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Propuesta de José María Tortosa Alarcón

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Propuesta de José María Tortosa Alarcón

Una vocación misionera

 

Sinceramente, cuando nos sentimos contentos y satisfechos con lo que hacemos y vivimos, parece que las cosas se ven de otra manera y uno descubre que puede enfrentarse a todo lo que se presente porque es tal la fuerza que tienes, que crees que no estás solo, sino que hay una fuerza en ti que te impulsa a seguir adelante (entusiasmo). Desde nuestra fe lo vivimos como el amor de Dios Padre que, a través de su Hijo Jesucristo, muerto y resucitado, está presente con la fuerza de su Espíritu y nos ayuda a vivir confiados y esperanzados.

Pues bien, esta es la experiencia que nos encontramos en el Evangelio de hoy (Jn 21,1-19). También, la primera lectura nos narra que “los Apóstoles salieron contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús. Ni un solo día dejaban de enseñar en el templo y por las casas, dando la buena noticia de que Jesús es el Mesías” (Hch 5,41-42). Verdaderamente, os confieso, que esto no hay quien lo entienda, pues parece que cuantos más palos reciben, más les gusta, cosa que, nuestra mentalidad actual, no puede entender o, mejor dicho, no puede aceptar porque la vivencia de la fe la hemos acostumbrado a que no nos complique mucho la vida y que, más bien sea un consuelo para mantenernos tranquilos y relajados; si de paso eso nos da prestigio y poder, mejor que mejor. ¡Anda que no estamos lejos de esa primera evangelización que hicieron y vivieron los apóstoles! Y, sin embargo, aquí está la clave para una renovación eclesial.

¡Claro! no todo es así, ¡menos mal! Eso es sólo una mayoría, pues hay pequeños grupos y gestos que van en otra dirección y que nos resitúan nuevamente en el camino recto del seguimiento de Jesús. Un Jesús que, por amor, el Padre misericordioso, lo resucitó y lo mantiene vivo por el Espíritu que se nos ha dado y derramado en nuestros corazones. Por ese Espíritu, nos nace la vocación misionera de hacer discípulos y de vivir la fe en cualquier lugar y situación por muy dura que sea. Como los apóstoles, con ello nosotros redescubrimos nuestra misión. En el marco de una comida, nos narra el evangelio, que “Jesús confirma a Pedro y establece el amor como signo del ministerio y guía de la nueva comunidad”. En el comer juntos, también se comparte y se vive mucho.

Es el nuevo amanecer –“estaba ya amaneciendo”- en el que Jesús se hace presente y estimula la vida de fe de los que aún confían en Él pese a no reconocerlo. Y, todos se sienten enviados a evangelizar siguiendo las palabras de estímulo que Jesús ofrece. Una evangelización dirigida para recibir a todos sin excepción, con la confianza de que Jesús está en la orilla preparando la comida, la Eucaristía, para enfrentarnos a cualquier hostilidad. “El fruto de la misión depende de la escucha y la práctica de la Palabra de Jesús. Esta es orientación para el campo de trabajo, ofrecimiento de alimento para vivir y compartir, y mensaje de amor que pide decisión de seguirlo hasta dar la vida” (F. Ulibarri)

Solamente después de haberse dado a los otros, hecho don para los hermanos, trabajando a favor de los hombres y mujeres, especialmente los que más sufren, -los pobres, inmigrantes, refugiados, parados, enfermos, adictos, niños maltratados, ancianos, presos, sin techo…- se recibe el alimento ofrecido por Cristo, se convierte uno en comensal suyo. De aquí que, no tiene sentido comer con él, si no nos gastamos en favor de los demás. Podríamos decir que “donde no hay justicia, no hay Eucaristía” (José Mª Castillo), no puede haber verdadero seguimiento de Jesús porque se va en otra dirección que nos aleja del Reino que Jesús anuncia.

Por lo tanto, “al que se sienta en el trono y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos” (Ap 5,11-14). Todo lo que la Iglesia realiza, lo debe al poder de Cristo muerto y resucitado. Es lógico que la gloria vaya al único que tiene derecho.

           

José Mª Tortosa Alarcón. Presbítero en la Diócesis de Guadix-Baza

 

PREGUNTAS:

  1. Busca hechos y vivencias de tu vida en las que te sientas contento por ser creyente.
  2. ¿Por qué sigo a Jesús? ¿Qué razones tengo para mantenerme en el seguimiento de Jesús?
  3. ¿La Iglesia se deja orientar hoy por la Palabra de Jesús o sigue otras directrices?