Asamblea del Prado de España. Agosto 2008

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“EVANGELIZAR A LOS POBRES,

FUENTE DE ALEGRÍA Y ESPERANZA”

 

INTRODUCCIÓN

 

[1] La Asamblea del 2008 pretende que el conjunto del Prado de España viva la experiencia espiritual de que la evangelización de los pobres es fuente de gozo y esperanza.

El itinerario realizado durante este curso nos ha introducido en la experiencia misma del Pueblo de Dios, desde estas cinco referencias:

1.Del pequeño resto al pequeño rebaño. La experiencia humana de “resto nos revela que Dios actúa creando siempre algo nuevo, partiendo de lo insignificante”.

2.Mirad quiénes habéis sido llamados (1 Cor 1,26). La acción de Dios viene por caminos desconcertantes eligiendo lo que no cuenta.

3.El “hoy” de Dios (Lc 2,11; 19,9; 23,43). Dios entra por caminos no previstos. La fe nos revela la contemporaneidad de Dios en Jesucristo resucitado, haciendo realidad la vida y la salvación en el mundo.

4.Cristo ha triunfado y nos introduce en el futuro de Dios. La Liturgia celeste del Apocalipsis es el horizonte de alegría y esperanza para la comunidad perseguida y necesitada de conversión.

5.En la travesía de la historia, vamos en la misma barca del mundo (Hch 27-28). La experiencia de Pablo “camino de Roma” es el icono de la vocación del apóstol, llamado a ser testigo del Resucitado y a sostener la esperanza.

 

[2] Somos testigos de cómo el Evangelio transforma la vida de los pobres y les hace capaces de anunciarlo. Es verdad: “A su lado alimentamos nuestra esperanza con los signos del Espíritu que percibimos en su vida. Con ellos queremos compartir el Evangelio” (Const. 44). Esta es la gran convicción de fe: Cristo hoy está realizando la salvación.

Encontramos alegría y esperanza en las pequeñas realidades de nuestra acción pastoral. Al mismo tiempo nos sentimos perplejos frente a los nuevos retos que encontramos en este momento histórico que nos ha tocado vivir. En esta situación cambiante experimentamos, de modo nuevo, la dificultad inherente a la evangelización. Una mirada gozosa y esperanzada deja entrever el contraluz de la preocupación, la angustia y el sufrimiento, al comprobar la respuesta tibia y reacia al Evangelio anunciado y a la Iglesia, como Sacramento de Jesucristo Salvador. Por otra parte sigue vigente en nuestro imaginario colectivo la nostalgia de otros tiempos, los ecos de la cristiandad, que decimos superada, pero que continúa.

[3] Las dificultades, resistencias y el mismo rechazo a la misión evangelizadora contempladas desde el triunfo de Cristo resucitado, nos desvelan que la Iglesia, encarnada en el mundo, está comprometida en hacer con él un camino de reconciliación, de fraternidad, de liberación y, finalmente, de salvación; un camino de alegría y esperanza en medio de dificultades, crisis y debilidades.

[4].Esta mirada nos invita a profundizar en la alegría y esperanza que estamos llamados a vivir y anunciar, de modo que la Asamblea sea un impulso, un foco de luz que ilumine nuestro camino en los próximos cinco años: “Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” (1 Tes 5,16-18).

[4].Esta mirada nos invita a profundizar en la alegría y esperanza que estamos llamados a vivir y anunciar, de modo que la Asamblea sea un impulso, un foco de luz que ilumine nuestro camino en los próximos cinco años: “Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” (1 Tes 5,16-18).

Para entrar en la comprensión teologal de la alegría y de la esperanza necesitamos ir a las fuentes, en vez de centrarnos en nosotros mismos y en nuestro estado de ánimo: esto nos permitirá pasar de nuestras alegrías a la alegría que viene de Dios y que es fruto del Espíritu (Gal 5,22). Necesitamos igualmente, como Prado de España, asumir las situaciones de pobreza en su contexto y afrontar las nuevas situaciones de evangelización que se nos presentan

 

I. LA ALEGRÍA Y ESPERANZA DEL DISCÍPULO

 

¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor! (Lc 1,45).

 

“Ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada” (Jn 15,13).

 

1 La alegría y la esperanza del discípulo tienen su fundamento en la Trinidad.

[5] Benedicto XVI nos recuerda que la esperanza no tiene su fuente en nosotros mismos, sino en Dios, nuestra esperanza: “Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. Dios es el fundamento de la esperanza… el Dios con rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo… Su Reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza. Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza” (Spe Salvi 31).

 

 

La alegría del Padre

[6] Nuestra alegría de discípulos tiene su raíz en la alegría del Padre, que sale a buscar lo perdido y celebra el regreso del hijo, convocando a todos al banquete y a la fiesta. El Padre asocia a todos a su alegría: a los ángeles, al hijo mayor “alegraos conmigo… convenía celebrar una fiesta y alegrarse” (Lc 15,6.10.32). Hoy estamos invitados a entrar en la alegría de Dios.

Dios Padre no cesa de llevar a cabo su proyecto de amor y plena realización para toda la humanidad. Esta es la esperanza que llena de alegría a cuantos padecen las consecuencias del mal (cf. Rom 12,12).

Estamos llamados a compartir esta alegría del Padre que reúne en torno suyo a cuantos padecen el abandono, la marginación, las consecuencias del mal y la falta de amor, multitud de hombres y mujeres que son hoy: los pastores (Lc 2,11), el paralítico (Lc 5,26), el publicano Zaqueo (Lc 19,9) y el criminal crucificado y arrepentido (Lc 23,43).

 

 

La alegría del Hijo

[7] El Hijo comparte la iniciativa y la alegría del Padre en la búsqueda de la oveja y moneda perdidas y del hijo perdido (Lc 15). Es la alegría de la misión, aunque no siempre el Hijo vea los resultados de su búsqueda y su tarea (Lc 4,16-30).

La fuente de la alegría está en la contemplación de la acción del Padre en el Hijo y en el mundo. El Hijo ve la acción del Padre, se suma y colabora gozosamente a su obra e invita a compartir su alegría, como una oportunidad única: “¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron” (Mt 13,16-17).

La colaboración del Hijo en la obra del Padre implica un descentramiento radical de quien vive la misión desde el deseo y la voluntad del Padre y no desde sus propios proyectos y deseos, pues ha bajado del cielo, no para hacer su voluntad, sino la voluntad del que le ha enviado (Jn 6,38), hasta abrazar la cruz “con alegría y amor” (VD 332).

[8] El discípulo se identifica con la experiencia gozosa y amorosa del Hijo entregado: “Y aun cuando mi sangre fuera derramada como libación sobre el sacrificio y ofrenda de vuestra fe, me alegraría y congratularía con vosotros” (Flp 2,17). El Hijo entregado es la fuente de la alegría y esperanza del discípulo, también en medio de la oscuridad: “¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre,  aunque es de noche!” (San Juan de la Cruz).

 

 

La alegría del Espíritu

[9] La alegría es fruto del Espíritu (Gal 5,22), que nos asocia a la alegría del Padre y del Hijo. El Espíritu llena de gozo al Hijo porque el Padre se revela a los pobres y sencillos (Lc 10,21-23). A nosotros nos hace partícipes de esa misma alegría porque él nos introduce en el conocimiento del Padre y del Hijo: “El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 14,26).

El Espíritu lo hace todo nuevo (Ap 21,5); nos precede en su acción creadora y definitiva, en el alumbramiento de un mundo nuevo. Él forma a Cristo en la comunidad, sirve a la reconciliación de Dios con la humanidad y garantiza a los discípulos permanecer fieles en medio de las pruebas (Rom 8,26-39).

[10] El Espíritu hace a los discípulos partícipes de la alegría del Padre y del Hijo. La alegría de la misión permanece tanto en los momentos de éxito como de fracaso (cf. Jn 16,22). Para el discípulo es fuente de alegría y esperanza la colaboración con el Espíritu en el advenimiento del reino definitivo, el reino de verdad, de justicia y de paz. El Espíritu Santo es el don supremo de un Dios que se entrega sin cesar en el acontecimiento histórico de la Iglesia, misterio de comunión.

 

 

2 La Palabra, la Eucaristía y el ministerio apostólico

 

[11] El anuncio de la Palabra, la celebración de la Eucaristía y la presencia del ministerio apostólico, como dones del Espíritu Santo, constituyen la Iglesia de Dios en un lugar. El discípulo encuentra y alimenta su gozosa esperanza en la mesa de la Palabra y del Pan de vida y en el don recibido en la ordenación presbiteral (cf. Lc 24,13-35; DV 21; CD 11).

 

 

La Palabra

“En tu Palabra está la alegría…” (Oración del Padre Chevrier, VD 108).

[12] El discípulo, acompañado por el Espíritu, escucha al Maestro, trata de seguir sus pasos y encuentra su alegría en poner en práctica su palabra: “Está feliz de recibirle y darle el sitio de honor; le escucha feliz deseando sólo una cosa: comprender lo que dice y ponerlo en práctica” (VD 125).

La Palabra de Dios es el alimento que da la plenitud de la vida; el verdadero discípulo sacia en ella su hambre más profunda y se llena de gozo y de vitalidad (cf. Mt 4,4). Es su alimento y su anhelo: Cuando encontraba palabras tuyas, las devoraba; era tu palabra para mí un gozo y alegría de corazón (Jr 15,16). Ezequiel, bajo la imagen de comer el libro, expresa cómo la Palabra de Dios alimenta al profeta… es “dulce como la miel” (Ez 3,3). La Palabra enfrenta al discípulo con la palabrería del mundo (Ap 10,8-11), contrapuesta a la cruz de Jesucristo (cf. 1 Cor 1,18; Jn 8,43-47).

El discípulo alimenta su alegría en el conocimiento de Jesucristo, Palabra del Padre. Indaga y se deja transformar por ella: “Cada mañana me espabila el oído para que escuche como los discípulos…” (Is 50,4). Y asume con gozo este conocimiento que le acerca, transforma e identifica con Cristo, su Maestro.

 

 

La Eucaristía, anticipo de la alegría plena (Ap 3,20)

[13] El discípulo experimenta la alegría de la invitación y participación en la mesa eucarística, que es presentada como banquete de bodas (Lc 14,15-24; Ap 21,1-5), donde se celebra y hace presente el gozo, la entrega y el amor (el
agapé) de Dios. Un amor hasta el extremo y hasta dar la vida en la gratuidad y en la donación plena y total (Jn 13,1; 15,13).

En la Eucaristía, el Espíritu Santo actualiza el sacrificio de reconciliación de toda la humanidad en Cristo; crea fraternidad y comunión frente a las divisiones e injusticias, fruto del pecado; nos transforma en ofrenda permanente y colma la esperanza de los pobres.

[14] Para el discípulo, Jesucristo resucitado es alimento, pan vivo y compartido que hace posible la novedad de la vida comunitaria y de la comunión con los pobres: “Todos los creyentes estaban de acuerdo y tenían todo en común… Acudían diariamente al Templo con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan en las casas con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y gozando de la simpatía de todo el pueblo” (Hch 2,44-47; 4,32-35).

Gracias a la Eucaristía, el discípulo puede vivir alegre y confiado, y así afrontar con esperanza el combate de la fe, ante la increencia y la tentación de dar la espalda al Maestro: “Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6,68-69).

 

 

El ministerio apostólico

[15] El presbítero discípulo ha recibido el gozo de la llamada del Maestro a estar con él y ser enviado por él (cf. Mc 1,17; 3,13-14) constituye su identidad como “siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación, escogido para el Evangelio de Dios” (Rom 1,1). Vive el gozo de apacentar la Iglesia de Dios adquirida con la sangre de su Hijo (cf. Hch 20,28) y el ministerio (diaconía) de edificar el cuerpo de Cristo (cf. Ef 4,12).

El don del Espíritu recibido en la ordenación “nos configura con Cristo Sacerdote para hacernos capaces de obrar como en persona de Cristo Cabeza, nos urge a vivir nuestro ministerio como verdaderos discípulos de Jesucristo al servicio de los pobres” (Const. 7).

[16] La identidad del presbítero viene definida no tanto por las tareas, cuanto por la gracia recibida en la ordenación. Realiza, pues, su misión, visibilizando la visita de Dios en Jesucristo, recreándola en las situaciones nuevas (jubilación, enfermedad, vejez, etc.). La alegría de ser testigo de este don le mantiene siempre viva la esperanza como ministro.

 

 

3 El encuentro con los pobres

 

[17] El verdadero discípulo de Jesús encuentra la alegría y la esperanza al compartir la vida de los pobres, al abrazar sus condiciones de vida por amor y descubrir que son los preferidos de Jesucristo, que “se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (2 Cor 8,9; Const. 44).

Esta mirada teologal sobre los pobres alegra el corazón del discípulo y mantiene viva y fuerte su fe y confianza en el proyecto del Padre (cf. 1 Cor 1,26-31), nos permite vislumbrar la fecundidad que va más allá del éxito humano y de los resultados (cf. Lc 10,21-22).

[18] En el encuentro con los pobres descubrimos con esperanza que la semilla del Reino va echando raíces en su corazón, incluso en grupos y personas donde no cabría esperar posibilidades de acogida y de respuesta. El Espíritu nos sorprende siempre con el trabajo que realiza en los pequeños y sencillos, que resulta ser Buena Noticia para nosotros.

Los presbíteros pradosianos nos sentimos llamados a crecer en la experiencia de fe. En medio de nuestros miedos y resistencias, experimentamos, sin embargo, el gozo y la esperanza. Como discípulos de Jesús, queremos perseverar en la escucha de su Palabra y en la Eucaristía, para llegar, así, a hacernos buen pan para los pobres.

 

PROPUESTAS

P.I.1. Nuestra alegría y esperanza tiene su fuente en la alegría de Dios, que es comunión trinitaria, que está actuando en la historia, en la realidad del mundo. Esto nos lleva a:

  • Salir con el Padre a buscar a los perdidos o alejados de la comunidad, de la casa paterna, para que puedan sentarse de nuevo en el banquete del Padre.
  • Colaborar, como el Hijo, en la realización del designio salvador del Padre y vivir dispuestos a hacer su voluntad, que no quiere que se pierda ninguno de los más pobres y pequeños (Mt 18,14).
  • Discernir en los equipos del Prado, a la luz del Espíritu, dónde se encuentra la fuente de nuestra alegría y esperanza: En la misma alegría de Dios derramada con gratuidad y abundancia sobre nosotros; en los éxitos de algunas acciones pastorales; en la acogida y aprecio que encontramos en la gente; en una vida coherente con las opciones y compromisos que un día asumimos.

 

P.I.2. La tarea del discípulo está en servir a la fecundidad de Dios, que no siempre se manifiesta de inmediato. Cultivar en el equipo y en nuestras tareas la paciencia, la gratuidad y la esperanza de ser sacramento de la visita de Dios, también en la noche.

 

P.I.3. La alegría es fruto del Espíritu recibido, que nos asocia a la alegría del Padre y del Hijo, se alimenta en la Palabra, en la Eucaristía y en el encuentro con los pobres. Por ello se nos invita a:

  • Cuidar la mirada teologal para descubrir la alegría de Dios en los acontecimientos vividos.
  • Agradecer y celebrar los gestos de liberación, fraternidad y de fiesta que realizan los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
  • Descubrir los signos de la alegría de Dios en los acontecimientos cotidianos.

 

 

II. LA ALEGRÍA Y ESPERANZA DEL APÓSTOL

“¡Gracias sean dadas a Dios, que nos lleva siempre en su triunfo, en Cristo, y por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimiento!” (2 Cor 2,14).

[19] El discípulo es enviado a compartir la alegría de Jesucristo, la Buena Noticia de Dios; hecho apóstol, es testigo de lo que ha visto y oído (cf. 1 Jn 1,1-4) y, por tanto, está llamado a cultivar de manera prioritaria la comunión e identificación con Jesucristo, Apóstol del Padre (cf. Jn 20,21).

Constatamos con dolor y sufrimiento nuestra impotencia para extender el Reino, para proponer la fe a los no creyentes. Pero no olvidamos que Jesucristo hizo la experiencia de la contradicción, de no ser acogido (Jn 1,11), siendo él mismo presencia del Reino: “el Reino de Dios ya está entre vosotros” (Lc 17,21).

También experimentamos que la confianza en Dios nos lleva a actuar como él, desde la debilidad. Aquí encontramos la fuente de la alegría que vence todo desaliento.

 

 

1 La alegría de compartir la misión de Cristo

[20] Somos convocados a participar de la alegría pascual del Resucitado, que no abandona a los que llama amigos y les asegura una presencia y colaboración todos los días, hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20; Mc 16,20).

Los ministros del evangelio son los amigos del Esposo (Jn 3,29; Mc 2,18-20). Su misión es anunciar el Evangelio y llevar a los hombres y mujeres ante Jesucristo y, como Andrés a su hermano Simón, decir: “hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,41). La misión nace del encuentro y del conocimiento de Jesucristo (“hombres que están con él y con él caminan”, VD 45).

[21] La alegría de Cristo dinamiza la esperanza gozosa y activa del apóstol que vive el ministerio del Espíritu (2 Cor 3,8) para ir a buscar y traer al banquete de la Nueva Alianza a todos los excluidos (cf. Lc 14,1-24) y, desde la cruz, llevar a cabo la reconciliación de toda la humanidad con Dios (cf. 2 Cor 5,18).

La participación en la misión de Cristo hace posible al apóstol permanecer con gozo y fidelidad, aun en medio de las dificultades, fracasos, rechazo, que pueden venir incluso de los mismos pobres a quienes intentamos hacer partícipes de la alegría pascual (2 Cor 6,1-10; 11,1 ss; Hch 5,41).

En un mundo y en una cultura autosuficiente, orgullosa de sus conquistas, los ministros del Evangelio estamos llamados a testimoniar que la misión con los pobres no es nuestro propio proyecto, sino que somos enviados por nuestros obispos, en nombre de Cristo, a colaborar con la fuerza del Espíritu en la obra del Padre, que es lo que nos llena de gozo y esperanza.

 

 

2 El Reino de Dios es dado a los pobres y desheredados

[22] La alegría del apóstol se ensancha porque Dios ya reina en medio de nosotros. El Reino es don de Dios ofrecido gratuitamente a todos, sin ningún tipo de exclusión. La gran novedad es que este regalo es prioritariamente para los pobres y desheredados.

La esperanza y la fe del apóstol se fortalecen desde la convicción de que el reino de Dios crece independientemente de nuestro control humano (“sin que él sepa cómo”:
Mc 4,27). El Reino de Dios no está en la lógica del justiciero ni del revolucionario, que fácilmente deriva en juicio y condena. Jesús vino a traer la paz y justicia nuevas, que nacen del amor hasta el extremo y del escándalo de la cruz, un amor que no enfrenta ni excluye a nadie, sino que atrae a todos en torno a la misma mesa.

[23] La evangelización de los pobres implica acoger el Reino de Dios como don del Padre, vivir la pobreza como una gracia y fuente de riqueza, saberse objeto de una elección y predilección especiales por parte de Dios. Como pradosianos, estamos llamados a cultivar de modo especial esta perspectiva, a partir de los elementos constitutivos de nuestro carisma.

 

 

3 Discernir y cultivar la esperanza de los pobres

[24] San Pablo nos recuerda que hemos sido salvados en esperanza (Rom 8,24) y que el mundo espera la plenitud. Dios ha enviado a su Hijo para liberar a los oprimidos, anunciar un año de gracia, anunciar la Buena Nueva a los hombres (cf. Lc 4,16-20). Pero esta esperanza puede verse ensombrecida por las expectativas que ofrece el mundo, por las respuestas más inmediatas y eficaces que buscan los mismos pobres utilizando las estrategias de los grandes y poderosos del mundo (cf. Mc 10,42-45).

La humanidad se ve constantemente seducida por la idolatría y por los poderes de este mundo. Ávida de expectativas, pierde de vista la Esperanza, que sólo se encuentra en Dios. El Antiguo Testamento expresa esta experiencia, desde la fe y la denuncia proféticas.

[25] Las expectativas y las esperanzas humanas son necesarias, son un buen punto de partida, el medio para abrir el espíritu a la esperanza que no defrauda. Jesús corrige una y otra vez las esperanzas de los que se acercan a él y les orienta hacia lo definitivo, lo que permanece, y que, en el fondo, es lo que busca el ser humano: el perdón (Mc 2,1-9), el agua viva (Jn 4,1), la luz (Jn 9,1-41). Misión del apóstol será hacer también hoy este mismo acompañamiento.

El apóstol, como Abrahán, está llamado a esperar contra toda esperanza, firme y confiado en que Dios cumple sus promesas, aunque parezcan inviables o ilusorias a los ojos humanos (Rom 4,18-22). El testimonio de su fe será el aliento que sostiene a sus hermanos y abre los corazones a la esperanza.

La alegría de cultivar la esperanza de los pobres nos introduce en la alegría pascual, con la que el Espíritu invade a Jesús al agradecer al Padre el don de su Reino a los pobres y sencillos (Mt 11,25; Lc 10,21).

 

PROPUESTAS

P.II.1. Por nuestra participación en la misión de Cristo estamos invitados, como pradosianos, a ser signo de su presencia en medio de los pobres. Esto conlleva:

  • Vivir entre los pobres, compartir su vida, aspiraciones y problemática.
  • Hacerles descubrir su dignidad de hijos de Dios.
  • Caminar juntos al encuentro con Cristo.

P.II.2. En nuestra Iglesia local, en nuestro presbiterio y en nuestros equipos:

  • Poner especial cuidado en la formación de apóstoles pobres para los pobres.
  • Compartir los gozos y esperanzas, las angustias y tristezas de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, especialmente de los más pobres (cf. GS 1) .
  • Servir, de este modo, a los anhelos de auténticas transformaciones sociales y a la esperanza de la humanidad.

P.II.3. Ayudarnos en el equipo pradosiano a fundamentar nuestra esperanza en “los mismos sentimientos de Cristo” (Flp 2,5-11), profundizando en el cuadro de Saint Fons desde la perspectiva de la alegría y esperanza apostólicas.

 

 

 

III. LA ALEGRÍA Y ESPERANZA EN LA MISIÓN

“Con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación; perseverantes en la oración compartiendo las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad” (Rom 12,12-13)

[26] La alegría y la esperanza dinamizan para la acción, para encaminarse hacia el futuro con libertad y audacia, con la “parresía” del Espíritu (Hch 4,29.31), que conduce a Jesús y a sus discípulos por la vía del amor, las bienaventuranzas y del servicio pobre y humilde.

 

 

1 Caminar desde el amor

[27] El Padre Chevrier hace que todo arranque del amor a Jesucristo y a los pobres: caminar desde el amor es abrir enteramente la puerta, de modo que al apóstol “le guía el amor y nada más” (VD 125); como el resorte invisible y escondido que nos señala a Jesús y a los pobres (VD 117).

“Pidamos a Dios que suscite en nosotros gran compasión para con los pobres y los pecadores. Esto es el fundamento de la caridad, sin compasión espiritual no haremos nada. Fomentemos en nosotros esta divina caridad para salir al encuentro de las miserias del prójimo y decir como Jesucristo: “Venid a m픅 Sea nuestro lema de caridad esta palabra del Señor: Tomad y comed. Considerémonos como un pan espiritual que ha de alimentar a todos con la palabra, el ejemplo y la entrega” (VD 418).

[28] La primera condición es vivir con la conciencia de ser un regalo de Dios para los pobres. Desde esta perspectiva podremos vivir la alegría del amor: la alegría del anuncio de Jesucristo en cualquier circunstancia y manera. El apóstol muestra su alegría, como Cristo, saliendo a los caminos a buscar lo que estaba perdido: “Porque el amor de Cristo nos apremia” (2 Cor 5,14). “Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24).

 

 

2 Evangelizar a todos desde los últimos, con el espíritu de las bienaventuranzas

[29] El Evangelio afirma al pobre y al oprimido, frente a un humanismo centrado en la grandeza del héroe, del sabio, del hombre y la mujer bellos e inteligentes.

Evangelizar desde las bienaventuranzas es ponerse en estado permanente de conversión y consentir a la acción iniciada por el mismo Dios, que trabaja en el corazón de los pequeños, los pobres y abatidos (cf. Mt 11,28-30). Es el camino emprendido por Jesús desde el comienzo de su misión y el referente para quienes son llamados a ser sus colaboradores.

[30] El objetivo es que los pobres sientan la cercanía de Dios que los afirma en su dignidad de hijos, que les da su Reino, los convierte en ciudadanos de la nueva tierra, recibida como don y plenitud de vida: “Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas” (Lc 6,20-23).

[31] El corazón de la misión está en proclamar el gozo de Dios en acción: “Sois dichosos”. Supone una inversión de los criterios de eficacia según el mundo, y por tanto asumir una tensión inevitable, pues existe el peligro de buscar el camino que Satán proponía a Jesús para llevar a cabo su misión (cf. Mt 4,1-11). Satán propone acercarse a los pobres desde el poder de este mundo y con los medios más eficaces. Jesús no cede a la tentación y alienta a sus discípulos y apóstoles a acercarse a los pobres por el camino del servicio humilde y desde el amor desinteresado. Aquí encontrará el apóstol la felicidad plena ( Jn 13,1-17). La inversión de criterios apostólicos está en la onda de la renuncia al propio espíritu y la adquisición del espíritu de Dios (cf. VD 211 s.).

[32] El Espíritu, alma de la misión, conduce a Jesús a anunciar la Buena Nueva a los pobres, a los últimos de la sociedad (cf. Lc 4,14-30; 7,21-23). Este Espíritu inspira, anima y alienta nuestra misión evangelizadora, que, para llegar a todos, comienza por acercarse, hacerse presente y anunciar el Evangelio entre los últimos y olvidados donde Dios está presente de una manera especial. Esta pretensión y esta praxis de optar de manera preferente por los últimos muchas veces van a ser conflictivas e incluso escandalosas, y llevarán el signo de la contradicción y de la cruz (cf. Const. 44).

[33] El punto de partida de la misión entre los pobres forma parte de nuestra vocación específica: “Ir a los pobres, hablar del Reino de Dios a los obreros, a los humildes, a los pequeños, a los abandonados, a todos los que sufren… a llevar la fe, predicar el Evangelio, catequizar, dar a conocer a Nuestro Señor” (P 4,161).

El contacto y el trato frecuente con los pobres, compartir su vida nos sitúa en la verdadera senda y “alimenta nuestra esperanza con los signos del Espíritu que percibimos en sus vidas. Con ellos queremos compartir el Evangelio” (Const. 44).

 

 

3 La alegría del servicio pobre y humilde

“Sabiendo esto, seréis dichosos, si lo cumplís” (Jn 13,17).

“De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer” (Lc 17,10).

[34] Estamos convocados a la alegría que nace de contemplar a Jesucristo en calidad de Maestro y Siervo, que desciende a los últimos. La evangelización de los pobres se enraíza en el conocimiento de Jesucristo y desde la sabiduría del Espíritu: sólo ese Espíritu puede darnos a saber y comprender que “no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía” (Jn 13,16).

[35] En nuestros análisis tendemos a fijarnos en las tareas que llevamos entre manos, con alegrías y tristezas, esperanzas y desilusiones. En la fe somos llamados a ir más allá de nuestros optimismos y pesimismos: el servidor vive en la alegría y la esperanza del Padre que ha puesto todo en sus manos (Jn 13, 3; 17) y así realiza la misión como un trabajo pobre y humilde, pone en ejercicio la universalidad del amor que comienza por los últimos para abarcar a todos y asume el riesgo de ser excluido por los de su propia casa (cf. Lc 4,14-30; Jn 1,11).

[36] El ejercicio del ministerio (diakonía) a que llama el Señor desborda la pura actividad o cumplir lo mandado como un oficio, para vivir la misión como fuente de alegría y esperanza: “sabiéndolo, seréis dichosos si lo cumplís…” (Jn 13,17). Es la gracia mística del buen pastor, o de los sacerdotes “perfectos”, que han pasado de cumplir “sus obligaciones” a sentir en ellos el amor por Jesucristo y seguirle en “su pobreza, su dulzura, su caridad, su celo por las almas, su sufrimiento, su cruz… Debemos responderle con alegría” (VD 120; 122).

PROPUESTAS

 

P.III.1. Los “más” pobres apenas tienen cabida en nuestros procesos pastorales. Es necesario un discernimiento permanente, “convocarlos” explícitamente y acompañarlos con las peculiaridades que sean necesarias.

 

P.III.2. La evangelización de los pobres es misión de toda la Iglesia:

  • Acoger con alegría la nube de testigos que nos preceden y acompañan en el camino de la evangelización de los pobres.
  • Aprender de la Iglesia apostólica para vivir la misión al servicio de los pobres como fuente de alegría y esperanza.
  • Explicitar en nuestros programas pastorales actitudes y medios que evidencien la ternura y compasión de Dios para con los pobres.

 

P.III.3. El Señor nos ha elegido y nos ha dado a los pobres como regalo al confiarnos la misión evangelizadora.

  • Profundizar en la perspectiva de ser don de Dios para los pobres y los pobres don de Dios para nosotros.
  • Cultivar nuestra comunión con Cristo y sus entrañas de misericordia para con los pobres y pecadores, y reflejarlo en nuestras celebraciones y catequesis.
  • Ayudarnos a vivir la alegría y la esperanza de ser sacramento de la cercanía de Dios entre los pobres, evitando paternalismos y superando los criterios de eficacia según el mundo.
  • Proponer, como Jesús, el alimento de la Palabra de Dios y proclamar a Jesucristo resucitado como único absoluto.
  • Buscar la “hermosa pobreza” generadora de alegría, que vivió nuestro Señor Jesucristo para ser fieles a nuestra misión evangelizadora y ser signo evangélico para todos en el momento presente.

 

P.III.4. El Espíritu nos conduce a los pobres para compartir con ellos la Buena Noticia del Padre; esto nos lleva a:

  • Ir a los pobres para llevar la fe, predicar el Evangelio y dar a conocer a Jesucristo.
  • Convertir nuestras comunidades en casa de los pobres como una de las mejores maneras de anunciar el Evangelio.
  • Vivir y reflejar en nuestra forma de ser y ejercer el ministerio el espíritu de las bienaventuranzas, sintiéndonos solidarios con otros que, desde otras instancias, luchan y trabajan a favor de los empobrecidos.

 

P III.5. Favorecer encuentros para compartir experiencias pastorales que buscan respuestas a los nuevos retos y a las nuevas pobrezas.

P III 6. Como pradosianos nos sentimos llamados a:

  • Vivir con la cultura de lo necesario.
  • Crear y acompañar comunidades cristianas que sean signo de la presencia transformadora del reino de Dios.
  • Abrir diálogos fraternos con nuestros obispos, con los rectores y formadores de los seminarios para presentar con libertad y sinceridad la gracia del Prado.
  • Acompañar a jóvenes en procesos de iniciación cristiana y en su itinerario vocacional a vivir con esperanza y alegría la pobreza evangélica.