JESÚS ¿CÓMO ES TU ORACIÓN? (Lc)

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Lucas nos presenta a Jesús en oración desde el comienzo de su vida pues ya como niño, más aún, como un bebé, es llevado por sus padres a las oraciones del pueblo según las tradiciones que marca la ley. Circuncidado al octavo día y presentado en el templo a los cuarenta días (2, 21-23)

I.                   Cómo es la oración de Jesús.

A.                Jesús ora con su pueblo.

Lucas nos presenta a Jesús en oración desde el comienzo de su vida pues ya como niño, más aún, como un bebé, es llevado por sus padres a las oraciones del pueblo según las tradiciones que marca la ley. Circuncidado al octavo día y presentado en el templo a los cuarenta días (2, 21-23); desde los doce años los acompaña en la peregrinación a Jerusalén para celebrar la Pascua (2, 42), como hará después con sus discípulos (22, 7-15). En estas oraciones infantiles ya se pone de manifiesto cuáles van a ser las claves de la oración de Jesús: ligada al Padre (“¿no sabíais que tenía que ocuparme de las cosas de mi Padre?”, 2,49) y a su voluntad que pasa por el sacrificio del Hijo para una salvación universal (“luz para alumbrar a los gentiles (…) será signo de contradicción (…) una espada te traspasará el alma” 2, 32.34-35)

Además Lucas sitúa algunas de las principales escenas de la infancia en Jerusalén y su templo, lugares sagrados para su pueblo, allí culminan las tentaciones, allí se dirige Jesús decididamente con sus discípulos, allí celebra la cena pascual y la oración de Getsemaní, allí acontecen su muerte y resurrección, la venida del Espíritu y los comienzos de la Iglesia (2, 22.42.45; 4,9; 9, 51; 22,10.39; 24, 49.52). En esta insistencia descubrimos que para Lucas este es un lugar central para la salvación acontecida en Cristo, como confirman Moisés y Elías dialogando con Jesús en la transfiguración (9,31).

Cuando va a empezar su misión Jesús acude al río Jordán y se suma a los pecadores que bajan allí para ser bautizados por Juan (3, 21), del mismo modo que recorre el desierto en ayunas para ser probado, como lo había sido el pueblo desde la salida de Egipto a la llegada a la tierra prometida (4,2; Dt 8,2).

Según su costumbre” cada sábado acude a las sinagogas y hace de ellas un lugar privilegiado de su predicación, tanto en Galilea como en Judea (4, 15-16.20.33.44; 13,10). El culto de la sinagoga gira en torno a las Escrituras que Jesús lee en público (4, 17-20) y cita con frecuencia, demostrando que las conoce (4, 4.8.12; 24, 26-27.32.44) y que los salmos son parte  habitual de su oración (23,46)

También le vemos orando en las casas, sobre todo en las bendiciones que preceden a las comidas y que él hace de un modo tan particular que es motivo para que los discípulos lo reconozcan en ello (9, 16; 22, 15.19.20; 24, 30). Y ora también en presencia del grupo de discípulos aunque, en este caso, queda muy marcada la diferencia por el modo de orar de Jesús, cuya relación con el Padre es, como veremos enseguida, íntima y única.

B.                 Jesús ora en soledad

Lucas es el evangelista que más detalles nos da la oración personal de Jesús. Gracias a él podemos saber:

- Cuándo ora Jesús: “tiene costumbre” de orar principalmente en la noche, antes de amanecer (4,42), o incluso pasando toda la noche en oración (6,12; 22, 39.45). En tiempos largos dedicados sólo a orar, como una actividad especial a la que Jesús da mucha importancia y que es distinta a la predicación, las curaciones, el caminar….

- Dónde ora Jesús: busca lugares solitarios como las orillas del Jordán o el desierto, un descampado o lo alto de un monte; cuando está en Jerusalén frecuenta el monte de los olivos (3, 21; 4, 1; 6,12; 9, 28; 22,39).

- Cómo ora Jesús: ora en soledad, incluso en presencia de sus discípulos (4, 1. 42; 9,18; 11,1; 22,41) y su cuerpo trasluce qué ocurre en esa oración poniéndose de rodillas, brillando de gloria, estallando de gozo o mostrando angustia hasta sudar sangre (9, 29; 10,21; 22,41.44)

Del mismo modo Lucas nos adentra en el contenido de las oraciones de Jesús, de su diálogo con el Padre y sus experiencias internas. Gracias a este evangelista podemos saber:

- Qué dice Jesús en sus oraciones: sobre todo emplea la palabra “Padre” (Abbá) para bendecirle por la fe de los sencillos (10, 21), para pedirle que aparte de él el cáliz de la pasión (22,42) o para entregarle el espíritu (23, 46). También pide por los discípulos, por Pedro que va a ser probado (22,32). Y, a petición de los discípulos, nos enseña a orar el Padre Nuestro (11,2-4).

- Qué oye Jesús en sus oraciones: en sus oraciones escucha la voz del Padre que le dice “Tú eres mi hijo” junto al Jordán y en el monte de la transfiguración (3, 21; 9, 35). Pero también la voz del tentador que le propone hacer pan de las piedras, adorarle para alcanzar poder o tirarse del alero del templo (4, 3.6.9-10).

- Qué ve Jesús en sus oraciones: en sus oraciones ve al Espíritu bajar en forma de paloma (3,21); al tentador arrojado del cielo (10, 18) o a un ángel que le consuela en medio de su angustia (22, 43).

- Qué siente Jesús en sus oraciones: los sentimientos de Jesús en sus oraciones son manifiestos, en una oración muy afectiva donde estalla de gozo (10,21), o llega a somatizar su angustia  hasta sudar sangre (22,44).

 

II.                Lo que Jesús nos enseña sobre la oración.

En  el evangelio de Lucas vemos cómo, a petición de sus discípulos que se asombran una y otra vez de ver su modo de orar, Jesús enseña el Padre Nuestro y algunas parábolas sobre la oración: la del amigo inoportuno y la del padre que da de comer (11,1-13). Una enseñanza que, algo después, completa con las parábolas de la viuda, del fariseo y el publicano, y la recriminación a los que impiden que los niños se le acerquen (18,1-17). En estas enseñanzas aparece también el combate con la tentación y la confrontación entre Jesús y Belcebú, tanto en el contenido como en el contexto de los acontecimientos que las acompañan (11,14-26.29-32).

 

A.                “Señor enséñanos a orar”.

Jesús acaba de elogiar a María “que ha escogido la única cosa necesaria”, frente a la agitación e intranquilidad de Marta (10, 41-42) y en la escena siguiente uno de los discípulos le pide que les enseñe a orar como había hecho Juan Bautista con los suyos. Jesús contesta:

Cuando oréis, decid:

Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino,

danos cada día nuestro pan cotidiano;

perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden;

y no nos dejes caer en la tentación” (11,2-4).

Unas palabras que, más allá de los comentarios que podemos hacer y de lo que los místicos (S. Agustín, S. Cipriano, Sta. Teresa, etc.) nos han enseñado de ellas, Jesús mismo ilustra con las parábolas que les siguen. En efecto, brevemente podemos decir que las parábolas dedicadas a la oración amplían el contenido del Padre Nuestro, ya que en ellas Jesús nos enseña:

- La confianza radical de dirigirse al Padre contra toda esperanza concediéndole a él toda soberanía y santidad. Así esperan ser escuchados el amigo en mitad de la noche, el hijo ante su padre, la viuda ante el juez o el publicano en el templo.

- Pedir el pan o cuanto necesitamos, pues “pan” es lo que piden el amigo y los hijos al padre en las parábolas.

- Pedir ser justificados, como la viuda que pide justicia ante el juez o el publicano  que pide perdón en el templo (18, 7.14).

- Pedir ser sostenidos en la tentación, en el combate contra el Maligno, sea contra Belcebú en persona, que aparece en la escena siguiente, o contra los obstáculos que desesperan, como la pereza del amigo acostado, el egoísmo natural de los padres de la tierra, la desvergüenza del juez,  los propios pecados o la irrelevancia de los niños.

 

B.                  “Orar siempre sin desfallecer”

El capítulo 18 comienza diciendo: “Les decía una parábola para inculcarles cómo es preciso orar siempre sin desfallecer. Se refiere a la parábola de la viuda que no cesa de clamar a un juez injusto que le haga justicia. En ella Jesús pone la eficacia de la oración en la insistencia y la constancia.  Ya antes había dado la misma enseñanza hablando del amigo que molesta a otro en mitad de la noche y del publicano que repite sin cesar la petición de perdón por sus pecados (11,8; 18, 4-5; 18; 13). Jesús hace explícita la llamada a insistir cuando dice: “Pedid y se os dará; buscad y hallareis, llamad y se os abrirá” (11, 9-10).

Esta insistencia tiene dos características. La primera es la más evidente: repetir y repetir la oración sin cansarse, orar constantemente como dirá San Pablo (1Tes 5,16). La segunda es mantener esta insistencia contra toda evidencia de éxito. Pues las circunstancias son contrarias a la esperanza de ser escuchado.

Contrarias por el receptor de la petición que no parece dispuesto a levantarse de la cama en mitad de la noche (11,7); es un padre de la tierra, “malo” como todos los hombres (11,13); un juez injusto, que no teme a Dios ni a los hombres (18,2-4); un Dios que, según se dice, “premia a los buenos” que hacen oraciones y limosna, y “castiga a los malos” (18,11-12); o un séquito de discípulos dispuestos a impedir que los niños molesten al maestro (18,15).

Y, más aún, unas circunstancias contrarias por la objetiva y justa falta de méritos de quien hace la petición. Por lo imprudente del amigo que acude en mitad de la noche (11,5); porque las viudas no tienen derecho a dirigirse a un juez en persona, sino mediante un varón que sea su abogado (goël) (18,3); porque sus pecados son públicos y conocidos (18,13); y porque los niños no son aceptados en sociedad hasta cierta edad (18,15).

Por tanto, la insistencia que Jesús pide es entrar a una oración llena de esperanza contra toda esperanza (Benedicto VXI, Spe Salvi nº 32-34) pues todo indica que no es “razonable” iniciar y, menos aún, mantener la petición en tales circunstancias y por semejantes sujetos. Son oraciones en las se pide el bien en medio de la evidencia del mal; una evidencia objetiva, justa, razonable… tanto desde el punto de vista de la buena educación y las relaciones sociales, como desde el punto de vista de las leyes e, incluso, contraria a la idea de Dios extendida por la religión establecida.

Aun así es una oración que no cesa. Una oración como la oración de los pobres que tanto nos escandaliza a los “racionalistas de fe ilustrada” que llegamos a decir que “no hay que pedir” y menospreciamos esa vela, esa promesa, esa estampa pegada en la cama de un enfermo… esa devoción y piedad en el pueblo que sufre las injusticias y que, lejos de ser “opio”, es la fuente de su fortaleza, unión y lucha diarias.

 

C.                Orar con humildad

Por lo que hemos dicho anteriormente el punto de partida de esta oración es la humildad. No tanto como una actitud subjetiva, sino desde la objetividad del que vive en la verdad de que no tiene derecho a aquello que pide, ni siquiera a acercarse a aquel a quien se dirige. Ni el amigo, ni la viuda, ni el publicano, ni los niños tienen derecho a acercarse a una casa en mitad de la noche, a un tribunal, a un templo o a un Rabí interrumpiendo sus enseñanzas.

El “no soy digno de que entres en mi casa” (7, 6) es aquí una evidencia vital para ellos. Y este no-merecer, no-tener-derecho. Esta ausencia de “méritos” es su punto de partida para acudir a la oración con el despojo de un mendigo que, realmente, pide “por-favor”; no como expresión formal de buena educación, sino desde el convencimiento real del pequeño ante el grande, de la criatura ante el creador, del hijo ante el padre.

Aquí Jesús da un giro en sus parábolas a partir del cambio en el sujeto que recibe la oración, este no es un amigo en la cama o un juez injusto, el Dios al que nos hemos de dirigir como “Padre nuestro” es pura bondad. Por ello, cuando enseña a orar en medio del mal y contra toda esperanza asegura que “quien pide recibe, quien busca encuentra y a quien llama se le abre” (11, 10), la razón de esta eficacia de la oración es la bondad del Padre: “si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre de Cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!” (11,13). Una bondad que es misericordia en el Padre que escucha la oración del publicano y ternura en Jesús que desea acariciar a los niños (18,15)

Así esta humildad que se enseña en estas parábolas tiene un doble elemento que se da simultáneamente: la propia nada y el todo de la bondad de Dios; la ausencia total de méritos por la propia parte y la absoluta generosidad del Padre. Algo que no nos hace de menos al entrar en la oración –como sospecha el hombre moderno- sino que nos adentra en lo más grande: la experiencia de ser hijos que hemos visto ya como centro y raíz del ser y la oración de Jesús.

Más aún, en nuestro caso, somos hijos-pecadores-perdonados. Lo que expresamos tanto al clamar “Padre” y desear que sea santificado y venga su Reino, como al pedir pan y perdón. El pan y el perdón que piden los personajes de las parábolas y en los que confiesan al Padre como el Creador, el que da el sustento, el ser, el subsistir… expresado en el pan; y como Redentor que nos perdona y justifica devolviéndonos la dignidad perdida (15,22-24).

Toda esta enseñanza sobre la humildad para la oración, la resume Jesús en estas dos conclusiones: “Porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será ensalzado” (18, 14) y “Y os aseguro que el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él” (18, 17). Llamándonos con ello a la vivencia de ser hijos que está en el centro de su identidad y misión, y es raíz constante de su oración.

 

D.               Orar en medio del combate

El tercer elemento, “no nos dejes caer en la tentación”, está presente en estas parábolas por la maldad que obstaculiza y hace poco razonables estas peticiones, como ya hemos explicado: la pereza del amigo, la desvergüenza del juez, el desprecio de los fariseos a los pecadores en nombre de Dios, la apropiación de los discípulos de la persona de Jesús para vetar el acceso a él...  Pero además aparece un tema nuevo: el sospechar de la bondad de Dios.

Cuando Jesús argumenta que ningún padre de la tierra da a su hijo a comer una serpiente o un escorpión emplea imágenes del maligno (11, 11-12) con las que ya había señalado a los discípulos el combate que es parte de su misión: “os he dado poder para pisar serpientes y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo y nada os podrá hacer daño (10, 19).

Aquí, en esta parábola, estas imágenes introducen  un tema muy importante: la tentación de acusar a Dios de ser el causante de nuestros males, sospechar que el Padre nos da esas serpientes y escorpiones. Una prueba radical a la fe y a la oración. No sólo la falsa imagen de Dios que puedan dar sur “representantes” (fariseo o discípulos) sino el sospechar de Dios como presencia del maligno o, al menos, como causante de nuestros males. Esta idea que se ve reforzada en la escena siguiente donde Jesús es acusado de echar los demonios con el poder de Belcebú.

Así es la oración de Jesús, la oración del Hijo, esta es la oración a la que Jesús quiere incorporarnos cuando con su misma confianza y entrega decimos a Dios “Padre Nuestro…”

José Ramón Peláez Sanz

Diócesis de Valladolid