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Domingo de Ramos - A

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Estudio de Evangelio. Vicente Amargós Cerezo

Filipenses 2,6-11: en el pórtico de la semana santa, contemplando a Jesús en su camino pascual, urgidos a seguirle más de cerca

 

Lectura de la Carta del Apóstol Pablo a los Filipenses (2,6-11)

            Él, a pesar de su condición divina,

                 no se aferró a su categoría de Dios;

            al contrario, se despojó de su rango:

                 tomó la condición de esclavo

                 y se hizo semejante a los hombres.

            Así, presentándose como uno de ellos,

                 se abajó

                 y se hizo obediente hasta la muerte

                 y una muerte de cruz.

 

            Por eso, Dios lo encumbró sobre todo

                 y le concedió el nombre que sobrepasa todo nombre;

            de modo que a ese nombre de Jesús

                 toda rodilla se doble

                 en el cielo, en la tierra y en el abismo,

            y toda lengua proclame

                 que Jesucristo es Señor,

                 para gloria de Dios Padre.

 

    1. En el pórtico de la Semana Santa

 

     Ningún otro texto del N.T. podía en el pórtico de la Semana Santa introducirnos mejor en el espíritu de las celebraciones litúrgicas de estos días. Hay en él una llamada clara, muy incisiva, a centrar nuestra mirada y toda nuestra capacidad de contemplación en el misterio pascual de Cristo. Y a dejar también que sea esa mirada la que nos lleve a adentrarnos en el camino de su amor abajado; camino que Jesús recorrió desde el corazón del Padre al Padre, a su paso entre los hombres como uno de tantos.

 

     El Texto, un precioso himno de profunda densidad cristológica, probablemente se recitaba en la Iglesia primitiva de Antioquía ya antes de Pablo, y que él recoge en su carta a los Filipenses 2,6-11. Sin duda es el texto más trabajado y el más importante del Nuevo Testamento. En él se nos muestra resumida la existencia histórica de Jesús y el dinamismo de despojo y abajamiento que la caracterizó hasta su exaltación por el Padre.

 

     Así pues, podemos ver en él el contraste de un doble movimiento: primero de descenso y luego de ascenso. En los vv. 6-8 aparece la kénosis del Verbo, su anonadamiento al tomar nuestra carne y hacerse semejante a los hombres (Jn 1,14). El  Hijo de Dios “se vacía” de su condición divina y asume plenamente con todas sus consecuencias la condición humana: “se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo”. Es más, en su kénosis “se abajó” hasta la humillación total de sí mismo: “se hizo obediente hasta la muerte y una muerte de Cruz”. Hay en este primer movimiento de descenso progresivo como dos grandes pasos hacia abajo: del Verbo al Verbo Encarnado y del Verbo Encarnado al Jesús humillado en la Cruz como el último de los hombres.

 

     Los vv. 9-11 nos presentan la exaltación de Jesús en su resurrección y ascensión. “Por eso, Dios lo encumbró sobre todo y le concedió el nombre que sobrepasa todo nombre”. Desde lo más bajo de la realidad humana, Jesús es elevado con su humanidad a la misma gloria que tenía antes de la Encarnación. La humillación extrema de sí mismo en la muerte de cruz no fue un final vergonzoso, sino la expresión suprema de su obediencia al Designio de Amor del Padre (Jn 3,16). “Por eso”, Dios lo exalta y con su exaltación abre el camino para que toda la humanidad, confesándolo como Señor, llegue con Él a la plena comunión con Dios (v. 11).

 

   2. Contemplando a Jesús en su camino pascual

 

Pausadamente, atentamente, leo una y otra vez el texto: “Él, a pesar de su condición divina, no se aferró... se despojó... tomó la condición de esclavo...”. Lo interiorizo. Intento adentrarme en su comprensión y experimento mi pequeñez y mi pobreza personal... Tanta grandeza me sobrecoge y desde mi silencio interior fluye a mis labios la oración de Chevrier:

 

                        “¡Quién acertara a conocerte!

                        ¡Quién pudiera comprenderte!

                        Haz, oh Cristo, que yo te conozca y te ame.

                        Tú, que eres la luz,

                        manda un rayo de esa divina luz sobre mi pobre alma,

                        para que yo pueda verte y comprenderte” (VD 108).

 

                  Estoy ante el misterio de Cristo en su kénosis. El Verbo eterno, la Palabra creadora del Padre, al encarnarse decidió, en su paso por este mundo, aparecer entre nosotros no revestido del poder y de la gloria de Dios, sino sujeto como cualquier otro ser humano a la debilidad de la carne y a la condición de servidor propia de un esclavo. Él no ha venido a “enseñorearse”, a hacerse servir, sino a servir como un esclavo y a vivir la condición de un esclavo. “El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos” (Mc 10, 35-45). En Él se cumple la profecía de Isaías (Mt 12,17). Es el siervo de Dios, humillado y exaltado (Is 52,13).

 

                  Le veo y le contemplo asumiendo la pobreza del pesebre... la desnudez de la cruz... y siento que mi cuerpo se estremece... Le veo y le contemplo como “el carpintero” de Nazaret (Mc 6,3), ganándose el sustento con el trabajo de sus manos, abajado como uno de tantos... Le veo y contemplo recorriendo los caminos polvorientos de Galilea (Mt 9,15; Lc 8,1), saliendo al encuentro de los pobres, llevándoles la buena Noticia del Reino, acogiendo a los enfermos en su sufrimiento… curando, sanando, dando vida… acercando a todos con su presencia entrañable y compasiva el amor salvífico del Padre (Lc 7,16). Le veo y contemplo en su decisión irrevocable de subir a Jerusalén (Lc 9,52)... Le veo y contemplo en su camino dirigiéndose a la gente que lo seguía: “Si uno viene a mí y no me estima más que a su padre y a su madre, a su mujer y sus hijos… y hasta a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y me sigue, no puede ser discípulo mío” (Lc 14,25-27)... Le veo y contemplo abatido en la noche terrible de Getsemaní, sumido en la prueba: “Abbá, Padre, todo es posible para ti; aparta de mí este trago, pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú” (Mc 14,36). “Lleno de angustia, oraba intensamente, y su sudor parecía como goterones de sangre que caían hasta el suelo” (Lc 22,44)... Le veo y contemplo entregando al Padre el último aliento de su vida: “Jesús gritó con toda la fuerza: Padre a tus manos confío mi espíritu” (Lc 23,46). Y quedo en profundo silencio...

 

                   Camino de abajamiento y entrega de sí mismo que revela hasta qué extremo ha llegado su amor y su generosidad: “Hecho uno de nosotros, se abajó y se hizo obediente hasta la muerte y una muerte de cruz”. Se abajó, se fue abajando hasta llegar a lo más bajo y despreciable de la realidad humana: ser tenido por un criminal (Is 53,12; Lc 22,37). Y es aquí precisamente, en su abajamiento hasta la muerte infame de cruz, donde se nos da la gracia de poder contemplar toda la grandeza de su amor extremado, abajado, crucificado... El Apóstol Pablo nos lo recuerda en su segunda carta a la comunidad de Corinto: “Pues conocéis el don de nuestro Señor Jesucristo: él, siendo rico, por vosotros se hizo pobre, para que vosotros, por su pobreza, os hicierais ricos” (2Co 8,9). Es “el hombre para los demás”, el hombre cabal, el hombre pleno…  Se sabe a sí mismo “don del Padre al mundo” y así vive: en fidelidad plena al Padre y amando hasta el extremo a los pobres y pequeños de este mundo.

 

       Por eso, porque se abajó llevando su amor hasta el extremo, el Padre lo exaltó encumbrándolo sobre todo y dándole el nombre sobre todo nombre… Él es nuestro Señor y nuestro Maestro. Seguirle rehaciendo el camino de su abajamiento y amor a los pequeños y olvidados del mundo, es nuestra vocación como discípulos suyos… (Rm 8,29-30). Seguirle haciéndonos semejantes a Él – “otros Cristos” decía el Padre Chevrier - es la opción que nos compromete enteramente poniendo a prueba nuestra vida de discípulos. Es adentrarse, con Él y como Él, en el camino de la kénosis. Es rehacer en el hoy de nuestra existencia personal y eclesial como familia pradosiana, el camino de su abajamiento y cercanía a lo más pobre y débil de la realidad humana; camino existencial concreto, interior y exterior a la vez, no de poder y de éxito según el mundo, sino de humillación y cruz como expresión del supremo amor y la suprema entrega.

 

    3. Urgidos a seguirle más de cerca

 

 Cómo nos cuesta entender esto… y hacerlo nuestro, integrarlo en nuestro estilo de vida y en nuestra manera de ejercer el ministerio sacerdotal... Cómo le está costando a la Iglesia... Y estamos hablando de lo esencial, de lo decisivo... Sin este seguimiento de Jesús en su kénosis la Iglesia difícilmente va a poder testimoniar en el mundo el misterio de salvación del que es portadora; difícilmente va a poder acercar, como hizo Jesús, el Amor salvífico del Padre a los que son los predilectos de su corazón: los descartados y empobrecidos de nuestro mundo. Así lo entendió el padre Chevrier y así se esforzó por vivirlo con fidelidad radical. Tomó la resolución de dejarlo todo y vivir lo más pobremente posible; es decir, decidió abajarse hasta hacerse pobre entre los pobres de la Guillotier, pues éste era el único camino eficaz para poder llevar el Evangelio a todos ellos.

 

¿Sabré, Señor, seguirte fielmente en tu kénosis?... ¿Podré?... ¡Cómo lo ansío!... Tú me conoces. Hace años quedé atraído en mi estudio de evangelio por esta misma expresión del himno de Filipenses: “se abajó”. Hice un largo estudio de evangelio... ¡Cuántas luces recibidas!... Al final, hice mías algunas de las prácticas sugeridas por el padre Chevrier en el Verdadero Discípulo: escoger como tú lo más pobre y humilde del mundo; pedirte la humildad de corazón para no hacerlo por obligación, sino por atracción y por amor; escoger preferentemente la compañía de los pobres y alejados; ocultar todo lo que pueda engrandecerme a los ojos de los demás; estar siempre dispuesto a realizar los trabajos más bajos... Y tú, Señor, has estado ahí, caminando conmigo, siempre, eso sí, unos pasos por delante. En los momentos de fatiga me has tendido la mano y has tirado de mí... Y te he seguido. Y he querido seguirte más de cerca. Pero cuántas resistencias a veces por mi parte... Cuántas pequeñas infidelidades que ensombrecen mi relación contigo. ¿Querré, Señor, permanecer fielmente en tu seguimiento hasta el final?... Es la gracia que hoy humildemente, confiadamente, quiero pedirte... y te pido, Señor. Amén.

 

Vicente Amargós Cerezo (diócesis de Valencia, actualmente en Venezuela)