II Domingo Cuaresma - B

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Estudio de Evangelio. José Ramón Peláez Sanz. Diócesis de Valladolid

 

28 febrero 2021. Mc 9, 2-10

   Seis días más tarde Jesús toma consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, sube aparte con ellos solos a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.

    Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». No sabía qué decir, pues estaban asustados.

    Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube: «Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo». De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.

    Cuando bajaban del monte, les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Esto se les quedó grabado y discutían qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos.

 

 Jesús va con sus discípulos camino de Jerusalén, y por el camino les da a conocer por tres veces lo que va a suceder en esta ciudad: su muerte en cruz y su resurrección. Es un camino que consiste en crecer hacia abajo y hacerse el último y servidor de todos, un camino por el que, sin embargo,  los discípulos van discutiendo quién será el más importante (Mc, 8, 27 -9,8.30-40; 10, 32-45).

 

En un momento de este camino Jesús escoge sólo a tres y los sube a un monte para transfigurarse ante ellos. Les muestra su gloria que sólo podrán comprender después de verle pasar por la cruz, la sepultura y la resurrección.

 

El acontecimiento sucede en un monte alto, un monte sin nombre. Y aparecen junto a Jesús dos personajes que si tienen nombre: Moisés y Elías. Estos personajes bien conocidos son un resumen de todo el Antiguo Testamento, que los judíos llamaban entonces ‘La Ley y los Profetas’.

 

Además, las vidas de ambos están marcadas por sucesos que acontecieron en un monte. En el monte Horeb o Sinaí Moisés fue llamado por Dios desde una zarza ardiente (Ex 3, 1-6) y Elías desde una suave brisa que le confirmó la llamada de Dios cuando su vocación entraba en crisis (1Re 19, 8-18). Allí  Moisés selló la Alianza y recibió las tablas de la Ley con sus diez mandamientos (Ex 19,1- 20,18).  Y en el monte Carmelo Elías venció a cuatrocientos profetas del dios Baal, haciendo bajar fuego del cielo para demostrar que el culto verdadero es el del Dios de Israel (1Re 18, 20-40).

 

Todos estos momentos de la historia de salvación, acontecidos en un monte sagrado y el significado de las figuras de Moisés y Elías se condensan ahora en Jesús que es el centro de la escena. Sus ropas brillantes transmiten la gloria de Dios presente en Él: Él es ahora la Ley, la profecía, el verdadero culto, la nueva alianza… Y todo esto, oculto todavía en la humanidad del nazareno, se manifestará plenamente al final del camino por el que va llevando a sus discípulos, cuando lleguen a Jerusalén (Mc 10, 33), al monte Sión, y consume su muerte en cruz y su resurrección.

 

Ante una experiencia de esta intensidad mística Pedro tiene una propuesta: hacer tres tiendas, no para los discípulos que la contemplan sino para los tres personajes gloriosos que se les han manifestado. Quiere montar una estructura en la que enmarcar el misterio, quedarse con él, fijarlo en un tiempo y un lugar.

 

Pero lo que ocurre es que, como en el éxodo, Dios se manifiesta desde una nube y promulga una Ley para seguir el camino. El Padre en persona les habla desde una nube, confirma el sentido de la experiencia: Jesús es el Hijo y la nueva ley consiste en escucharlo y, por tanto, en seguirle.

 

No es, pues, tiempo de parar y hacer tiendas, sino que sólo ha sido un momento en el camino para continuar la peregrinación. Por eso inmediatamente desaparece la visión y deben bajar al camino: escuchar a Jesús, como ha indicado la voz,  es seguirlo en obediencia por el camino que sube hasta la cruz.

 

Así nos encontramos nosotros con Jesús en el camino de nuestra vida, y en el camino de la cuaresma. Siempre en camino de conversión, tras sus huellas, en el horizonte de la cruz, abiertos a la sorpresa de la novedad del Evangelio y de los signos de los tiempos,…  

 

Hacer tres tiendas es una tentación; responde a la pretensión de detenernos en nuestro camino de seguimiento, de fijar el misterio en que creemos en la estructura cerrada de unas formas religiosas, unas costumbres, una ideología, una rutina que se repite, unos ritos… y detener así nuestro avance en el camino hasta la cruz y la vida nueva que nace de ella, según el plan de Dios para nosotros.

 

Subimos al monte cada día para encontrar a Jesús en la oración personal, al estudiar el Evangelio, en la Eucaristía y en tantos encuentros donde palpamos su presencia. Pero esa búsqueda no es un fin en sí misma, sino una luz que sostiene nuestra entrega diaria hasta que en un día entremos en la vida verdadera, tras nuestro inevitable paso por la cruz y por la muerte.