más empobrecidas. Pero su trabajo principal se desarrolló en el confesionario, esto es, con aquellos que acudían a él. Era el tiempo de la restauración de la religiosidad de un mundo rural en donde todavía un rescoldo de fe.

La situación social y religiosa en que se movía A. Chevrier era muy diferente. Con pasión dirá: puesto que los hombres no vienen a la Iglesia, es preciso salir a buscarlos. El subproletariado no se fiaba de la Iglesia. La ignorancia religiosa era grande. Las ideologías hacían mella en el corazón de las masas. Era preciso salir a las plazas y caminos para convocar a los hombres y mujeres que ya no habían nacido en el seno de la cristiandad. La fe no podía darse por supuesta. Era necesario volver a iniciar en la vida cristiana a uno hombres y mujeres que se oponían a la Iglesia. El Cura de Ars todavía contó con la connivencia del alcalde y del notable del pueblo, esto es, con los propietarios del Castillo. En el barrio de aluvión, donde se agolpaba una población desorientada era preciso iniciar otro tipo de misión.

Por ello la preocupación fundamental del fundador de la Providence du Prado, fue la de iniciar y educar la fe, que viene de la escucha. San Pablo nos dirá que la fe viene de la escucha, la escucha de la predicación y la predicación de la Palabra. Pues bien, esto es lo que buscó en sus diferentes iniciativas el P. Chevrier, a mi juicio. Es el catequista de los pobres y el formador de apóstoles pobres para los pobres. Se esforzó para hacer surgir sacerdotes de entre los pobres y que se dedicasen a evangelizar a los pobres. Formó hombres y mujeres a la vida consagrada para que fueran a evangelizar a los pobres en las fábricas y aldeas. Promocionó a los laicos para que se pusieran al servicio de la evangelización de los pobres. Esta orientación pastoral le llevó a formar verdaderos discípulos que a su vez formaran discípulos, pues el Señor formó y envió a los discípulos para que hicieran discípulos de todos los pueblos.

Su pedagogía pastoral estuvo marcada por su objetivo último, la evangelización de un pueblo pobre que se había cortado de la Iglesia o, si se quiere, del que la Iglesia se había cortado en el momento de la industrialización.

El Espíritu Santo suscita carismas personales y comunitarios. Suscitó al cura de Ars como un testigo de excepción. Suscitó también a Chevrier para que surgiera una familia al servicio de la evangelización de los pobres. Los dos sabían que sólo los santos pueden transformar los corazones y las situaciones. Los dos fueron fieles a la llamada, pero el Espíritu les trazaba caminos un tanto diferentes. En dos cartas de A. Chevrier encontramos una clara perspectiva de su vocación y misión en medio del subproletariado.

¿No estamos aquí para esto y nada más que para esto, para conocer a Jesucristo y a su Padre, y darle a conocer a los demás? ¿No es suficientemente hermoso como para dedicar a ello toda nuestra vida, sin tener que buscar otras ocupaciones? Ése es todo mi anhelo: tener hermanos y hermanas catequistas. En esto trabajo con alegría y gozo. Saber hablar de Dios y darle a conocer a los pobres e ignorantes, eso es nuestra vida y nuestro amor. (carta 181)

Márchense todos a rezar y a hacer penitencia en el claustro. Lamento no poder ir yo también, pues lo necesito más que todos ustedes por tener muchos más años y, en consecuencia, haber pecado mucho más. Pero, si no voy al claustro, iré al menos a St. Fons, y me quedará el consuelo de haber hecho trapenses, cartujos, misioneros, ya que no he conseguido hacer catequistas, aunque me parece que hoy es ésta la necesidad del momento y de la Iglesia (Carta 153)

Pero es curioso cómo estos dos sacerdotes veían la importancia de desarrollar en medio de los pobres una pedagogía del amor, de la compasión y no tanto la disciplina propia del principio del debe y de la disciplina de la ley. Lo expresaré con un texto de A. Chevrier en el que se nos cuenta una curiosa expresión del Cura de Ars. Lo importante no es el exterior, sino el interior, el cultivo del corazón libre y responsable, lo que sólo puede formarse desde el amor y la compañía.

Más vale la caridad sin lo exterior que lo exterior sin caridad. Más vale el desorden con amor que el orden sin amor. Es lo que el Cura de Ars expresaba de una manera bastante graciosa, al hablar de las niñas de la Providencia, que se comportaban según estos principios; Catalina no conocía métodos disciplinares. Una vez él, hablando de este género de vida, lo comparaba con la nueva manera introducida en la Providencia. Y cuando se vio forzado a dejar la dirección a otros, más hábiles según el mundo, decía que le gustaba mucho «su pequeño tenderete de antes». Es decir, que en su tiempo, los niños obraban a impulsos del corazón y no por una señal; venían a él, le amaban. Llevaban vida de familia y no vida de cuartel.» (V D 223)

LA CONFIANZA EN LA IGLESIA

Los santos son hombres profundamente eclesiales. El seguimiento de Jesús no puede ser por libre. El discipulado entraña la comunión eclesial. Apoyarse en Jesucristo y en la Iglesia era una de las consignas de A. Chevrier. Pero la comunión jerárquica y la obediencia jamás la confundieron con la sumisión de quien trata de agradar al superior para crecer en el escalafón. Ellos vivieron en la fe la relación con los otros miembros del presbiterio, con el obispo y con los creyentes. Tanto el Cura de Ars como el P. Chevrier viven en la perspectiva eclesiológica de la Iglesia como sociedad perfecta. Pero sus intuiciones espirituales les hacen muy sensibles a la obediencia filial y activa. El amor es creativo y, por otra parte, obediente. Fueron conscientes ambos que la fecundidad apostólica depende de la obediencia al Obispo en aquello que se refiere a la acción e iniciativas pastorales. Ambos supieron tomar iniciativas y renunciar a ellas cuando se lo mandó el Obispo.

En este sentido es muy interesante cómo el Cura de Ars vivió ciertos momentos dramáticos en su acción pastoral. Movido por el celo pastoral, abrió una escuela para niñas pobres que pronto se convirtió en un orfelinato. Al frente esta «providence» colocó a dos mujeres que previamente había mandado a formarse. Pero esta forma de actuar no parecía acomodarse a los cánones y fue mal vista por parte de sacerdotes y religiosas, que hubieran sido las destinadas normalmente a ocupar la dirección del centro. Cuando llegó la orden del Obispo ordenando que se pusieran religiosas al frente del centro, lo cual fue un gran sufrimiento para Vianney, Catalina Lagasse y su compañera, le preguntan: ¿Cree, señor cura que es la voluntad de Dios? «Hagamos la voluntad del Obispo, pero no creo yo que sea la voluntad de Dios.» Ante cosas opinables, el santo no duda en someterse con prontitud, pero no sacraliza la decisión.