La Inmaculada

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Estudio de Evangelio. José Lozano Sánchez

Nuestra vida no la libera ni la purifica la perfección moral y la calidad ética, sino la disponibilidad que le da el amor para acoger los dones de Dios y entregarnos totalmente a cumplir su plan de salvación en este mundo, pese a nuestros defectos y pequeñez de nuestra vida.

Domingo, 8 de diciembre de 2019. 

Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 26-38 

En el mes sexto, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.  El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».  Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre;  reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».  Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?».  El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible». María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel se retiró.

 

María era una muchacha desconocida, de un pueblo también desconocido, desposada con un hombre de aquel pueblo que no tenía ninguna distinción. El anuncio de la Encarnación de Jesús, se realiza de forma totalmente privada e íntima, sin enterarse más que la que iba a ser su madre. No fue en la ciudad de Jerusalén, centro del culto y del poder, ni el templo. Se realizó totalmente al margen de todo tipo de solemnidad y de grandeza. No podía ser más sencilla, pobre y humilde la venida de el Hijo de Dios a este mundo. A todos nos sorprende que Dios, en el que vivimos, nos movemos y existimos, se haga presente en un feto insignificante, en el vientre de una muchacha desconocida. Esta forma de hacerse un ser humano y aparecer el Hijo de Dios en este mundo, será la que oriente toda la vida de Jesús, este será el perfil de su persona y de todas y cada una de sus obras: La pequeñez del pesebre, el grano de mostaza, la levadura que se disuelve y se pierde en la masa, el niño como el primero en el Reino de los cielos, la viuda pobre que deposita unos céntimos en el templo, el servir no el ser servido, el lavar los pies a los discípulos, el darse en alimento a todos, el entregar su vida en lugar de los esclavos y de los malhechores… Por eso nos dice Pablo, fiel seguidor de Jesús: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de si mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Filipenses 2, 6-8. Dios manifiesta su grandeza en la pequeñez y el vaciamiento.

 

Y Dios se somete a la libre aceptación de esta muchacha, desconcertada y asombrada, que no tenía nada claro cómo podía realizarse aquella propuesta que Dios le hacía. Dios manifiesta su debilidad ante la libertad de la criatura que él ha creado. Y María, convencida de que aquel anuncio venía de Dios, se entrega totalmente para que se haga vida, en ella, la Palabra de Dios que le había sido anunciada, y se realice el Plan que Dios tenía sobre el mundo. Esta mujer estaba muy limpia de cualquier interés o preferencia personal. Era Inmaculada, todo disponibilidad para que Dios realizara su obra.

 

Aquí vemos que la Palabra, no es un concepto o una idea como muchas otras, es Dios mismo que se entrega cuando nos habla, para hacerse vida de nuestra vida, y para entregarse a los demás a través de nosotros. La pretensión de Dios cuando nos dirige su Palabra, es encarnarse en nosotros, tomar nuestra vida para hacerse presente y actuar en este mundo.

 

Dios se hace presente y realiza su obra en lo más pequeño e irrelevante de la vida y de la historia. En la pequeñez, la pobreza y la debilidad se manifiesta Dios y nos ofrece a todos su amor y su liberación. Tiene sentido optar por la minoridad a la hora de vivir y de llevar a cabo la misión evangelizadora que nos ha encargado Jesús. La Encarnación, tal y como la contemplamos en Jesús, es el comienzo de toda la evangelización y liberación de la humanidad. Que nunca nos dejemos atrapar por los esquemas, dinámica y mediaciones que emplea la economía y los poderes que hoy rigen, gobiernan y configuran la humanidad.

 

  • ¿Qué significa para mí la Encarnación de Jesús?
  • ¿Hasta qué punto el origen de la vida de Jesús, en este mundo, orientan mi vida y mi acción en todos los sentidos?
  • ¿Cómo pienso que debe de configurarse la comunidad cristiana a partir de la Encarnación?