Domingo 6º Pascua -C

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Propuesta de José María Tortosa Alarcón

 

“QUE NO TIEMBLE VUESTRO CORAZÓN NI SE ACOBARDE”

 

En nuestra cultura y estilo de vida tan rápido y superficial, la mayoría de las veces, se empiezan a cultivar estilos de vida que nos llevan en otra dirección porque nos vamos convenciendo de que esto ha de explotar por algún lado y, antes de que ocurra, nos prepararemos a ello, no sea que nos pille despistados. En esta dirección, se oye hablar de sofrología, paz interior, equilibrio, meditación, zen, “nada te turbe, nada te espante”… en la que bastantes personas se están introduciendo para buscar el equilibrio natural que devuelva el sentido a sus vidas.

Aquí podríamos situar el evangelio de hoy que nos dice: “que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14,23-29), para dejarnos inundar por toda la fuerza que nos quiere transmitir y por la paz que produce el saber que el Espíritu de Jesús nos acompaña.

Al igual que la semana pasada, este pasaje evangélico pertenece a los llamados “discursos de despedida” del Evangelio de Juan. La comunidad de los discípulos va a experimentar, en ausencia de Jesús, el rechazo del mundo y el consuelo del Espíritu enviado desde el Padre. Y esto se agradece. También en la situación actual.

Quizás la situación de hostilidad y de divisiones internas que estaba viviendo la comunidad a la que se dirige el evangelista, no sea muy distinta a la que vivimos actualmente en muchas ocasiones. Por eso, el sentir las palabras de Jesús -“La Paz os dejo, mi Paz os doy”- nos ayuden a superar las dificultades y a mantenernos fieles pues, esta promesa (Shalom, paz) implica salud, prosperidad, dicha en plenitud, lo que nos compromete a llevarla por todos lados y a convertirnos en testigos de ello. Testigos de la profunda relación de amor entre Dios y el creyente, que al optar por la fidelidad a las palabras de Jesús, nos convierte en templos permanentes de Dios, lo que implica respetar profundamente la dignidad y la vida de todo hombre y mujer. Con ello, ya no existe la diferencia entre sagrado y profano porque Dios ya no es algo externo ni distante del ser humano, sino el que se acerca a él y vive con él, formando comunidad con el hombre y mujer concretos, en una relación de Padre-hijo. Así, estimar, querer, afirmar y hacer crecer a cualquier ser humano es darle gloria a Dios como nos recuerdan los santos de todos los tiempos.

He aquí un proyecto pastoral para la Iglesia: dejarse guiar por el Espíritu viviendo cada día la novedad de Dios, la novedad de amar a tope, hasta el extremo; y esto implica mucho, pues supone buscar la novedad que provoca el Espíritu y adaptar la vivencia de la fe a los tiempos en que se viva, sin rebajar su exigencia, pero sin encerrarla en tradiciones que no tienen sentido. Hay mucho por hacer en cada comunidad cristiana y mucho por vivir, para poner al día la fe.

Ahora bien, no todos en la Iglesia están dispuestos a aceptar la novedad, y está al acecho la nostalgia de las cosas de antes, ya superadas. Menos mal que el papa Francisco nos recuerda que no es buen criterio pastoral aquello de que “siempre se ha hecho así”. En la misma Iglesia primitiva aparecen conflictos (Hch 15,1-2.22-29) que se superan con un debate abierto donde cada uno tiene la posibilidad de exponer las propias razones y con una escucha humilde de la voz del Espíritu por parte de todos. Actualmente también tenemos bastantes conflictos abiertos en nuestra Iglesia que necesitan plantearse y buscar soluciones conjuntas, a saber: situaciones familiares, tradiciones, protagonismo de los laicos, presencia y participación de los pobres y excluidos, celibato opcional, sacerdocio de la mujer, elección de obispos y sacerdotes, riquezas en la Iglesia, etc. Pero, convencidos de que el Espíritu Santo nos lo enseñará todo según promesa del mismo Jesús. Es la visión presentada por el Apocalipsis (21,10-14.22-23) al aparecer una Iglesia transfigurada donde la gloria de Dios es el centro de irradiación de su luminosidad.

José Mª Tortosa Alarcón. Presbítero en la Diócesis de Guadix-Baza


PREGUNTAS:

  1. ¿Qué compromiso de fidelidad me provoca la palabra de Dios de este domingo?
  2. ¿Qué aporta la paz que Jesús nos ofrece?
  3. ¿Qué supone para mí y para la comunidad en la que vivo creer en la presencia del Espíritu Santo?