5 mayo 2020

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Pepe Baena. 5 mayo 2020

En estos días largos de confinamiento no me he sentido nunca solo. Llamadas telefónicas, mensajes por las redes sociales, correos electrónicos, videoconferencias como medios de fraternidad y apoyo comunitario. Todo esto lo he ido experimentando como un don de Dios.

En esas pequeñas relaciones que se han ido creando por esta situación de enfermedad y muerte. Personas como Nacho, el frutero, que me traía la fruta y las hortalizas a casa con su mascarilla y guantes. Cada semana era un encuentro vital i natural. En la caja del género había un papel escrito: “Para Pepe, el cura”. Cuando marchaba me dejaba un buen sabor de boca. “Hasta la semana que viene campeón”. Me imagino a Jesús relacionándose con toda la frescura del mundo sin tapujos y distancias. “Llevaron unos niños a Jesús, para que los tocara; pero los discípulos reprendían a quienes los llevaban. Jesús, viendo esto, se enojó y les dijo: “Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis, porque el reino de Dios es de quienes son como ellos. Os aseguro que el que no acepta el reino de Dios como un niño, no entrará en él.” Tomó en sus brazos a los niños y los bendijo poniendo las manos sobre ellos.” (Marcos 10, 13-16)

 

Ahora que, poco a poco, la gente puede ir saliendo más, las relaciones se hacen más expansivas a pesar de las medidas sanitarias. Distancia, horario escalonado, mascarillas, guantes... Esta mañana cuando he ido a comprar y hacer la correspondiente cola en la calle, ya que sólo podían estar tres personas dentro de la tienda, me he encontrado con personas de la parroquia que no han dudado de estar un rato conmigo mientras me esperaba para entrar. Una de ellas me ha dicho sin ningún preámbulo: “Pepe estoy muy contenta porque mi hijo, que hacía tiempo que no quería saber nada de mí, vino a casa el domingo para felicitarme por el día de la madre”. Sus ojos están húmedos de agradecimiento y alegría. Necesitaba compartirlo conmigo. Y, casi, estuvo a un paso de darme un abrazo. Al final, nos tocamos con los codos. Es cuando entendí la actitud de aquella mujer del evangelio cuando encontró la moneda que había perdido. “O bien, ¿qué mujer que tiene diez monedas y pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra reúne a sus amigas y vecinas y les dice: ‘¡Felicitadme, porque ya he encontrado la moneda que había perdido!’ Os digo que así también hay alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que se convierte." (Lucas 15, 8-10).

 

Amigo Jesús, sólo me sale darte las gracias porque no paras de sorprenderme en los pequeños encuentros con las personas de la parroquia y del barrio. Son encuentros únicos e irrepetibles que hacen gustar ese Reino que tanto predicas a pesar de las dificultades y cruces de cada momento. Haz que aprenda a vivirlos con paz y esperanza.

 

Pepe Baena Iniesta. Diócesis de Terrassa