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15 noviembre 2020

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15 noviembre 2020.  Mario Picazo
No basta con estar vivos hay que atreverse a vivir.
 
“Los tiempos realmente vividos no son los cronológicos, sino aquellos de los que el corazón guarda memoria” (García Márquez).
 
No basta con indicar. Hay que acompañar en el camino.
No basta con advertir. Hay que enseñar a leer la vida y los acontecimientos.
No basta con decir: ¿Cuánto lo siento, cuanto te quiero! Hay que dar prueba de ello.
No basta con hablar. La palabra sin el testimonio se la lleva el viento.
No basta con atrapar sueños. Hay que ayudar a hacer realidad los sueños.
 
Toda promesa es don y anticipo.
 
Nací promesa y contingencia a la vez y, entre estímulos, resistencias, fracasos, respuestas, fui aprendido a barajar mis cartas, a hacer mis apuestas, a trabajar mi tierra, a encajar los golpes, a pedir perdón por mis errores, a amar y a no arrepentirme nunca de haber querido.
 
Descubrí mi cuerpo, mis capacidades y limitaciones, mis sentimientos y los lazos que me unían a mi gente, a mi entorno; aprendí, no sin esfuerzo, a amar el trozo de tierra llamado a cultivar, a descubrirme a la vez don y tarea, responsabilidad y gracia, fui aprendiendo a conjugar los sueños del alma con el principio realidad.
 
Cuanto amor vivido, gozado, contenido, expandido y alguna que otra vez desgraciadamente reprimido. “Solo el amor convierte en milagro el barro”.
 
¡De cuánto amor y cuánto dolor es capaz el alma! El amor y el gozo son proporcionales a la capacidad de la entrega.
 
Vine al mundo en un momento histórico preñado de posibilidades y de sueños, un momento de la historia marcado por dos acontecimientos decisivos: el Concilio Vaticano II y la transición a la democracia. ¡Cuántas esperanzas sembradas! ¡Cuánta vida por vivir!
 
Crecí rodeado de personas modeladas por la escasez, el sacrificio y el fantasma de una tragedia, personas avezadas en el arte del silencio, de la desconfianza, de la paciencia; personas que, a pesar de tenerlo todo en contra, se atrevieron a expresar y hacer realidad sus sueños, se atrevieron a diseñar lo nuevo, a perder los miedos.
 
Y oí hablar a mis formadores -cuando todavía estábamos muy lejos de eso- de democracia, de derechos humanos, de mercado común (la actual Unión Europea). Oí hablar de pluralismo, de respeto, de ciudadanía libre, de organizaciones sindicales, de partidos políticos, cooperativas, asociaciones…
 
Con frecuencia se hacía referencia a un Concilio, muy cercano en el tiempo, que invitaba al cambio, a la renovación, a la participación, al compromiso de la fe. Oía hablar de una Iglesia abierta a todos, en diálogo con el mundo, con la ciencia; Iglesia Pueblo, Iglesia de los pobres, evangélica… Pero algunos se empeñaron en vetarla y exiliarla en el trastero. “Nos podrán cortas las flores, pero no podrán detener la primavera” (Pablo Neruda).
 
Fui testigo de la conmoción y de los cambios que ambos acontecimientos trajeron para la sociedad y para la Iglesia y, de alguna forma, también fui protagonista.
 
He acumulado experiencia y canas -la salud comienza a encenderme la luz de la reserva- pero, aunque a veces tengo la tentación de pararme, me descubro cada día empezando de nuevo, aprendiendo, caminando, abierto a la sorpresa, disponible y, agradecido, sigo soñando, esperando, facilitando, sembrando…
 
Cuantas historias, cuantos sueños, cuantos rostros, cuantas ilusiones, lágrimas, errores, afortunadamente también algunos aciertos. Se me viene al corazón nombres de sacerdotes, maestros, mujeres, amigos/as, compañeros/as, gente inquieta y creativa de mi pueblo.
 
Aunque fuera noviembre nací, como nacen todas las personas, en “primavera”, cuando florece la vida y el alma despierta. Y constato, después del tiempo transcurrido, que todo está por estrenar, en la Iglesia y en la sociedad.
 
Soy afortunadamente un hombre de esperanza, digo esperanza y no optimista porque el optimismo es el resultado de nuestras posibilidades y nuestros cálculos, la esperanza, en cambio, tiene una raíz más profunda y apunta más alto -con los pies en la tierra y el corazón abierto al infinito- es un don del Cielo.
 
Convencido de que lo divino que hay en mí, y en todos, es una “semilla sembrada en el surco”, “levadura en medio de la masa” (Mt.13,31-35), realidad misteriosa que no podemos controlar ni forzar para que crezca, se trata más bien de no oponernos y dejarnos incorporar a su dinamismo, dejándonos transformar por ella.  “Porque mirad, el Reino de Dios está dentro de vosotros". (Lc.17,20).
 
Solo quiero poder decir agradecido, contento y convencido: “siervo inútil soy, he hecho lo que me correspondía hacer”. (Lc.17,10).
 
Mario Picazo. Diócesis de Granada