Domingo 25º T.O. - A

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Estudio de Evangelio. Josep Jiménez Montejo

 

20 septiembre 2020. Mateo 20,1-16a

 

Jesús es un propietario preocupado por cultivar su viña, como su Padre siempre ha cultivado la viña que es Israel… Jesús quiere cultivar la viña que será el nuevo Israel, pero para eso necesita brazos para sacarle provecho. Así, sale a buscar trabajadores que están en la plaza, sin hacer nada, esperando ser contratados, aunque no son especialistas en el trabajo de la viña. Seguramente piensa que ya les enseñará, que ya aprenderán. Y se compromete a pagarles un salario, quizá adelantándose a la pregunta de Pedro, sobre lo que recibirán los que lo han dejado todo para trabajar junto a él (Mt 19,29-29).

 

El trabajo de cultivar la viña que es el nuevo Israel es ingente, y Jesús no se conforma con enviar a los primeros que ha encontrado, los más madrugadores, quizá los mejores. Y envía a otros que se han presentado más tarde y que están sin trabajo. También a estos los implica en un trabajo para el que no se sienten preparados. Y sale constantemente a buscar trabajadores para trabajar con él porque quiere que todos se impliquen y disfruten con él cultivando su viña. No es digno de ellos gandulear sin hacer nada.

 

Llegado el momento del pago, todos los trabadores reciben la misma paga, ante el enfado de los que más tiempo han trabajado. Quizá no habían descubierto el enriquecimiento que suponía trabajar para aquel Señor. Quizá, como a Pedro, solo les importaba el pago material que recibían y no habían apreciado que también recibían en herencia la vida eterna. Y aquí, recibían el premio de haber trabajado en el cultivo de la viña del nuevo Israel junto al Señor.

 

Los trabajadores que habían trabajado desde el principio, en medio de dificultades y penalidades, quizá pensaban que tenían más derechos que el resto. Seguramente se parecían al hijo mayor de la parábola del Padre de Misericordia: toda la vida trabajando y siendo fiel, y el padre malgasta el patrimonio con el hijo alocado y pecador. No apreciaban la respuesta del padre: Hijo, todo lo mío es tuyo (Lc 15,31). La viña también es tuya, no solo trabajas para mí, también trabajas para ti, el Reino también es tuyo. Si te creé a mi imagen, ¡parécete a mí1 Alégrate de trabajar en lo tuyo, pues el Reino, la viña, también es tuya.

 

Y es que a veces nos asombra que Dios sea bueno, ya que el dolor de la vida, o nuestra propia miseria nos han hecho resabiados. ¿No puedo hacer con lo mío lo que quiera? Y es que, aunque quiera, El amo de la viña, el Señor que nos llama a trabajar en ella, no puede desdecirse de su bondad. San Pablo nos sale lo recuerda brillantemente: “Si lo negamos, también él nos negará; si somos infieles, él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo” (2Tm 2,12b-13).

 

No, Dios no puede negarse a sí mismo, a su amor, a su bondad. Quizá somos nosotros los que preferiríamos un Dios diferente, hecho a nuestra imagen, una imagen desfigurada por el pecado y el mal que nace de nuestros malos sentimientos. ¿O es que vamos a querer marcarle al Padre bueno y misericordioso cómo tiene que ser? La frase final de este fragmento del Evangelio es definitiva: “¿O vas a tener tu envidia porque yo soy bueno?”.

 

Esta parábola puede ofrecernos algunas llamadas:

 

1. Considerar un privilegio el ser llamados a trabajar en la viña del Señor, para que la viña dé el fruto que se espera de ella.

 

2. Todos somos necesarios para ese trabajo, los que descubren antes la llamada, y los que la descubren después. El amo de la viña llama sin cesar.

 

3. El pago por el trabajo realizado es haber podido trabajar en la viña… por tanto los que más han trabajado, reciben más premio, pues han tenido la oportunidad de trabajar más. (Anécdota personal: con 13 años empecé a afeitar a mi abuelo, con cuchilla y brocha, pues el empezó a tener un poco de temblor en las manos. Y nunca me daba ni siquiera dos reales para que me comprara nada. Un día le dije: “Abuelo, nunca me da nada por afeitarlo”, y él me contestó: ¿Encima de que te enseñas”? Pues sí, aprendí a afeitar a ancianos, y a mí mismo).

 

4. Considerar a todos los llamados, presbíteros y laicos, como trabajadores del mismo Reino. No soy mejor que ningún otro. Dios se vale de mis precariedades y de mis talentos para llevar a cabo la realización de su Reino. Importancia de considerar a todo el presbiterio diocesano y al laicado como compañeros de trabajo que cooperan en la misma empresa.

 

5. El premio que quisiera recibir tendría que ser el de poder contemplar cómo el amor se extiende por todas partes, cómo los pobres son evangelizados y disfrutan del gozo de convertirse a su vez en evangelizadores, cómo Dios es bueno, generoso, misericordioso, maternal. Esa tendría la paga que más tendría que apreciar, mi mayor honor.

 

6. Una última llamada: admirar en los compañeros sacerdotes el regalo que han recibido de ser mejores que yo, más evangelizadores que yo, más humanos, más atentos a los pobres, mejor seguidores de la pobreza de Jesucristo. Mejores sacerdotes según el Evangelio. No sentir envidia de que Dios sea generoso y llene con sus dones a mis compañeros de presbiterio.

 

Josep Jiménez Montejo. Diócesis de Barcelona