Domingo 4º Pascua - A

Visto: 140

Estudio de Evangelio. José Ignacio Blanco Berga.

La Iglesia celebra, en el centro del tiempo Pascual, a Jesús como «Buen Pastor».

3 mayo 2020. Jn 10,1-10

 

A la luz de la Palabra de Dios, se impone una aclaración: el AT nunca llamó «pastores» a los sacerdotes y levitas. Reservó este nombre para las autoridades políticas (jueces, reyes, según la época histórica que tocaba).  El NT lo amplía a las autoridades religiosas (fariseos y saduceos) que también tenían una cierta autonomía política.
Cuando la Iglesia nos coloca como centro de las fiestas de Pascua a Jesús Buen Pastor, ¿será que nos está invitando a contemplar la autoridad de Jesús, el Señor Resucitado, como criterio definitivo de toda autoridad para los cristianos?
Creo que sí. Y el tema de la autoridad es delicado a nivel familiar, laboral, civil o eclesial. Nuestra cultura democrática se rebela contra la autoridad que se impone y la historia nos pone sobre aviso sobre cualquier abuso de poder.
Jesús da por supuesta la necesidad de la autoridad, pero le ha quitado todo rasgo  sagrado y la ha puesto al servicio del hombre, no de ningún Sistema.
Jesús afirma, como Buen Pastor, su autoridad: la que ha recibido del Padre. Es la puerta y el pastor. No es ladrón ni mercenario. ¿En qué se le nota? En que ama desinteresadamente. Por eso, Jesús da vida. Y sólo da vida el que la entrega libremente. De acá surgen dos rasgos en los que quiero detenerme:
 
1. Cualquier cristiano, padre/madre de familia, cualquier cristiano que tiene autoridad en su familia, en un pueblo, ciudad, organismo regional o estatal y, por supuesto, cualquier autoridad en la Iglesia (sacerdotes y Obispos principalmente), da vida cuando la entrega libremente. Porque la autoridad del que entra por la tapia del aprisco es la que termina imponiéndose a la fuerza y somete a las ovejas, cuando no las divide y llega a haber sangre en el rebaño. Pero la autoridad del que entra por la puerta, que mantiene una relación afectiva y efectiva con cada una de las ovejas (las conoce por su nombre) es una autoridad de amor que fundamenta la vida de cada oveja, porque es un referente de amor desinteresado, precisamente porque ha entregado su vida por las ovejas del rebaño. Aplicado a nosotros, sacerdotes, no hace falta escudriñar mucho para darnos cuenta de que la autoridad que vive Cristo Resucitado es la del que entra por la puerta. Estamos llamados a amar desinteresadamente porque somos amados libremente por Cristo Jesús. Y este amor, que nos hace salir de nosotros mismos, es una buena campaña vocacional al sacerdocio y a la vida religiosa.
 
2. En la Eucaristía se realiza cumplidamente cómo Jesús ejerce su autoridad en la Iglesia: como Buen Pastor que entrega su vida por sus ovejas. No se afirma en poder; se da en alimento y bebida. No se distancia para proteger su autoridad, como hacemos los clérigos (sacralizamos nuestra autoridad reforzando nuestro rol de salvadores y mediadores entre Dios y los seres humanos, disponiendo de poderes espirituales exclusivos, teniendo la última palabra sobre las conciencias…), sino que nos da su Espíritu, estableciendo una relación íntima de amor: «Ya no os llamo siervos, sino amigos» (Jn 15).
 
La madurez de la fe no está en hacer de la autoridad en la Iglesia algo intocable, justificado por el poder específico que tienen los sacerdotes en la Eucaristía, sino en actualizar, unos y otros, las actitudes de Jesús, «que no se apropió su dignidad divina; por el contrario, se rebajó» (Flp 2)
 
José Ignacio Blanco Berga
Zaragoza