Antonio Chevrie

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Última actualización: 18 Noviembre 2014
Creado: 12 Agosto 2008
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Antonio Chevrier

Nace en Lyon (Francia) el 16 de abril de 1826 y muere el 2 de octubre de 1879. Sacerdote de la diócesis de Lyon;

es fundador de la obra del Prado para la evangelización de niños y adolescentes pobres y de la Asociación de los Sacerdotes del Prado.

Sus orígenes familiares son de condición modesta (su padre era empleado de la oficina de impuestos y su madre era tejedora de seda en la propia casa).


Ordenado sacerdote en 1850, después del recorrido clásico en el Seminario Menor de L’Argentiére, y luego en el Seminario Mayor de San Ireneo, de Lyon, es enviado como vicario parroquial a una parroquia de nueva creación en las afueras de Lyon, en el margen izquierdo del Ródano: la parroquia de San Andrés, de La Guillotière, que entonces era un municipio independiente, habitado sobre todo por obreros, no tenía buena reputación, el gobierno municipal era de izquierdas, y por razones de orden público, será anexionado a la ciudad de Lyon por un decreto imperial del 24 de marzo de 1852.

Antonio Chevrier descubrió allí la miseria obrera en todas sus formas. En un sermón sobre el amor a los pobres, no vacilaba en hablar del “espectáculo cada vez más hiriente de la miseria humana que crece. Se diría que, a medida que los grandes de la tierra se enriquecen, a medida que las riquezas se encierran en algunas manos ávidas que la buscan, crece la pobreza, disminuye el trabajo, no se pagan los salarios. Se ve a pobres obreros trabajar desde el amanecer hasta la noche para a duras penas ganar el pan y el de sus hijos. Y, sin embargo, ¿no es para todos el trabajo el medio para comprar el pan?” (Ms IV, 57, 1). El vicario de San Andrés denunciaba las condiciones inhumanas y degradantes de los talleres y las fábricas, el trabajo de los niños, de los que se hacía “máquinas de trabajo para enriquecer a los amos” (Ms III, 2,2).


En 1857 Antonio Chevrier se encuentra con Camilo Rambaud, rico empresario de la seda en Lyon, que afectado por la problemática social, acababa de fundar una “ciudad obrera” en la orilla izquierda del Ródano destinada a acoger a las víctimas de la catastrófica inundación de mayo de 1856. El Padre Chevrier, como se le dirá desde entonces, se consagrará principalmente, con la ayuda de algunos voluntarios, a la formación religiosa de muchachos y muchachas que no iban a la escuela ni a la catequesis.

En 1860 se separa de Camilo Rambaud y alquila al principio, después la comprará, una sala grande de baile que se llamaba “El Prado”, en uno de los barrios más desfavorecidos de la Guillotière. Allí acogía durante unos seis meses, a “jóvenes adolescentes de ambos sexos vagabundos y abandonados, que por su edad y su ignorancia eran excluidos de la participación en las lecciones de la escuela y de la parroquia” (Informe de la Academia de Lyon del 23 de febrero d 1861). Allí les preparaba para la primera comunión con una catequesis intensiva. La Inspección académica del Ródano le autorizó a abrir una escuela, y de este modo recibían además una enseñanza elementar de lectura, escritura y cálculo. Desde este “pequeño pensionado para los pobres” (Ms X, 15ª) del 10 de diciembre de 1860, día en que el Padre Chevrier adquiere el Prado, hasta el 2 de octubre de 1879, día de su muerte, fueron acogidos de 2300 a 2400 muchachos, de los cuales, aproximadamente, las dos terceras partes eran chicos y un tercio chicas.

A diferencia de otros establecimientos del mismo tipo, el Padre Chevrier rechazó el que se hiciera trabajar a los niños acogidos. A pesar de la falta de ingresos de modo regular, no quería contar, como decía, más que con la Providencia y la generosidad de los pobres para con aquellos que eran más pobres todavía que ellos. Si para el grueso de las obras de acondicionamiento del Prado contó con la colaboración de Edouard Frossard, Director de los Talleres de “La Buire” (empresa metalúrgica, importante por la construcción de los raíles del tren, que estaba en plena expansión), fueron, sobre todo, las gentes del pueblo quienes aseguraban el mantenimiento diario de los niños del Prado.

La señorita Chapuis, que era propietaria de un taller en la colina de la Croix-Rousse, ha explicado cómo en bastantes talleres textiles “las obreras ponían todos los días una o dos monedas de su sueldo; al fin de la semana suponía una cantidad que una de ellas llevaba el domingo al Padre Chevrier”. Muchos gestos humildes de este estilo posibilitaban la supervivencia en el Prado día a día.

 

Al constatar que no había sacerdotes preparados seriamente para ejercer un ministerio de este estilo, en contacto con los pobres, el Padre Chevrier se decidió, en 1866, a fundar en el Prado mismo una “escuela clerical”. La misma Srta. Chapuis relató cómo el Padre Chevrier le abía dicho un día: “Francisca, desearía hacer un semillero de sacerdotes que fueran educados con los niños para que les comprendan bien”. A su muirte en 1879, esta “escuela clerical” había aportado al Prado sus cuatro primeros sacerdotes; junto con el anexo de Limonest, contaba con unos cincuenta alumnos; este fue el punto de partida de la Asociación de Sacerdotes del Prado.

 

No se encuentra en los escritos de Antonio Chevrier un análisis de la condición obrera, ni en las cartas, ni en las predicaciones o comentarios al Evangelio, ni siquiera en el Verdadero Discípulo, el libro que escribió para la formación de sus sacerdotes; pero se constata, en su lectura, que en este hombre había un verdadero conocimiento de las cargas que pesaban sobre los trabajadores, una real simpatía por ellos y gran sufrimiento ante el comportamiento de gente de Iglesia que les distanciaba injustamente. El Verdadero Discípulo hace una descripción cruelmente lúcida de las costumbres eclesiásticas de la época, tal como eran percibidas por la población obrera de las ciudades. Antonio Chevrier no vacila en escribir que “Dios envía las revoluciones” para castigar la avaricia de los sacerdotes y su apego excesivo a los bienes de la tierra: “Es lo primero que hacen todos los revolucionarios: despojarnos, hacernos pobres. ¿No podemos decir que Dios quiere castigarnos por nuestro apego a los bienes de la tierra y, a través de ello, forzarnos a practicar la pobreza, ya que no la queremos practicar voluntariamente?” (El Verdadero Discípulo, p. 316).

 

Los funerales del Padre Chevrier el lunes, 6 de octubre de 1879, demostraron de modo evidente el aprecio que el pueblo obrero de la Guillotiere tenía por el fundador del Prado, a quien habían reconocido en este humilde sacerdote a uno de los suyos. “No he visto nada parecido en su funeral, manifestaba uno de sus antiguos compañeros. El cuerpo estaba en la iglesia de San Luis cuando todavía seguía la procesión por el Prado. Las aceras no podían contener a la masa en todo el recorrido. Sobresalían la presencia de los obreros, tanto en la comitiva cono en las aceras; apenas había ropas finas. El Padre Chevrier era el sacerdote de los pobres” (Declaración del sacerdote C. Ardaine en el proceso de beatificación). “Toda la Guillotière estaba en la calle”, precisa otro testigo. “El recogimiento de todo el mundo era impresionante. Incluso los talleres estaban en el recorrido dejaron de trabajar durante el desfile fúnebre”.

 

El periódico de Lyon “El Progreso”, poco dado a simpatizar con la Iglesia, escribía en su edición del jueves, 9 de octubre de 1879: “Nunca es tarde para rendir homenaje a la memoria de los hombres de bien y, sea el que sea el partido al que pertenezcan, olvidamos las disensiones políticas para no ver en ellos más que el lado digno de respeto y admiración. El Sacerdote Chevrier, fundador de la Providencia del Prado, era uno de estos hombres, cuyo recuerdo merece que no quede borrado por el tiempo. Él tuvo compasión de los pequeños vagabundos que andaban por las calles sin protección alguna contra las tentaciones del vicio, sin ninguna atención, y ha consagrado toda su actividad a la educación perseverante de estos niños. Tal ha sido su finalidad al fundar esta Providencia de La Guillotière. La masa que se apiñaba en los funerales del sacerdote Chevrier y que se ha calculado en más de 5000 personas es una justa manifestación del reconocimiento público. En cuanto a nosotros, que no somos sospechosos de simpatía por el clero, celebramos con tanto mayor respeto, cuanto que esto nos ocurre raramente, la memoria de este sacerdote que ha obrado como un buen ciudadano”