Domingo 4º Cuaresma - A

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Estudio de Evangelio. Tirso Castrillo Amor.

Contemplamos en este domingo la decisión de Jesús de ser luz y futuro para un ciego que se arrastraba por Jerusalén. Somos conscientes de la transformación radical de aquel hombre que se convirtió en testigo de las maravillas que Jesús hizo en su persona. Y recibimos la invitación a no “esconder la luz debajo del celemín”, sino a compartirla con total nitidez para que Jesús sea descubierto como una opción de vida.

 

 

22 marzo de 2020

San Juan 9, 1-41.

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento.
[Y sus discípulos le preguntaron:
—Maestro, ¿quién pecó: éste o sus padres, para que naciera ciego?
Jesús contestó:
—Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios.
Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado: viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.
Dicho esto,] escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo:
—Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).
El fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir
limosna preguntaban:
—¿No es ése el que se sentaba a pedir?
Unos decían: —El mismo.
Otros decían: —No es él, pero se le parece.
El respondía:—Soy yo.
[Y le preguntaban: —¿Y cómo se te han abierto los ojos?
El contestó:
—Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese
a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver.
Le preguntaron:—¿Dónde está él?
Contestó:—No sé.]
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. (Era sábado el día que Jesús hizo
barro y le abrió los ojos.) También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la
vista.
El les contestó: —Me puso barro en los ojos, me lavé y veo.
Algunos de los fariseos comentaban:

—Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.
Otros replicaban:
—¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
—Y tú ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?
El contestó:—Que es un profeta.
[Pero los judíos no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista,
hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron:
—¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora
ve?
Sus padres contestaron:
—Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo
sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos.
Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse.
Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos: porque los judíos ya
habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él.»
Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron:
—Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.
Contestó él:
—Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo:
Le preguntan de nuevo: — ¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?
Les contestó:
—Os le he dicho ya, y no me habéis hecho caso: ¿para qué queréis oírlo otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos? Ellos lo llenaron
de improperios y le dijeron:
—Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés.
Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ese no sabemos de dónde viene.
Replicó él:
—Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene, y, sin embargo, me ha
abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de
nacimiento, si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder. ]
Le replicaron:
—Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?
Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
—¿Crees tú en el Hijo del hombre?
El contestó: —¿Y quién es, Señor, para que crea en él?
Jesús le dijo: —Lo estás viendo: el que te está hablando ese es.
El dijo:—Creo, Señor.
Y se postró ante él.

 

¿En qué elementos me voy a centrar?

Continuamos avanzando por el Libro de los Signos que ocupa todos estos capítulos hasta el libro de la Pasión-Resurrección. He mantenido todo el texto, donde están recogidas las reacciones de los distintos personajes que aparecen –vecinos, padres-fariseos- y me voy a centrar fundamentalmente en la relación de Jesús con el ciego.

 

     “En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento”.

Una vez más contemplamos cómo es la manera de estar Jesús en la vida: aunque el evangelio usa el término “al pasar” no es precisamente lo suyo “pasar de manera descuidada, sin descubrir quién pasa a su alrededor y qué le pasa al otro”. Jesús pasa viendo, fijándose cordialmente en la realidad que le rodea. Es fuerte el contraste que nos presenta el evangelista: Por un lado Jesús: “el que ve” “porque mientras estoy  en el mundo soy la Luz del mundo” y por otro lado, el ciego, por definición “el que no ve”.

Jesús, en esta relación de los dos personajes, es el que tiene en sí mismo aquella virtualidad del que el otro carece: Jesús lo sabe y decide ponerse en movimiento para satisfacer la necesidad del ciego.

 

     “Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo:—Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)”.

Jesús asume totalmente la iniciativa y, antes de que el ciego se diese cuenta, hace barro-medicina con su propia saliva, como queriendo transmitirle un elemento de su propio ser y se lo coloca en sus ojos dañados…pero enseguida le pasa el protagonismo al ciego: “para recuperar la vista, parece decirle Jesús, tienes que poner en acción todos tus recursos: los pies para acercarte a la piscina y las manos para lavarte. Y sólo entonces tu vida se transformará y serás una persona nueva”. Quiero pensar que no es casual que el agua que limpió las telas que le impedían ver era de la piscina del Enviado. Fue realmente el Enviado del Padre, del que “salta un surtidor de agua viva” quien le devolvió la vista, con su colaboración.

 

     “Y tú ¿qué dices del que te ha abierto los ojos? Él contestó: —Que es un profeta”.

Es curioso que, cuando a su lado todo es confusión, sea precisamente “el que antes no veía”, que ahora que participa de la verdadera Luz sea el más clarividente para clarificar a los demás lo que realmente ha ocurrido en su vida y comience a aportar pistas de quién es el que le ha curado. Con rotundidad afirma “Ese Jesús que me ha curado es un profeta: estas obras solo pueden venir de Dios o de alguien que actúa con la fuerza de Dios”.

 

     “Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
     —¿Crees tú en el Hijo del hombre?
     El contestó: —¿Y quién es, Señor, para que crea en él?
     Jesús le dijo: —Lo estás viendo: el que te está hablando ese es.
     El dijo:—Creo, Señor.
     Y se postró ante él”.

Pronto experimentó el ciego curado que hablar bien de Jesús, que ponerse de su parte y dar testimonio de su persona traía complicaciones: él que había vivido la marginación a causa de su enfermedad, resulta que ahora la vuelve a vivir por dar testimonio de su nueva vida y es expulsado de la comunidad de los creyentes por defender a Jesús y compartir lo que él había experimentado a su lado.

Pero Jesús no estaba dispuesto a abandonarle en su nueva situación y acude a su encuentro y le acompaña en su nueva travesía por la vida para la que él aún no estaba preparado. Como en el monte Tabor a sus discípulos, le muestra realmente cuál es su auténtica identidad y le invita a poner su confianza en Él, a ser su discípulo. No parece tener ninguna duda que Jesús era de fiar, que si le había abierto los ojos era porque era no sólo un profeta, sino el Profeta esperado, el Mesías. E inclinando la rodilla en tierra le reconoció como la Luz que le iluminaría el resto de su vida.

 

En contacto con la realidad:

Todos estamos viviendo en estos días el avance imparable del cobi-19 y tenemos la sensación de que una especie de cataratas se nos instalado en nuestros ojos y no sabemos bien a dónde vamos. La situación nos supera, lo novedoso del virus hace que nadie vislumbre el horizonte del futuro; los que desde la ciencia parecían tener respuestas para cualquier situación que se les presentase da la sensación de que están perdidos y siempre hacen previsiones cargadas de dudas: nos da la impresión como dice el evangelio que “somos ciegos guiados por otros ciegos”: pocas veces nuestra sociedad occidental ha vivido inmerso en su propia ceguera. ¿No sería una buena ocasión para presentar en estas circunstancias al que es la Luz del mundo? ¿Su vida, su mensaje no podrían dar a nuestra sociedad española en este momento un rayo de luz, mientras estamos en la obscuridad del túnel?

 

¡Señor Jesús, tú que abriste los ojos al ciego, tú que iluminaste a través de su testimonio la vida de sus padres, vecinos y jefes religiosos del pueblo, hazte presente también en este momento, a través del testimonio de los que creemos en Ti para ser un faro que nos ayude a caminar con sentido y esperanza en esta situación de obscuridad en que nos encontramos!

 

Tirso Castrillo Amor. Diócesis de Palencia