26 junio 2020

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Vida Álvarez y Luis Núñez.     26 junio 2020

En la situación de aislamiento, hemos ido aprendiendo la importancia en la vida diaria de lo pequeño, insignificante, sencillo, de lo que con frecuencia pasa desapercibido, de lo que estaba presente y no veíamos, a nuestro lado y en nuestro entorno más cercano.

             Estar pendientes de los que estamos en casa, de lo que necesitan, de hacerles la vida un poco más agradable con pequeños detalles, con agrado, con sonrisas, con silencios o escuchando cuando sea preciso, en definitiva, olvidándose de uno mismo para estar a disposición de los demás. Y estar siempre dispuestos al encuentro con los que de distintas formas nos hemos venido relacionando en estos días. Un saludo, un gesto con la mano, unas palabras cuando es posible, facilitan el encuentro y podernos sentir que somos importantes para los demás y los demás para nosotros.
           
            Una vecina que ahora ya camina con bastón estaba un poco retirada de nosotros, pero al vernos se paró, nos saludó levantando el bastón y continuó caminando con dificultad. Otra vecina estaba sentada en un banco, nos costó reconocerla con la mascarilla, nos paramos ante ella y mirándonos dijo: ¡Ay, ya sé quiénes sois! Con Marina, nos reconocimos en el encuentro. Estábamos sentados en un banco, pasó Luis, que fue muchos años zapatero del barrio y nos saludó efusivamente dando voces y haciendo gestos con los brazos. Este saludo nos recuerda, seguro que a él también, buenos momentos compartidos.
 
            Amelia fue vecina nuestra; se acerca para interesarse por nosotros y se siente con confianza para hablarnos de sus cosas y de la situación de estabilidad que vive ella y su familia; nos dice con satisfacción que, por fin, ya ahora viven sin estar de alquiler. Maruja, vecina de muchos años, estaba esperando su turno en la farmacia, la saludamos y ella vino hacia nosotros alegrándose de vernos; nos dice que ha fallecido un hermano sin poder despedirlo adecuadamente. Padece una enfermedad en la boca y los médicos no acaban de acertar con el tratamiento adecuado, pero nos regala siempre que nos vemos una sonrisa y su expresión de cariño. Nos quiere y nosotros la queremos y también a su familia.
 
            Manuel disfruta de tercer grado penitenciario, se preocupa y se ocupa constantemente en buscar trabajo y siempre que nos llama o nos pone un mensaje, pregunta cómo está Vida y si ha mejorado. Nosotros lo que podemos hacer ahora por él es rezar, para que continúe siendo fuerte y pueda encontrar un trabajo que le facilite reorganizar de nuevo su vida. Mari y Quique no salen para nada de casa, han pasado momentos muy difíciles en estos días, pero no han dejado de llamarnos y de interesarse por nosotros. Les llamamos y compartimos juntos lo que estamos viviendo.
 
            Así, con estos encuentros, con el afecto que se nos da y el que nosotros comunicamos, el día se hace menos pesado y el corazón se siente aliviado. Percibos en ellos y con estas personas las caricias y la ternura de Dios: "Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me acogerá" (Sal 26,10). Volver a contactar con personas de las que no sabemos hace tiempo y ponernos al día. Rezar por los que no vemos, por los que están lejos, por los que ya no están, actualizar nuestro recuerdo y nuestra memoria de todos, ellas y ellos.
 
            Y damos gracias a Dios por todas estas personas, por su sencillez, por su afecto y por su confianza con nosotros, porque en la humildad de sus vidas y en gestos sencillos se nos manifiesta la bondad y la ternura de Dios y porque el Espíritu Santo reproduce en nosotros junto a ellas la sencillez, la humildad y la pobreza de Jesucristo. De ellas aprendemos a querernos, a preocuparnos unos de otros, a ser sencillos, pequeños, frágiles y, mirando a Jesucristo, nos encontramos y nos experimentamos sus hermanos pequeños. Todo esto, por pura gracias de Dios, porque a él le ha parecido bien y sin mérito alguno por nuestra parte.
 
            Al terminar el día contemplamos a Jesús que acoge a sus discípulos. "Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. El les dijo: Venid vosotros solos a un lugar solitario, para descansar un poco" (Mc 6,30-31). Le hemos contado al Señor los encuentros que hemos tenido, cómo hemos utilizado nuestras lenguas de discípulos para sostener al abatido y nuestros oídos para escuchar como los discípulos (Is 49,4-5) y cómo el aislamiento no es soledad, sino lugar y momento de encuentro en la intimidad con él. Encuentro que nos remite al encuentro con las mujeres y con los hombres con los que convivimos aquí y ahora.
 
            Gracias, Padre Dios, por todos estos hermanos y hermanas. Gracias "porque has escondido estas cosas a los sabios e inteligentes y se las has dado a conocer a los sencillos y pequeños" (Mt 11,25).
 
Vida Álvarez y Luis Núñez. Madrid.