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Propuesta de José María Tortosa Alarcón

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Propuesta de José María Tortosa Alarcón

 

EL HOMBRE Y LA MUJER TOTALMENTE NUEVOS

 

Recuerdo que, en mis años de estudios, se nos decía y explicaba la paradoja que se vivía entre los cristianos y que daba mucho que pensar. Es el hecho de que si nos ponemos a concretar aquello que el cristiano está “obligado” a creer y que, si eso falta, todo lo demás no tiene sentido, no hay duda de que se apunta a la Resurrección de Cristo, es decir, mi fe me obliga a creer, por encima de todo, que Jesús, el que fue crucificado, muerto y sepultado, ha Resucitado. Es lo que nos dice San Pablo, “si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe” (1Cor 15,17). Y, claro, aquí está la paradoja pues, precisamente, este hecho es el que más dudas plantea en muchos que dicen llamarse cristianos porque, o no lo tienen claro, o lo confunden con la reencarnación, o lo excluyen y se centran en la pasión y muerte. Además, este domingo lo consideramos los creyentes, como el más importante del año litúrgico y del que emanan todos los demás dándoles sentido, porque es la Resurrección del Señor la que inicia el camino.

Jesús, resucitado, es el hombre nuevo, el Cristo, enviado por Dios Padre para liberar a cada hombre y a cada mujer que son capaces de vivir en su vida esta experiencia única e irrepetible en la historia. Creemos que la resurrección es también esa oportunidad que a todos se nos ofrece porque somos únicos e irrepetibles y, por eso, resucitaremos en esa originalidad. Así pues, la reencarnación no tiene cabida en el cristiano, ya que esta afirma que nos “hacemos presentes” (nos reencarnamos) después de morir, en otra persona, mientras que la resurrección, es creer que yo, tras morir, no dejo mi originalidad, sino que soy transformado en algo totalmente nuevo, a imagen y semejanza de lo que nos cuentan los evangelios, le ocurrió a Jesús, el hijo de José y María, que “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo”, que fue crucificado, muerto y sepultado, pero Dios lo resucitó colocándolo a su derecha (Hch 10,34ª.37-43 y Col 3,1-4). Por este hecho tan extraordinario, “dad gracias a Dios porque es bueno porque es eterna su misericordia” (Sal 117).

Hoy, nos relata el evangelio, la experiencia que María Magdalena, Simón Pedro y el discípulo amado –que la tradición identifica con Juan-, sintieron y vivieron como primeros en experimentar la Resurrección. Los tres han tenido una relación especial con Jesús, son íntimos de Jesús. Los tres han visto y actúan diferente: María Magdalena vio la losa quitada y corrió a avisar a otros; el discípulo ideal, aquel que amaba Jesús, el preferido de Jesús, “vio y creyó”; pero Pedro (respetado como autoridad) y los otros discípulos, necesitarán apariciones, y hasta tocar, para poder creer; es por lo que entendemos que no basta la autoridad o el simple comprobar los hechos, sino que son necesarias las actitudes de prontitud, sensibilidad, dolor, intimidad y, sobre todo, el amor, para poder gozar y ser testigos de la Resurrección, para ser testigos de la novedad constante que la Resurrección aporta a nuestra vida de fe, para descubrir que el que resucita es el que ha dado su vida hasta las últimas consecuencias por amor a las personas concretas, preocupándose y ocupándose en cada momento de las realidades que le rodeaban, sin dejar de desentenderse de esta vida.

Es un hecho claro que, tras la Resurrección de Jesús, la muerte ya no tiene la última palabra en la historia, sino que es la vida, y esta en abundancia. Por tanto, los que creemos en la Resurrección, vivimos la pasión por la vida, vivimos comprometidos incondicionalmente y de manera radical en la defensa de la vida; vivimos haciéndonos presentes allí donde se produce muerte y donde se produce cualquier ataque a la vida y a la dignidad de los hombres y mujeres, pero de una manera especial, la de aquellos que más machacados están.

 

José Mª Tortosa Alarcón. Presbítero en la Diócesis de Guadix-Baza

 


PREGUNTAS:

  1. ¿Influye en mi día a día mi fe en la resurrección? ¿Cómo se nota?

Gesto Pascual: Mantener durante el tiempo pascual, en un lugar concreto de la casa, un signo que nos recuerde constantemente la Resurrección (luz, vela, plantas, fotos,…) y con un letrero que diga “la gloria de Dios es que el hombre y la mujer vivan”.