Tener el Espíritu de Dios, lo es todo

"La pobreza del sacerdote". Mons Alfredo Ancel

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Evangelio del Domingo

Nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo - C

Estudio de Evangelio de José María Tortosa Alarcón

UN REY Y UN REINADO MUY PECULIAR

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Nuesto Señor Jesucristo, Rey del universo - C

Guion para un Estudio de Evangelio. Josep Maria Romaguera

La liturgia nos ha ayudado a caminar con Jesús a lo largo del año. Este domingo llegamos al término propuesto. En Jesús, el Rey crucificado, podemos contemplar el silencio de Dios en la muerte injusta. Es el mismo silencio que existe ante cualquier muerte de tantas personas víctimas de la injusticia. Jesús aprende a ser Dios en esta situación. Ante la injusticia, la palabrería sobra. Y el silencio puede ser eficaz. Porque la respuesta a la injusticia no son las palabras, sino la entrega, la lucha, el compartir la cruz de los crucificados: compartirla sin matices y con todas las consecuencias.

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Domingo 5º Pascua - C

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Experiencias en la misión: aires de novedad

 

Cuando pasamos algún tipo de experiencia que te deja marcado por lo que en ella se ha vivido, uno siente la necesidad imperiosa de contarlo, especialmente, a aquellos con los que se comparte vida, fe y misión. Seguro que en diferentes ocasiones algo de esto nos ha ocurrido y los que así lo hemos hecho, experimentamos un gozo enorme que nos ha reafirmado aún más en eso expresado y vivido. Esto lo hicieron Pablo y Bernabé, según se nos narra en Hch 14,21b-27: “Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles las puertas de la fe”. Contentos con lo que les ha ido sucediendo en la misión, no podían callar. Pero son conscientes de que la novedad que trae Jesús no es fácil, encuentra resistencias, “por lo que hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios”, y “perseverar en la fe”, es decir, se necesita una fidelidad por la que hay que pagar un alto precio y reconocerse servidores de la Palabra en toda circunstancia.

También el salmista (Sal 144) nos relata la experiencia de un Dios “clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad… bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas” para que podamos saborearlo, vivirlo y comunicarlo con fuerza. Y Juan, en Ap 21,1-5a, nos relata su visión, su experiencia, “vi un cielo nuevo y una tierra nueva… y escuché una voz potente que decía desde el trono… Ellos serán su pueblo y su Dios estará con ellos y será su Dios… ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor… todo lo hago nuevo”.

Ya, en el Evangelio (Jn 13,31-33a.34-35), Jesús, en el discurso de despedida en la última cena, haciendo un resumen de sus experiencias de vida, las entrega y se pone de modelo: “que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros”. Así refleja el proyecto de Dios sobre el mundo, que es un proyecto de amor llevado a cabo por Jesús, mostrando que Dios es amor, y Dios, resucitándolo de entre los muertos, ha corroborado su mensaje. Así se manifiesta su gloria y la de Dios. Por consiguiente, la gloria de Dios es que las personas, también vivan.

Todo esto que se vive como novedad, como signo y distintivo de los seguidores de Jesús, son las experiencias, los relatos de la misión que comunicamos cuando nos convertimos en testigos del Resucitado. Es algo nuevo que hace noticia porque lo nuevo todavía no se conoce ni se ha experimentado dejando lugar a la esperanza, a la sorpresa, al sueño porque todo lo renueva y transforma.

El amor es nuevo cuando transforma a las personas, cuando se vive por la justicia y la paz, por la dignidad de los hombres y mujeres. Esto es a diario, lo que implica que no se ha de esperar a que venga una tierra nueva y otro mundo. Es lo que el papa Francisco nos dejó dicho y hecho en su visita a la isla de Lesbos. También al llevarse en su avión a 12 refugiados ¡y de otra religión!

Ahora, nosotros, en la Eucaristía vivida y compartida, aprendemos a ser la Iglesia del mundo nuevo construido desde el amor fraterno. Aquí compartimos nuestras experiencias de vida y las renovamos en cada momento. Es importante vivir en comunión de amor según las enseñanzas de Jesús. Sólo amando a las personas se ama a Dios porque Dios es inseparable del ser humano. Hasta tal punto esto es así que quien diga “yo amo a Dios mientras odia a su hermano, es un embustero, porque quien no ama a su hermano, a quien está viendo, a Dios, a quien no ve, no puede amarlo” (1Jn 4,20-21). Esta será la señal por la que se conocerá que somos discípulos de Jesús.

Y, como colofón de todo lo vivido en la celebración de hoy, reconocer que la preocupación dominante con tanta novedad, va a favor de la vida y, cuanto más mejor, en donde la muerte no tiene la última palabra ni dejaremos que la tenga.

José Mª Tortosa Alarcón. Presbítero en la Diócesis de Guadix-Baza


PREGUNTAS:

  1. ¿Qué experiencias de fe vividas puedo contar a los demás para hacerles partícipes de mi gozo?
  2. ¿A qué me compromete “amaos como yo” que Jesús nos deja como testamento?
  3. ¿Nos reconoce la gente como cristianos por el amor? ¿Cómo mejorar y concretar esto con nuestras familias, en nuestros grupos, en nuestra Iglesia?