La Presentación del Señor. 2 febrero

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Estudio de Evangelio. José Luis Bolaños García
 
En este día somos invitados a entrar con Jesús en el templo y tener en esta fiesta  una experiencia de Luz. Entramos acompañados de la Virgen María, “la Virgen de la Candela”, que lleva en sus brazos y nos ofrece esa Luz, Jesucristo nuestro Señor.
 
 
29«Ahora, Señor, según tu promesa, | puedes dejar a tu siervo irse en paz. 30Porque mis ojos han visto a tu Salvador, 31a quien has presentado ante todos los pueblos: 32luz para alumbrar a las naciones | y gloria de tu pueblo Israel». (Lc 2, 29-32).
 
-Simeón en la escena de la Presentación en el templo, con el niño Jesús en brazos pide a Dios descansar ya en paz porque ha vito al que  va a ser “Luz de las naciones” (Lc 2,32)..
 
-En este día somos invitados a entrar con Jesús en el templo y tener en esta fiesta  una experiencia de Luz. Entramos acompañados de la Virgen María, “la Virgen de la Candela”, La Candelaria, que lleva en sus brazos y nos ofrece esa Luz, Jesucristo nuestro Señor.
 
-Queramos entrar, también, acompañados y con la misma actitud, de los otros personajes que estaban en la escena luminosa de la Presentación de Jesús en el Templo: José, Simeón, y Ana, Son los pobres de Yahvé que “alababan a Dios por la maravillas que contemplaban y anunciaban a todos los que esperaban la manifestación del Señor” (Lc 2,38).
 
- El anuncio de Jesús como “luz para las naciones” es un anuncio profético de su misión futura: “Yo soy la Luz del mundo. Quien camina conmigo no anda en tinieblas” (Jn 8,12).
 
-Todo esto nos obliga a centrar toda nuestra atención en Jesús, origen y plenitud de toda Luz: “Este es el mensaje que hemos oído de Él y que os anunciamos a vosotros: “Dios es Luz, en Él no hay tiniebla alguna” (1Jn 1,5).
 
-El tema de la luz atraviesa y recorre toda le revelación bíblica. -Desde el comienzo de la revelación, en la Biblia, aparece que el primer acto creador de Dios fue decir: “Hágase la luz y se hizo la Luz” (Gén 1,1ss). Y para el final de los tiempos, según el libro del Apocalipsis, se nos anuncia que: “la nueva creación tendrá a Dios mismo por luz. Y allí no habrá noche porque la iluminará la gloria de Dios” (Ap 21,23-24).
 
-Esa Luz, permanente que ha iluminado toda la historia, no es otra que Jesucristo, la Palabra de Dios hecha carne. Y es que ella, ”La Palabra era la Luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1,9).
 
-Las curaciones de ciegos que realiza Jesús (Mt 8,22-26) son interpretadas como un efecto de esa luz, que no es otra que la luz de la fe; y cuando devuelve la luz a los ojos del ciego le dice. “Tu fe te ha salvado”; y cura al ciego en sábado afirmando: “Mientras estoy en el mundo soy la luz del mundo” (Jn 9,5).
Así, Jesús, se muestra como el provocador de la fe: “Yo la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas” (Jn 12,46).
 
-Mientras Jesús vivió en la tierra, la luz divina que llevaba en sí estuvo velada bajo la humildad de su carne. Pero hay una circunstancia en la que se hace perceptible a sus discípulos. En la transfiguración ante testigos privilegiados. Este rostro que resplandece, estos vestidos deslumbrantes como la luz (Mt 17,3) no pertenecen ya a la condición mortal de los hombres, anticipan el estado de Cristo resucitado, que aparecerá a Pablo en una luz fulgurante (Hc 9,3). Es la luz de la gloria de Dios mismo. En su calidad de Hijo de Dios es “el resplandor de la gloria” (Heb 1,3). La lámpara de de los cielos nuevos y la tierra nueva pues “La lámpara era el Cordero” (Ap 21,13); El “Lucero radiante de la mañana” (Ap 22,16).
 
-La Virgen María es la principal agraciada de esa luz, de ese “Lucero del alba”. Ella es como la invocamos “La Estrella de la mañana”. Y ella es la portadora y dadora de esa luz: “Sin perder la gloria de su virginidad, canta el prefacio, derramó sobre el mundo la Luz eterna, Jesucristo nuestro Señor”.
 
-Esta experiencia no es otra que querer caminar permanentemente como hijos e hijas de la Luz. Ya por el Bautismo hemos sido marcados e iluminados por la Luz de la fe. Es Dios, nuestro Señor quien “nos ha llamado de las tinieblas a su luz admirable (1Pe 2,9s), para compartir la suerte de los santos en la luz (Col 1,12s).
 
-Estamos, pues, llamados por Jesús y la Virgen María a reproducir sus propios reflejos luminosos, y hacer posible el milagro de una nueva luz en nuestro corazón y en nuestro mundo.
 
Llamadas:
 
Permanentemente en nuestra vida tenemos que escoger entre la luz y las tinieblas; ‘entre los que hacen el mal y los que obran el bien: los que obran el mal huyen de la luz para que no se vean descubiertas sus obras; Los que obran según la verdad son los que vienen a la luz porque no tienen miedo, porque sus obras están hechas según  Dios’ (Jn 3,19s).
 
-Tenemos que optar, a modo de conversión, por ser verdaderos hijos e hijas de la luz: pidamos para que esa luz entre dentro de nuestras comunidades, en nuestro corazón y en nuestra vida.
 
- La fe cristiana ha de estar siempre centrada en Cristo y todos tenemos que sentir y celebrar “en quién nos hemos fiado”: pidamos para que sepamos intensificar en nuestras comunidades el conocimiento y el seguimiento de Jesucristo,
 
-La fiesta de hoy nos invita a que sepamos educar nuestra mirada al mundo, para ver con la luz del Señor a todos los seres y acontecimientos que suceden: pidamos para que nada, ni nadie nos pueda resultar indiferente sino que, como Iglesia, seamos luminosos en creatividad y en nuevas pedagogías para estos tiempos nuevos.
 
-Debemos saber que la luz de la fe en el Hijo de Dios hecho hombre, que María nos ha traído, no nos separa de la realidad, y, por tanto, no nos debe llevar a olvidarnos de los sufrimientos del mundo, aunque seamos “señal discutida”: pidamos para que luz de Cristo llene nuestras comunidades con la luz y el calor de la caridad y que a través de nuestras obras nos mantengamos en el servicio evangelizador a todos y especialmente a los pobres.