Domingo 26º T.O. - A

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Estudio de Evangelio. Josep Jiménez Montejo

 

27 septiembre 2020. Mateo 21,28-32

 

Tiene el escritor, político y filósofo estoico Lucius Annaeus Seneca, una frase que ilustra bien el sentido del Evangelio de hoy: “Que la regla de nuestra vida sea esta: decir lo que sentimos, sentir lo que decimos; lisa y llanamente, que la palabra vaya de acuerdo con nuestros hechos”. Una frase que evoca las palabras del obispo cuando hace entrega del libro de los Evangelios al diácono en su ordenación: cree lo que lees, enseña lo que crees, vive lo que enseñas. En una palabra, sé coherente.
 
Jesús se dirige a los sacerdotes y notables proponiéndoles una llamada a la coherencia, para dilucidar si nuestros hechos refrendan nuestras palabras. En el fondo para ver qué tipo de hijo ha sido Israel a lo largo de su historia. Los sacerdotes y los notables del pueblo conocían muy bien a los profetas, y su insistencia en la fidelidad al cumplimiento de la Alianza.
 
Israel ha hecho gala de su fidelidad a Dios, del templo, de sacrificios, del cumplimiento del sábado. Siempre decía sí a Dios, pero luego no cumplía su parte del pacto. Decía que amaba a Dios, pero era inmisericorde con los pobres. Jeremías los acusa gravemente: os llenáis la boca invocando el templo del Señor, y luego oprimís al inmigrante, al huérfano y a la viuda (cfr Jr 22,4-6). Dicen sí, pero es no. Jesús los acusa de que en nombre de la tradición van contra Dios (cfr Mt 15,6), y cita a Isaías: “Este pueblo me honra con los labios… el culto que me dan es vacío…” (Mt 15,8-9).
 
Jesús mismo ha alabado la fe de no judíos, de no creyentes, de pecadores. Ha alabado al centurión romano (Mt 8,10), a la mujer cananea (Mt 15,28), a la mujer pecadora pública (Lc 7,50), al leproso samaritano (Lc 17,19). Todos han comenzado con un no, para acabar con un sí. Jesús responde a sus paisanos, que le recriminan que no realice signos de salvación en su propio pueblo, con el ejemplo de Elías y de Eliseo, que han realizado sus signos en tierra extranjera y para extranjeros, en favor de la viuda de Sarepta y del sirio Naamán (cfr Lc 4,23-27). 
 
Quien hace lo que el padre espera de él, es el hijo que remolonea, el hijo víctima de su propia pereza, el que vive la obediencia al Padre con desgana. El que tiene el corazón abierto a la conversión y al cambio, el inseguro, el que quizá no guarda el sábado, o la liturgia del templo, el judío descastado, el odiado samaritano que recoge al caído sin miedo a quedar contaminado por la pobreza de los maltratados, el que cumple el segundo mandamiento sin saber que cumpliéndolo está cumpliendo también el primero, ya que el prójimo está hecho a imagen de Dios (Gn 1,26-27); el hambriento, el sediento, el preso, el desnudo, el enfermo… En ellos está el mismo Jesucristo (Mt 25,31-46).
 
Los pobres y pecadores ven en Juan a un hombre de Dios. Los publicanos y las prostitutas eran conscientes de su precariedad, y van a él porque les devuelve la paz y la reconciliación con Dios. Los zaqueos de todo tipo quieren ver a Jesús, y Jesús comparte con ellos la mesa. Pero a los sacerdotes y a los notables no les impresiona que los pecadores se conviertan (“Y aún después de ver esto vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis”). Los zaqueos no reciben la aprobación de los bien pensantes, como si les supiera mal el cambio para bien de los desgraciados. Seguramente los pueden oprimir mejor si continúan en su miseria: “Al verlo, todos murmuraban diciendo: 'Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador.'” (Lc 19,7).
 
Algunas llamadas que siento:
 
  1. Aunque hoy no se lleve ser coherente, quiero serlo, especialmente en el seguimiento de Jesucristo y en su apuesta por los últimos. Los pobres muchas veces me causan repelús, por sus insistencias, por su impertinencia, por su suciedad, por su picardía. Pero Jesús nos invita a verlo en ellos, y eso nos tiene que llevar a tratarlos como él los trata.
 
  1. Siguiendo la llamada de Jesús tendría que ser más sencillo e integrar en mi ADN su propuesta: “Decid sí, cuando es sí, y no cuando es no. Todo lo que pasa de aquí viene del Maligno” (Mt 5,37). Todo esto se concreta en algo tan simple como cumplir mis obligaciones con sencillez, alejándome del oropel y de la pátina clerical que llevo adherida a mi vida ministerial.
 
  1. Acoger el testimonio de fe de los sencillos, de los alejados, de los que vienen a la iglesia a pedir una misa o, los que acompañan a la familia en un entierro. El P. Chevrier nos recuerda la fe de los sencillos: “Hay almas que sienten la verdad naturalmente y la aceptan con alegría y dicha, desde que la ven… Testigos, ciertos buenos campesinos, algunos buenos obreros, algunas buenas obreras, mujeres que enseguida comprenden las cosas de Dios y saben explicarlas mejor que muchos otros” (VD 218).
 
  1. Jesús también nos llama a abrazar su pobreza. Me uno al P. Chevrier para decir: “Dadme, oh Maestro, esta bella pobreza. Que yo la busque con solicitud, que yo la tome con alegría, que yo la abrace con amor, para hacerla compañera de toda mi vida”. Y que, siendo consciente de mis pobrezas, vea a los pobres como mis hermanos de infortunio, y se despierten en mí sentimientos de cercanía y empatía hacia los que aparentemente están diciendo no a Dios.
 
       Josep Jiménez Montejo. Diócesis de Barcelona