ENCUENTRO INTERNACIONAL: VIDA CONSAGRADA EN COMUNIÓN

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“Al final de la vida no te van a preguntar quién has sido, sino qué has dejado pasar a través de ti”

(Christiane Singer)



Del 28 de enero al 2 de febrero se ha celebrado en Roma un Encuentro Internacional sobre “Vida Consagrada en comunión”. Con ocasión de la clausura del Año de la Vida Consagrada nos hemos reunido junto al sucesor de Pedro miembros de institutos y sociedades de vida apostólica, de institutos de vida contemplativa, de institutos seculares, del orden de las vírgenes, de las nuevas formas de Vida Consagrada. 

Éramos más de cinco mil participantes, venidos de todas partes del mundo y representantes de cientos de carismas con los que el Espíritu sigue renovando la faz de la tierra y el rostro de la Iglesia.

 

Ha sido un tiempo de gracia, comunión y discernimiento. Hemos podido constatar la enorme creatividad del Espíritu que nos ha llamado a vivir el seguimiento radical de Jesucristo y los consejos evangélicos en diferentes y complementarias modalidades vocacionales. Hemos dado gracias a Dios “que inició en nosotros esta obra buena” y hemos confesado con gozo que el Espíritu Santo nos precede y acompaña en nuestra respuesta vocacional.

 

Durante todo el Encuentro ha resonado esta pregunta en el corazón de los participantes: Señor, ¿qué quieres de nosotros en este momento concreto de nuestra sociedad y de nuestra Iglesia?



1.- PROFETAS DE JESUCRISTO

 

Al hombre de hoy le gusta vanagloriarse de sus obras, pero lo que realmente cuenta son las obras que Dios realiza. Dios convierte nuestra historia, como la del pueblo del Antiguo Testamento, en historia de salvación. A nosotros nos corresponde dejarnos sorprender por la iniciativa de Dios y colaborar humildemente con Él. Ya nos lo advirtió Juan Bautista, el último de los profetas anteriores a Cristo: “Conviene que él crezca y yo disminuya” (Jn 3,30). La misión de todo profeta es colaborar con el Espíritu para que Jesucristo vaya ganando espacio en el corazón de las personas y de los pueblos.

 

El profeta es un contemplativo que lleva en la cara los estigmas de su encuentro con el Señor; un contemplativo que se sobrecoge y nace de nuevo al escuchar de labios del Padre: “Tú eres mi hijo amado” (Mc 1,11).

El profeta es el hombre “expropiado”, que no se pertenece a sí mismo, sino que se descubre amado y salvado por el Señor. El profeta es el hombre que no vive ni habla en nombre de sí mismo. El profeta vive y habla en nombre de quien le habita, se reconoce hechura de las manos de Dios, “como el barro en manos del alfarero” (Jer 18,6). El profeta proclama la palabra que ha escuchado, se realiza –como Jesús- en la obediencia y la intimidad con el Padre; es palabra de la Palabra.

 

El profeta vive permanentemente vuelto hacia la Trinidad y permanentemente vuelto hacia los infiernos y las periferias del mundo. Es un hombre de frontera, que desde la intimidad con Dios es enviado a los no-lugares en pobreza radical (cf Lc 10,4) a ser signo de su misericordia entrañable.

 

El profeta contempla cada día el rostro entrañable del Padre, sigue a Jesucristo más de cerca con la fuerza del Espíritu y así va siendo transformado en un hombre radicalmente alegre, libre, casto, pobre y obediente; la vocación y la misión que le han encargado le van configurando con Jesucristo y le van regalando una sorprendente fecundidad-maternidad espiritual. El profeta es testigo privilegiado de que, por la gracia de Dios, “la mujer estéril da a luz siete hijos, mientras la madre de muchos queda baldía” (1 Sam 2,5).

En definitiva, el profeta es un hermano que habita esta tierra de “otra manera”, con la novedad del Evangelio. El profeta es un testigo frágil y vulnerable, pero que refiere permanentemente a su Señor y Maestro: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29).



2.- LAS HERIDAS DEL HOMBRE

 

Dios interpeló en su momento a Caín y nos sigue interpelando una y otra vez a todos y cada uno de nosotros: “¿Dónde está tu hermano?... La sangre de tu hermano me está gritando desde el suelo” (Gén 4,9-10). Es Dios el que guarda memoria de todas las víctimas de la historia; es Dios el que proclama la dignidad inviolable de cada uno de sus hijos; es Dios el que desea hacernos partícipes de su misericordia.

 

Las heridas del hombre son lugares sagrados donde Dios nos cita y se nos revela: “Quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado” (Ex 3,5). Las periferias del sufrimiento humano son la tierra de misión a la que permanentemente Dios nos re-envía: “Y ahora marcha, te envío al faraón para que saques a mi pueblo, a los hijos de Israel” (Ex 3,10).

 

Cada cristiano, cada vocacionado es de algún modo la respuesta de Dios a las heridas de la humanidad. Dios nos llama y nos envía a los basureros del mundo para que allí descubramos las huellas de su presencia; Dios nos llama y nos envía a los no-lugares  para que hagamos la experiencia de que es en la montaña de la cruz y el sufrimiento donde sorprendentemente se nos va revelando su rostro.

 

El hombre herido no es sólo destinatario de nuestro hacer pastoral, sino también evangelizador y portador de gracia (cf CA 58). Lo que para muchos es un lugar a evitar (cf Lc 10,31-32), se convierte en lugar donde Dios bendice, donde Dios salva. Es precisamente ahí donde somos sanados por el Dios que habita en la carne herida. En la piel y en el alma maltratada hay un beso de Dios para nosotros, un abrazo sanador y una palabra de evangelización que necesitamos aprender.



3.- LA CIGÜEÑA

 

La cigüeña de nuestros pueblos construye su nido con todo lo que encuentra a mano; todo lo aprovecha y lo recicla; no desprecia nada, sino que acierta a encontrar el valor y la utilidad de cada cosa. Estamos invitados a cultivar la espiritualidad de la cigüeña: todo lo que encontramos en el camino de la vida puede ser alimento de nuestro espíritu; los gozos y los sufrimientos de los hombres de nuestro tiempo son también nuestro pan de cada día (cf GS 1).

 

La intimidad con Dios o acontece en lo concreto y ambiguo de la historia de los hombres o no acontece; la contemplación no espera para suceder unas circunstancias ideales que casi nunca se dan, sino que sucede cuando descubrimos a Dios en lo cotidiano y secular de la existencia. En medio del mar agitado, “entre los pucheros” de nuestros días podemos vislumbrar con gozo que “es el Señor” (Jn 21,7) quien se nos acerca.

 

La tierra no es un lugar maldito donde Dios esté ausente, sino precisamente el lugar que Dios ha elegido para habitar (cf Jn 1,14), el lugar de encuentro entre la libertad de Dios y la libertad del hombre. Lo decía bellamente San Juan de la Cruz:

“Mil gracias derramando

pasó por estos sotos con premura

e, yéndolos mirando,

con sola su figura,

vestidos los dejó de su hermosura”.

 

Nos corresponde rastrear y festejar la hermosura de Dios que resplandece en el barro y el madero de la cruz.

 

4.- EN COMUNION

 

Todo en la Iglesia tiene su origen y su fundamento en la Trinidad. Por eso, también la Iglesia es misterio de comunión y misión. La Iglesia vive, en todas sus expresiones, la espiritualidad de la comunión (cf NMI 43).

 

Cada familia espiritual o carismática, cada comunidad apostólica es icono de la Trinidad y enviada a significar y recrear aquí y ahora la íntima y gratificante relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En una sociedad tentada de individualismo e desigualdad, Dios regala carismas que generan comunidades que viven la fraternidad, la igualdad radical y la proximidad.

 

Los llamados a un seguimiento más radical de Jesucristo habitan en comunidades que proclaman con su vida que es posible la unidad en la diversidad, que la persona es el templo del Espíritu, que “los pobres son evangelizados” (Mt 11,5).



Que la Iglesia, en estos hijas e hijos suyos,

pueda reconocer la pureza del Evangelio

y el gozo del anuncio que salva” (Papa Francisco).