Domingo 29º T.O. - A

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Estudio de Evangelio. Javier García Cadiñanos

Colonizado por los romanos, el pueblo de Jesús sufre con los sangrantes impuestos que apenas les dan para vivir. ¿Hay obligación de pagarlos? Hoy como ayer, seguimos siendo colonizados por el consumismo, las ideologías, la seguridad... ¿Es preciso someterse a estos aranceles? Busquemos juntos la luz de Jesús.

 

18 octubre 2020.  Mt 22, 15 – 21

Jesús ha decidido subir a Jerusalén. Es una apuesta arriesgada. Allí va a enfrentarse abiertamente a las autoridades. La fidelidad al Padre y al Reino le empuja a ello, a pesar de todo. El contexto de estos capítulos es de enfrentamiento y conflicto manifiesto.
 
Contemplando a Jesús
 
Jesús se adentra en el corazón de quienes le preguntan. No se deja atrapar en la superficie de la polémica. Escudriña el corazón de quienes le acechan. Adivina la mala voluntad que se encierra en ellos.
Jesús desenmascara a los que le preguntan. Les llama abiertamente hipócritas. Los fariseos, desde su código de pureza racial, recelan del poder romano. Los herodianos, sin embargo, se han entregado por completo a su servicio. La pregunta lanzada a Jesús sobre la licitud del impuesto romano deja al descubierto su propia incoherencia. Y Jesús no se arruga para echárselo en cara.
 
Jesús se ve tentado. Una vez más, como a lo largo de toda su misión. Resuena la tentación del desierto (Mt 4, 1 – 11). Como entonces, tiene claro que sólo se da culto y adora a Dios. La obediencia del ser humano es debida a quien lo ha marcado con su imagen, Dios. Y este criterio, le ayudará a salir airoso de la trampa.
 
Jesús, como buen pedagogo, implica a los adversarios. Les pide una moneda. Va a ser visual en su enseñanza. Busca abrir los ojos de los que le tienden la trampa pregunta. Y recurre una vez más a la pregunta: “¿De quién son esta imagen y esta inscripción?” Ellos mismos se van a responder. Jesús sentencia: “Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. La rotundidad de sus palabras cierra el asunto y al mismo tiempo lo transciende. Jesús pone las cosas en su sitio. El César no es dios. Al César no le corresponde aquello que es de Dios. Y de Dios son sus hijos, en los que ha puesto su imagen divina. Ningún ser humano puede vender su libertad, su dignidad y su conciencia a ningún poder terreno.
 
Jesús se muestra una vez más como modelo de humanidad, solidaria con el pueblo sometido y sufriente. Defensor valiente de lo más sagrado e inviolable de aquellos que son últimos y tomados como mercancías.
 
Contemplando a los otros personajes
 
Los fariseos están perdiendo credibilidad ante la gente. Las enseñanzas de Jesús ponen al descubierto su piedad excluyente, su culto vacío de misericordia, su cumplimiento ajeno al sufrimiento ajeno, su dios de méritos y medallas. Tratan de reaccionar buscando la manera de acusarlo, pillándole con declaraciones comprometidas.
 
Los dirigentes fariseos son los que urden la trama. Pero, como tantas veces, van a mandar a discípulos y seguidores suyos a consumar la trampa. “Tiran la piedra y esconden la mano”.
Y en el colmo de la presión que sienten, se alían con aquellos que consideran vendidos a los invasores, los herodianos. Gente que ha roto la pureza del pueblo elegido, mezclándose con paganos e increyentes. “Los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz” (Lc 16, 8).  En esta ocasión y con tal de vencer a Jesús, dejan a un lado sus códigos y lógicas. El odio y el rencor, se va apoderando de ellos.
 
Los que se presentan ante Jesús lo hacen desde el cinismo y la ironía manifiesta y descarada. Antes de plantearle la cuestión, halagan a Jesús haciendo de él un bello retrato: “sabemos que tú eres sincero y que enseñas con toda verdad a vivir como Dios quiere; no te preocupa el qué dirán, ni juzgas a la gente por las apariencias” (22, 16). Se identifican con lo que muchas veces ha rezado Jesús en el salmo 5: “su garganta es un sepulcro abierto, mientras halagan con la lengua”.
 
Y cuando la introducción zalamera rebaja la tensión, meten el rejón de la pregunta trampa: “¿estamos o no obligados a pagar tributo al emperador romano?” (22, 17) Además, con la primera persona del plural, incluyen a todos los oyentes y presentes, sin que nadie se escape. Para que no haya resquicios ni salidas fáciles.
 
Contemplando la vida
 
Este evangelio me trae al recuerdo a Juana y Ángel. Los dos en esas edades previas a la jubilación imposible, pues no han cotizado lo suficiente porque han estado dando tumbos entre contratos temporales y precarios y la economía sumergida.
 
Un día llegaron a la parroquia felices porque habían visto una oferta en un periódico gratuito. A la semana siguiente, venían destrozados. Resulta que alguien solicitaba cuidados en una mansión a las afueras de la ciudad. Ella podría dedicarse al señor anciano. Él podría dedicarse al jardín y mantenimiento. Así se lo habían pensado. Cuando llegó el día de la entrevista, se frotaban las manos porque hasta les daban una habitación en el ático para que se quedaran. Pero cuando llegó el momento de ajustar el trabajo, escucharon este reproche: “¡Anda, ¿qué más queréis? Os ofrezco alojamiento y manutención a cambio. Hay cantidad de gente que le encantaría”. Ángel y Juana no se callaron: “Somos pobres, pero tenemos dignidad. Ahí se queda con su chalet”.
 
Juana y Ángel, son imagen de Dios y no se venden al César, aunque tengan hambre, pasen apreturas y necesiten unas monedas. La dignidad y la libertad no se venden por un techo y un trozo pan. 
 
Llamadas, conversión y compromiso
 
Así de entrada Jesús llama a tomar en serio el valor de cada persona humana. En este nuestro mundo que todo lo mercantiliza, ese pilar inviolable nos permite soñar y gestar un mundo nuevo: “Si se acepta el gran principio de los derechos que brotan del solo hecho de poseer la inalienable dignidad humana, es posible aceptar el desafío de soñar y pensar en otra humanidad. Es posible anhelar un planeta que asegure tierra, techo y trabajo para todos” (Papa Francisco, Todos Hermanos 127)
 
Acaso este evangelio nos llame a despertar el significado que esto tiene en la vida de tanta gente golpeada. En ellos se instala la resignación, la impotencia, la evasión, la rabia contenida. El poder ha ido socavando las grandes reservas de los pobres: las organizaciones, la solidaridad, la compasión… En ellos aumenta un autoconcepto bajo: “Destrozar la autoestima de alguien es una manera fácil de dominarlo” (Papa Francisco, Todos Hermanos 52). Jesús se hace uno con ellos y les invita a poner en el gran banquete del Reino “sus dos panes y peces” desde la donación total y el abandono en su confianza.
 
En medio de las muchas tentaciones del mundo y de los evangelizadores de hoy, conviene como Jesús tener claro aquello que es innegociable. Cuando hay tantos objetos de culto en el envolvente consumismo que nos encontramos, cuando hay tantas vías de escape y de entretenimiento ante una sociedad que se polariza y fragmenta, cuando algunos repliegan o vuelven a lo de antaño, conviene tener claro en el corazón y en la cabeza “que al Señor tu Dios adorarás y a Él solo darás culto” (Lc 4, 8).
 
Quizás desde ahí, podríamos iniciar la conversión de unas comunidades y una Iglesia en general, bastante neutral ante todo el drama humano presente. Los empobrecidos de hoy necesitan escuchar que, aunque no son productivos son valiosos para Alguien; que, aunque no interesan políticamente a ningún partido, son protagonistas de la historia de la salvación; que, aunque estén instalados en el precariado, sus vidas están llamadas a asentarse desde la confianza inquebrantable del Dios materno de Jesús.
 
Y como Jesús, a pesar de estar acorralados y señalados en esto de construir Reino, no nos dejamos llevar de la revancha y el deseo del mal para los que ponen trabas y tropiezos. Con Jesús, podemos comprometernos en, desde la caridad eficiente, utilizar todos los recursos y estrategias para ayudar a abrir los ojos a quienes se niegan a ello. Jesús nos ha presentado la Buena Noticia de que todo ser humano, independientemente de donde haya nacido y a qué familia pertenezca, es lo más valioso para el Padre materno Dios. El desafío es presentar esta gran noticia, base de unas relaciones nuevas, con la capacidad interpeladora y pedagógica de Jesús, para que todos (víctimas, verdugos y espectadores) caigamos en la cuenta de que en reconocer esto, nos va la felicidad de todos.
 
Fco. Javier García Cadiñanos. Diócesis de Burgos