Enero de 2020

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Enero de 2020

Esta mañana después de hacer dos gestiones, una en la compañía eléctrica y otra en la del agua, me he encontrado con Silvia. Los dos con paraguas en mano nos hemos detenido para saludarnos y actualizar nuestras vidas al son de las gotas de lluvia.

Silvia, una madre joven con una hija adolescente y un hijo de menos edad, me ha explicado que estaba de baja del trabajo por culpa de una depresión. Llevaba unos meses así. Me fijé que estaba más delgada de la cuenta aunque disimulaba su rostro con un poco de maquillaje. Me confesó que estaba medicándose y que, alguna vez, se le había pasado por la cabeza de suicidarse. Ahora estaba mejor pero aún sentía una tristeza que le presionaba el pecho. Poco a poco había dejado actividades que le ayudaban a sentirse más libre como el yoga y el baile de sevillanas. Aquella mujer creyente que estaba luchando por salir de un túnel al que no sabía muy bien cómo había entrado ni cómo podría salir. Cuando la escuchaba me salía la imagen de aquella mujer encorvada del evangelio que sentía la presión de la cruz durante años y cómo Jesús la libera a pesar de las dificultades sociales y religiosas de su época: “Un sábado se puso Jesús a enseñar en una sinagoga. Había allí una mujer que estaba enferma desde hacía dieciocho años. Un espíritu maligno la había dejado encorvada, y no podía enderezarse para nada. Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo: “Mujer, ya estás libre de tu enfermedad.” Puso las manos sobre ella, y al momento la mujer se enderezó y comenzó a alabar a Dios.” (Lucas 13, 10-13).

 

Mientras hablábamos en mitad de una calle de Granollers (Barcelona) iban apareciendo personas conocidas que nos iban saludando. Algunas se paraban, otras seguían su camino al ritmo de la vida de cada uno. Sí. Silvia y yo estábamos en el centro de la vida de la gente aunque ella se sentía al margen. Por eso, antes de despedirnos le invité a participar en las cenas de la noche de Navidad y la de la Nochevieja. Con una sonrisa en los labios me dijo que miraría de venir con su hijo a la de fin de año. Nos abrazamos y observé que se había relajado un poco.

“Amigo Jesús, ¡cuántos “espíritus psicológicos y mentales” nos enmudecen y atrapan para sentirnos insignificantes y ninguneados! Tócame para enderezarme y, así, acompañar hacia ti a tantas personas que se han acostumbrado a vivir encorvadas.

 

Pepe Baena Iniesta