24 mayo 2020

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Vida y Luis. 24 mayo 2020

Hoy, después de dos meses de confinamiento riguroso, hemos podido participar en la celebración de la Eucaristía en la parroquia. Asistimos pocos, todos conocidos. Celebramos el reencuentro con los hermanos en la intimidad de la mesa del Señor y en la humildad y sencillez de nuestra parroquia, en el corazón de un barrio de trabajadores pobres, nuestro barrio de Pan Bendito.

           

           Nos encontramos con Justi, religiosa vedruna que ya está recuperada de una fuerte neumonía; con Antonia, también vedruna con la que nos lamentamos de tener cerrado el taller de alfabetización, al menos por este curso; con Ana que como es médico, se ocupa de las cuestiones de seguridad sanitaria y nos dice lo que debemos hacer; con Fausti con la que compartimos y nos ponemos al día de cómo estamos nosotros y nuestras familias; con Germán que anda limpiando de hojas y de ramas el patio de la parroquia; con Satur con la que compartimos la alegría de volvernos a ver; con Pedro el párroco que, después de la celebración, tiene que sentarse porque le ha dado un fuerte tirón en la ingle. Alegría del encuentro y la esperanza de que esto vaya pasando y podamos ir recuperando poco a poco la actividad de la vida parroquial en el barrio.
 
            Salimos de la parroquia y nos vamos a andar todavía en horario de mayores. Caminamos despacio porque Vida se fatiga mucho y se cansa, también hacemos alguna parada en bancos del parque. De vuelta a casa nos detenemos en la ferretería. Honorio el dueño es un hombre despierto, atento y muy enterado de su oficio. No vive en el barrio, pero es uno más; todos le conocen y le tienen por buen vecino. Compramos algunas cosas y nos despedimos hasta pronto. También entramos en la frutería de Susana la chinita, porque lo es. Vive un nuestro bloque y nos dice que somos buenos vecinos. Agradece el trato amable y cordial por nuestra parte. Nos vemos y nos saludamos, después de muchos días, con Julián, un hombre ya muy mayor, que hace la compra para que su mujer no tenga que salir a la calle, porque está muy delicada. Como es la hora de salir los mayores, somos muchos los que estamos por la calle; con algunos de ellos, guardando la distancia sanitaria, nos saludamos e intercambiamos noticias.
 
            Hemos tomado un poco el pulso de nuestro barrio y de alguna manera también hemos sentido el latir de nuestro pueblo en sus gentes y en las personas con las que hemos entrado en contacto. Pero lo que de verdad nos ha situado en medio de nuestro barrio y de sus gentes, es el encuentro con Jesús, el amigo. Como los primeros discípulos, hoy, unos cuantos nos hemos sentado a su mesa y él nos ha repartido el pan y se nos ha entregado en la sencillez y en la humildad de ese pan. Y le hemos reconocido en ese momento y, para que lo sigamos reconociendo, acogemos su mandato: "Haced esto en memoria mía". Le reconocemos, acogemos sus mandato, comulgamos haciendo nuestros su vida, su mensaje y su misión y, como discípulas y discípulos unidos en el amor del Padre, salimos al encuentro de las mujeres y de los hombres con los que convivimos a ser testigos y apóstoles de Jesucristo, guiados y conducidos por el Espíritu Santo.
 
            Estos días de "respiro" continuaremos en lo posible tomando el pulso de nuestro barrio, escuchando el latir del corazón de nuestras gentes y andando los caminos de esta nuestra Galilea, a donde nos envía el Señor resucitado para encontrarnos con él.
 
            Comienza a anochecer, los ruidos callejeros van dando paso al silencio de la noche y la vida del barrio nos llega tenuemente a través de la luz que se escapa por las ventanas. Y nos quedan las palabras de Jesús: "El que permanece unido a mí, como yo estoy unido a él, produce mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada... Permaneced en mi amor... Amaos los unos a los otros, como yo os he amado" (Jn 15,1-17).
 
            Gracias, amigo Jesús, por tu amistad, por reunirnos, después de muchos días, en torno a tu mesa y repartirnos el pan, por dejarte reconocer, por abrirnos la mente y calentarnos el corazón, por quitarnos los miedos y activar nuestra esperanza, por hacernos sentir tu presencia aquí y ahora en las mujeres y en los hombres con los que  convivimos cada día.

 

Vida Álvarez y Luis Núñez. Madrid