Asamblea El Prado Internacional . Julio 2013

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“Anunciar a los pobres la riqueza de Jesucristo”



  1. La Asociación de los Sacerdotes del Prado hemos celebrado nuestra Asamblea General en Limonest, del 2 al 19 de julio de 2013. Éramos 57 delegados de los 1.250 pradosianos, procedentes de veinte países de entre los cincuenta en los que estamos presentes en los cuatro continentes.


     

“A mí, el más insignificante de los santos, se me ha dado la gracia de anunciar a los gentiles la riqueza insondable de Cristo; 9 e iluminar la realización del misterio, escondido desde el principio de los siglos en Dios, creador de todo” (Ef 3,8-9).

“Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza” (2Cor 8,9)

“Meditando la noche de Navidad sobre la pobreza de Nuestro Se­ñor y su abajamiento en medio de los hombres, tomé la resolu­ción de dejarlo todo y vivir lo más pobremente posible... Me convirtió el misterio de la Encarnación...” (Proceso de beatificación de A- Chevrier),

 

  1. Durante los tres primeros días de nuestra Asamblea nos hemos dado un tiempo para escucharnos unos a otros el testimonio de lo que vivimos. Podríamos parafrasear el principio de la Primera Carta de San Juan para expresar el talante de nuestros trabajos a partir del tema de la Asamblea. Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida hecho carne en la vida de los hombres en el mundo de hoy, sobre todo los más pobres… os lo anunciamos, para que estéis en comunión con nosotros y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto, para que nuestro gozo sea completo y para que también vosotros seáis colmados del don inestimable y de la alegría de la fe.

 

 

  1. Con los pobres, acogemos la riqueza de Jesucristo



  1. La riqueza de Jesucristo se nos ha revelado por la fe, se nos ha concedido por gracia, como un gran regalo de Dios, para que lo anunciemos a todos los hombres (cf Rom 1,1-9; Ef 3,8-9). Con san Pablo podemos decir que hemos recibido la gracia de conocer la insondable riqueza de Cristo y la llamada a ser discípulos y apóstoles para anunciarla. Esta gracia y esta llamada son nuestra vida y nuestra alegría. Guiados por el carisma del Beato Antonio Chevrier que deseaba formar apóstoles y sacerdotes pobres para los pobres, en comunión con toda la Iglesia, nos vinculamos, con toda libertad y confianza, a Jesucristo pues creemos que Él es la Vida, la Verdad y el Camino que conduce a la salvación.



  1. Discípulos de Aquél que, siendo rico, por nosotros se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza, deseamos acercarnos a los más pobres. Cuando hablamos de pobres, lo hacemos en la fe en Jesucristo, el único Maestro, al que humildemente procuramos conocer mejor, seguirle mejor y amar más. Los pobres no se definen, nos encontramos con ellos. Son personas, rostros, corazones… que conocemos, están a nuestro lado, vivimos con ellos, y cuyas pobrezas son innumerables (económicas, sociales, psicológicas, espirituales…). Cuando reconocemos y aceptamos nuestras propias pobrezas, nos resulta más fácil estar junto a ellos. Compartiendo la vida de los pobres, conociéndoles, respetándolos y queriéndolos, contemplamos la obra de Dios que nos ha precedido.



  1. “No nos sentimos atemorizados por las condiciones del tiempo en que vivimos. Nuestro mundo está lleno de contradicciones y de desafíos, pero sigue siendo creación de Dios, y aunque herido por el mal, siempre es objeto de su amor y terreno suyo, en el que puede ser resembrada la semilla de la Palabra para que vuelva a dar fruto… Dos expresiones de la vida de la fe nos parecen de especial relevancia para incluirlas en la nueva evangelización. El otro símbolo de autenticidad de la nueva evangelización tiene el rostro del pobre. Estar cercano a quien está al borde del camino de la vida no es sólo ejercicio de solidaridad, sino ante todo un hecho espiritual. Porque en el rostro del pobre resplandece el mismo rostro de Cristo (Mt 25, 40) “. (Sínodo de los Obispos 2012. Mensaje, nn. 6 y 12).



  1. Los pobres muchas veces nos resultan molestos, nos importunan. De este modo nos recuerdan que el mismo Jesucristo ha adoptado esta actitud del pobre que molesta, que perturba el orden social y las conciencias tranquilas de los fariseos, escribas, jefes del pueblo, ricos: “Dijo a Simón: ¿ves a esta mujer?” (Lc 7,44). Murió en la cruz acusado de blasfemo, escándalo para los judíos, locura para los paganos. Para Jesús no hay pobres buenos y pobres malos. A todos promete su reino: “Bienaventurados los pobres porque vuestro es el Reino de Dios” (Lc 6,20).

 

  1. Entre los pobres hay también algunos que son discípulos y apóstoles, muchas veces incluso antes que nosotros mismos. Llamados, levantados, perdonados, liberados, curados por Cristo, son pobres que se hacen seguidores suyos (cf Bartimeo, Mc 10). Con ellos aprendemos a acoger la riqueza de Jesucristo y ellos mismos nos ayudan a reconocerla y a acogerla en todos los pobres, creyentes o no, cristianos o no. Con frecuencia son ellos quienes nos permiten descubrir y conocer mejor la riqueza de Jesucristo.

 

  1. En el Evangelio Jesús nos hace descubrir y comprender que los pobres son preferidos de Dios, los primeros en su reino. No que Dios sea parcial, sino que su amor por los hombres empieza por los de más abajo, por los más débiles, los más frágiles, los que por lo general son los más ignorados, rechazados, despreciados, en las familias, en las sociedades e incluso en las iglesias. La “opción preferencial por los pobres” es una gracia en el corazón de la evangelización en el mundo de hoy.

 

  1. “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia” (GS 1).





  1. Con los pobres compartimos la riqueza de Jesucristo



  1. La riqueza de Jesucristo es la verdadera respuesta a las expectativas, a los deseos y a la esperanza de los hombres, respuesta sobreabundante que invita a buscar más lejos y más hondo (cf Ef 3,20). El Padre Chevrier hablaba de pobres, ignorantes y pecadores. Hoy se puede decir que ser pobre es no tener, no saber, no ser y estar siempre, por tanto, “a la expectativa” de bienes, de conocimiento, de dignidad.



  1. ¿Acaso no hay en el corazón de todo ser humano un deseo profundo, más allá de toda condición, de toda cultura, el “deseo de Dios”, el deseo de conocerle y de participar de su vida? En los encuentros con Jesús, todos los que acuden a Él apesadumbrados por la vida, se descubren cercanos, amigos, hijos queridos de Dios.



  1. En la escucha de la vida de los miembros del Prado en el mundo, con frecuencia hemos oídos a los hermanos dar testimonio de esta “esperanza fundamental” que adivinan, perciben, contemplan… en la vida de las personas en el fondo de sus pobrezas, de sus dependencias e incluso de sus desesperanzas en el plano social, económico, político.

 

  1. La riqueza de Jesucristo es ser el Hijo de Dios, y todo lo que nos revela de su Padre Dios y del Espíritu Santo. Por Él la riqueza de amor y de la vida trinitaria se abre a todo ser humano sin excepción.

“El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado... Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación…” (GS 22a).



  1. La riqueza de Jesucristo es su encarnación, su venida en la carne, en las condiciones ordinarias de la vida de los hombres.

“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

¡Oh inefable misterio! Dios está con nosotros, Dios ha venido a hablarnos, ha venido vivir con nosotros para hablarnos e instruirnos. Lo que no había hecho otras veces más que de paso, por así decir, y deprisa, lo ha hecho en estos últimos tiempos de manera bien sensible y duradera. Ha tomado forma de hombre para vivir con nosotros, tener tiempo de hablarnos y decirnos todo lo que el Padre quería enseñarnos por medio de él. No somos seres abandonados por Dios, verdadero Padre que ama a sus hijos y quiere instruirlos y salvarlos” (A. Chevrier, El Verdadero Discípulo, 62-63).



  1. La riqueza de Jesucristo son sus acciones y sus palabras. La vida entera de Jesús expresa la voluntad salvadora de Dios y la realiza ya. Desde el comienzo de su ministerio público Jesús se manifiesta como aquel por el “hoy” se cumple lo que los profetas habían anunciado (Lc 4, 16). Su acogida, su escucha, su compasión, su libertad ante todas las instituciones, son los signos concretos de la venida del Reino de Dios. Responde a las demandas… pero comprometiendo siempre a las personas en el camino de la conversión.



  1. La riqueza de Jesucristo es su muerte y resurrección, es decir, su encarnación hasta el extremo, el Misterio pascual. La muerte y resurrección de Jesús iluminan definitivamente el destino del hombre…

“Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad. Él ha abolido la ley con sus mandamientos y decretos, para crear, de los dos, en sí mismo, un único hombre nuevo, haciendo las paces. Reconcilió con Dios a los dos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, a la hostilidad. Vino a anunciar la paz: paz a vosotros los de lejos, paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercamos al Padre por medio de él en un mismo Espíritu” (Ef 2,14-18).

“Padeciendo por nosotros, nos dio ejemplo para seguir sus pasos y, además abrió el camino, con cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido… Este es el gran misterio del hombre que la Revelación cristiana esclarece a los fieles. Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta obscuridad. Cristo resucitó; con su muerte destruyó la muerte y nos dio la vida, para que, hijos en el Hijo, clamemos en el Espíritu: Abba!,¡Padre!” (GS 22c y f).



  1. La riqueza de Jesucristo es el don de su Espíritu (y de sus obras), que nos hace vivir hoy las Bienaventuranzas y por el que recibimos ya la vida nueva.

“El hombre cristiano, conformado con la imagen del Hijo, que es el Primogénito entre muchos hermanos, recibe las primicias del Espíritu (Rom 8,23), las cuales le capacitan para cumplir la ley nueva del amor. Por medio de este Espíritu, que es prenda de la herencia (Ef 1,14), se restaura internamente todo el hombre hasta que llegue la redención del cuerpo (Rom 8,23). Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por virtud de su Espíritu que habita en vosotros (Rom 8,11). Esto vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual” (GS 22e).

“El Espíritu Santo produce en nosotros a Jesucristo… El Padre nos crea, el Hijo nos muestra la verdad, el camino, es nuestra luz, pero el Espíritu Santo nos da el amor, nos le hace amar, y quien ama comprende, quien ama siente, quien ama puede actuar. El Espíritu Santo, pues, perfecciona lo que Jesucristo ha comenzado” (A. Chevrier, Cartas n. 93)



  1. Con los pobres compartimos esta riqueza de Jesucristo.

Compartimos la gracia de la vocación divina que se nos revela, la dignidad de hijos de Dios que nos hace hermanos y hermanas de todos los hombres. Compartimos la alegría de ser “alguien” a los ojos de Dios, cada uno con sus pobrezas. Sabemos que no somos abandonados de Dios. Compartimos la alegría de ser perdonados, de nacer de nuevo. Compartimos la esperanza frente al fracaso, la infelicidad, la muerte. Con los pobres compartimos la fe, la esperanza y el amor que alientan las luchas por la liberación, la justicia y la paz. Compartimos el compromiso de todos los hombres de buena voluntad que los acompañan, los apoyan y los animan. Para nosotros es un combate en el que Dios mismo nos arma de poder y y fortalece en nosotros el hombre interior (cf Ef 3,16).





  1. Con los pobres, damos testimonio de la riqueza de Jesucristo

 

  1. En nuestra Asamblea nos hemos dicho cómo, en nuestros diversos ministerios en todo el mundo, acompañamos y somos acompañados por pobres que se sienten, ellos también, responsables y encargados de testimoniar la riqueza de Jesucristo. En fraternidades, en comunidades, hacemos junto con ellos, la experiencia del encuentro personal con Jesucristo resucitado. Estamos convencidos de que esta experiencia personal nos mantiene en el camino de la conversión y es el fundamento del testimonio. Gracias al estudio del Evangelio, la oración y la revisión de vida, se conserva viva y actual esta experiencia.

 

  1. Quienes la han descubierto, deben anunciar la riqueza de Jesucristo, en primer lugar, en nuestras asambleas dominicales, en nuestros equipos de movimientos, en los grupos en los que compartimos la vida y la Palabra de Dios, en nuestras comunidades eclesiales de base, en nuestros servicios de solidaridad, en nuestras familias… Tenemos la convicción, y es algo que experimentamos, que los pobres son capaces de acoger la Palabra de Dios, de dar cuenta de ella, y que enriquecen a toda la Iglesia, gran diversidad de vocaciones y de formas de hacerse discípulos de Jesucristo. Nos llena de gozo pertenecer al Instituto de los Sacerdotes del Prado que nos ayuda a permanecer unidos a Jesucristo, a conservar vivo en nosotros el deseo y la búsqueda de la pobreza según el Evangelio, de estudiar el Evangelio y hablar de él de modo que los más humildes lo comprendan, de alimentar en nosotros y difundir a nuestro alrededor la alegría de la fe.



  1. La Iglesia real, con sus pobrezas y sus incoherencias, sus dinamismos y sus fidelidades, es, en Cristo, como el sacramento de la unión íntima con Dios de la unidad de todo el género humano, es decir, el signo y el instrumento del encuentro con Cristo resucitado (cf LG 1).

“La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los Sacramentos (leiturgia) y servicio de la caridad (diakonia). Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia” (Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 25).



  1. Las tres tareas inseparables de la misión de la Iglesia nos ponen, bajo la guía del Espíritu Santo, en el camino de la unidad y de la comunión. Cuando se anuncia el Evangelio en las comunidades cristianas, Jesucristo se revela como la Verdad, el Camino y la Vida; cuando se celebran los sacramentos, el Espíritu Santo hace presente el Misterio Pascual, nos hace miembros del Cuerpo de Cristo, y nos envía, nos hace salir al encuentro de los pobres; cuando vivimos la caridad, Cristo mismo se hace ternura de Dios en la historia, para todo el hombre, para todos los hombres.



  1. En los caminos de la comunión, comprendemos que Dios nos pide construir comunidades que sean signos de la novedad del Evangelio y en los que se pueda ver cómo la fe contesta los criterios de discriminación y de exclusión y crea relaciones gozosas, fraternas y alentadas por la esperanza, relaciones nuevas en las que los pobres están llamados a ser sujetos agentes. Somos conscientes de que son muchas las dificultades, de que la cultura actual arrastra más bien al individualismo y a la idolatría, y confesamos el pecado personal y estructural que estorba la realización del designio de Dios: sed de beneficio injusto, explotación de personas, desprecio de la naturaleza, devastación de las riquezas de la creación… Pero confesamos también la presencia y la acción del amor de Dios que trabaja sin cesar en la liberación integral de todos los hombres. “La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios…”: las numerosas personas y grupos que se implican y se comprometen a favor de los necesitados; las personas y los grupos que denuncian las situaciones injustas que producen la miseria y luchan para eliminarla, hasta llegar a veces al don total de la vida…



  1. Queremos permanecer con María, meditando las maravillas que Dios Padre nos da a conocer en su Hijo, que el Espíritu renueva continuamente en este mundo, primicias de la plenitud de la vida eterna a la que están llamados todos los hombres.

     

     

    Asamblea General del Prado 2013 – Convicciones