Domingo 27º - A

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Estudio de Evangelio. Josep Maria Jiménez Montejo

 

4 octubre 2020.  Mateo 21,33-43

 

Esta parábola me invita a pensar en las palabras de Pablo a Timoteo: “Por esto te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti por la imposición de mis manos” (2Tm 1,6). Porque de lo que se trata es de dar fruto, el fruto que Dios espera de mí, de cada uno de nosotros, en función del carisma, del don que hemos recibido. Como en la parábola, también a nosotros el Señor nos pedirá lo suyo: “Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían”.

 

             En la tradición bíblica, la viña es Israel, una viña de la cuál Dios espera buenos frutos, y que Isaías describe muy bellamente (Is 5,1-7). Aquí, el Señor es el propietario que planta la viña y pone todos los medios para que la viña sea productiva. Israel, sin embargo, no ha cumplido con su parte de la alianza para producir buenos frutos: “Esperaba de ellos justicia, y hay iniquidad; honradez, y solo escucho gritos de dolor” (Is 5,7). Israel, incluso ha matado a los enviados, “Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados” (Mt 23,37), o ha rechazado el cariño amantísimo de Dios, “¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina a sus pollitos bajo las alas, pero no han querido!” (Lc 13,34).

 

            “Por último, les mandó a su hijo”. Jesús es el enviado definitivo de Dios a su pueblo Israel. Así lo interpreta el Evangelio de Mateo, y así lo creemos nosotros. Y Mateo, con dolor, reconoce que tampoco este último enviado ha sido escuchado, que el heredero tampoco es acogido, quizá precisamente porque es el heredero. Sin heredero, ellos pueden erigirse en herederos: “Lo matamos y nos quedamos con su herencia”. También yo puedo matar al heredero. Al heredero que hay dentro de mí, arrojarlo fuera de mí, y convertirme yo mismo en mi propio dios. Sin embargo, el heredero, gracias al carisma del Prado, se me manifiesta a través de la llamada a ser un verdadero discípulo de Nuestro Señor Jesucristo, y un sacerdote según el Evangelio, y como consecuencia, llamado a dar un fruto de uvas dulces, y no de agraces (cfr Is 5,2.4).

 

            El texto concluye con una llamada a la esperanza. Aunque no seamos, aunque yo no sea, la viña en la que el propietario encuentra el fruto que espera, y que “arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos”, no puedo ceder a la desesperanza. No puedo, no podemos, vernos desahuciados por el Padre, porqué el Padre va a buscar otros trabajadores, o va a buscarme a mí mismo convertido y reconvertido, arrepentido y reciclado.

 

             Aunque pueda haber matado en mí al heredero, por haberme negado a que él lleve a cabo su acción salvadora en medio de los pobres a través de mi persona y de mi ministerio, mi propia experiencia de salvación y de conversión me dice que Dios no se cansa de querernos (“no puede negarse a sí mismo”, 2Tm 2,13), y que el enviado, crucificado y resucitado, será la piedra angular sobre la que el Padre fundamente su Reino.

 

            Las llamadas que se nos ofrecen pueden ser estas:

 

1. Tomar conciencia clara de que Dios me quiere. En el salmo 147,11, leemos: “el Señor aprecia a sus fieles, que confían en su amor”. El Señor, nos continúa queriendo y confiando en nosotros a pesar de tantas infidelidades.

 

2. No puedo echar a perder todo lo que Dios ha trabajado en mí, todos los medios que he recibido para trabajar en su viña. Los dones, el carisma recibido tanto por la ordenación como por la pertenencia a la familia del Prado, que se concreta en tantos compañeros y laicos que son para mi un testimonio de entrega a la obra salvadora de Jesucristo y de amor a los pobres. No, no puedo echar a perder tanta riqueza de medios que Dios ha invertido en mí.

 

3. Yo también soy la viña trabajada y cuidada por Dios. Y él quiere encontrar en mí uvas dulces y no agraces. La llamada que siento es a tomar conciencia del privilegio recibido de haber conocido a Jesucristo, y aún crucificado (cfr 1Co 2,2), a través de una nube tan grande de testigos de su amor (cfr He 12,1) y de entrega al trabajo de la viña que es su pueblo, quebrado por tantas cosas, y a hora por la pandemia que lo asuela de tantas maneras.

 

4. Tomar conciencia de que Dios me trabaja para que dé los frutos que él espera, y que, a pesar de mis resistencias, de mi desidia y de mis infidelidades, continúa fiándose de mi y me trabaja para que dé más fruto, como a los sarmientos (cfr Jn 15,1-8). Me poda y me limpia para que dé más fruto. De todas formas, no todo acaba con dar frutos, sino a unirme a Jesús para ser, junto a él, también yo, piedra angular, es decir, discípulo suyo. Es la forma de hacer honor al amo de la viña: “La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos” (Jn 15,8). Un discípulo verdadero, acogiendo el carisma del P. Chevrier.

 

    Josep Maria Jiménez Montejo. Diócesis de Barcelona