II Domingo Pascua- B

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Estudio de Evangelio. Enrique Martín Puerta, diócesis de Granada

 

11 abril 2021. Jn 20, 19-31

 

Estudio de Evangelio Domingo II de Pascua

 

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.
 
Las puertas están  cerradas, los discípulos tienen miedo, pero Jesús puede entrar porque nada se lo puede impedir. Ya está lleno de gloria.
Las manos y el costado muestran las heridas de la cruz, pero ya son las marcas del Resucitado. Las cosas de Dios son siempre sorprendentes.
Los discípulos se llenan de alegría. Están viendo al Señor, que está vivo, ha resucitado verdaderamente.
 
 
De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.
 
A pesar de todo lo que ha sucedido Jesús confía a los discípulos su propia misión. Ahora son enviados por Jesús al mundo para perdonar los pecados. Puede confiar en ellos porque les ha enviado el Espíritu Santo.
 
Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.
 
Tomás no lo cree. No es fácil creer que un muerto ha resucitado.
 
Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”.
 
Ante la presencia de Jesús Tomás se rinde y lo proclama Señor y Dios.
Jesús proclama dichosos a los que creen sin haber visto.
 
Otros muchos signos hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritos en este libro. Se escribieron éstas para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre.
 
Las palabras del Evangelio nos llevan a creer para tener vida.
 
Las puertas cerradas me sugieren la cerrazón de mi propio corazón. Los discípulos están decepcionados porque ellos tenían unas expectativas que no se han cumplido. Tienen miedo, porque ven que las cosas han dado un giro que no se imaginaban. No están predispuestos a creer que Jesús ha resucitado.
 
Pero nada detiene al Señor que puede entrar aunque están cerradas las puertas. Nada lo detiene para entrar también en mi corazón incrédulo y apegado a las cosas de este mundo. Él en persona se presentó ante los discípulos y también se presenta ante mí para llenarme de alegría.
 
De nuevo me sorprende Jesús cuando confía en los discípulos tan incrédulos y miedosos. La Buena Noticia no se va a divulgar gracias a unos hombres perfectos sino por medio de estos pobres hombres. Jesús sabe bien que puede confiar en ellos porque les va a entregar el soplo del Espíritu Santo.
 
Jesús puede confiar en mí, más que yo mismo, porque me ha entregado el Espíritu. Ahora yo también soy un enviado para dar a los pobres la Buena Noticia del perdón de los pecados.
 
El evangelista está plenamente convencido del poder que tienen los que creen en el nombre de Jesús y por eso nos ha escrito este libro. No son nuestras obras extraordinarias sino el poder de Cristo el que nos llena de vida.
Siento que el Señor me envía para que lo dé a conocer a los pobres, para que puedan conocerlo y llenarse de vida.
 
Señor Jesús me siento sobrecogido al descubrir cómo confías en mí, cómo me has buscado y nada te ha impedido irrumpir en mi vida. Tú conoces mis miedos y mis dudas, sabes bien lo débil que soy pero aun así me buscas y me envías para ser tu testigo. Ayúdame a reconocer el poder del Espíritu Santo que has soplado sobre mí para que pierda el miedo y la desconfianza. Yo no puedo resistirme a tu llamada y me propongo cumplir tu encargo y afrontar todos los obstáculos.