Domingo de Pentecostés

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Propuesta de José María Tortosa Alarcón

PREPARADOS PARA LA MISIÓN

 

Semana a semana hemos sentido que Jesús resucitado nos acompaña y nos enseña para que nos convirtamos en sus testigos, no dejándonos solos, sino que se compromete con su presencia permanente a través de su Espíritu para que demos fruto y lleguemos al conocimiento de la verdad. “Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras” (Hch 2,1-11) de tal modo que todos los allí presentes les entendían perfectamente. Y es que lo que Jesús quiere de cada uno de nosotros y nosotras, se comprende claramente, pero lo que nos pasa es que ponemos muchas resistencias y excusas porque no queremos problemas ni nada que nos haga salir de nuestra vida cómoda y relajada. Seguimos anclados en nuestras seguridades, en nuestras tradiciones, haciendo aquello que la “ley” nos exige, pero sin reflexionar ni evaluar lo que hacemos, porque seguro que hemos de cambiar, ya que lo que hacemos, parece que no produce muchos frutos ni consigue que las personas quieran y sigan a Jesús muerto y resucitado.

Y, sin embargo, el Espíritu Santo que Jesús nos deja como presencia suya y del Padre, es novedad constante y se manifiesta en cada uno para el bien común (1Cor 12,7) por lo que no se puede quedar encerrado por muchos miedos que lo acosen. El Espíritu es vida y paz para el que lo recibe; es más, el Espíritu de Dios habita dentro de nosotros –nos recuerda San Pablo en su carta a los Romanos-, y como vive dentro de nosotros nos hace hijos adoptivos de Dios permitiendo llamarle Abba (padre, padrecito querido), no dejándonos solos ni un momento. Y, por ese Espíritu, podemos trabajar, misionar, para dar fruto a favor de nuestros hermanos, especialmente hacia aquellos que peor lo pasan y más nos necesitan.

Recibido el Espíritu Santo, no hay excusas para quedarnos sin hacer nada. Lo viejo ha pasado y ahora vivimos tiempos nuevos donde lo que preocupa y nos ocupa es la paz para todo el mundo, y el perdón como principio fundante de esa paz que Dios nos da a través de su Hijo que, por amor, nos ha dejado su Espíritu Santo para que nos conduzca hacia la verdad plena (Jn 20,19-23).

Ahora es el tiempo del Espíritu que conduce a la Iglesia por los avatares diarios de cualquier rincón del mundo. Perfectamente equipados y preparados, nos lanzamos a la misión protegidos por la presencia constante de Jesús mediante su Espíritu que nos obliga a llevar paz y perdón para todos. Así se completa el proyecto de Dios sobre el mundo y sus habitantes, “envías tu aliento, y los creas y repueblas la faz de la tierra” (Sal 103) hasta gozar con ello. Dios goza cuando un odio menos existe, cuando un caído se levanta, cuando un perdón se ofrece, cuando la paz se busca, cuando un sinsentido se desvanece, cuando un pobre es acogido y atendido con dignidad, cuando un drogadicto es rehabilitado, cuando una familia se rehace, cuando un inmigrante consigue sus papeles, cuando se acoge a un refugiado, cuando un parado encuentra trabajo, cuando un niño maltratado es curado, cuando un anciano sólo es visitado, cuando un enfermo es…. Así, en el trabajo diario y constante de unos con otros, vamos gozando porque nos sentimos herederos de una gran promesa de felicidad. Y esto no se puede esconder, sino que es necesario proclamarlo.

Vivimos Pentecostés día a día con la esperanza de que ello nos hace más felices, porque la felicidad se encuentra al amarnos unos a otros y dar la vida por ese amor concreto según las circunstancias que cada uno viva. Por amor, Dios creó el mundo, por amor envió a su propio Hijo y, por amor, nos dejó el Espíritu Santo en nuestros corazones para que repitamos sus mismas opciones y acciones llenas de vida para todos. En ellos nos jugamos la razón de ser y la credibilidad de nuestra Iglesia, de nuestros grupos y pequeñas comunidades.

 

José Mª Tortosa Alarcón. Presbítero en la Diócesis de Guadix-Baza

 

PREGUNTAS:

  1. ¿Apreciamos el don del Espíritu de Dios en nuestras vidas?
  2. ¿Qué cosas, hechos, etc., nos hacen “gozar” plenamente?