Manu Vida/Cuaderno de Vida: Visitar a Rafaela
Ayer estuve visitando y llevando la comunión a Rafaela. Como todas las semanas la encontré inmóvil, sentada en el sillón con los pies tendidos horizontalmente. Me cuenta que el próximo lunes le harán la preanestesia para operarla de la otra rodilla. Sin que aún se haya recuperado de la otra operada hace un año.
Los mayores hay que estimularlos para que hagan rehabilitación y dejen la comodidad del sillón. La chica que la cuida está durante el día con ella, casi siempre con el móvil. Apenas le da conversación y menos la estimula para que ande y recupere movilidad.
Pregunto por los hijos y me dice que apenas acuden a verla. Cuando tienen que llevarla al hospital, lo hacen protestando. Su cara se entristece al contármelo. A mí también me apena ese olvido.
Rafaela me recuerda a mi madre. Al quedar viuda quiso estar con sus siete hijos. Intuyó que al quedarse sola se encontraría en soledad. El tiempo que convivimos fue para mí una escuela de humanidad. Aprendí que el solo estar juntos, aunque fuera en silencio, para ellos es suficiente.
En una revisión de vida en nuestro equipo del Prado salió el tema del cuidado a nuestros padres mayores. Fue iluminador: no teníamos que ir lejos para encontrar a los pobres. Estaban tan cerca y descubrías que hasta te estaban evangelizando.
Sigo dando gracias a Dios por mi madre, por lo que aprendí con ella y ahora me sirve. Soy más sensible con los mayores que visito. Me siento más cerca y unido a ellos, como cristiano y pastor.

“El solo estar juntos, aunque fuera en silencio, para ellos es suficiente.”
Conocer y acompañar
Señor Jesús,
en el sillón de Rafaela te he visto esperar.
En sus pies quietos, en su silencio,
en la soledad que pesa más que la edad.
Dame, como al Prado de Chevrier,
ojos que no pasen de largo,
manos que partan el pan de la presencia,
corazón que se haga pobre con los pobres.
Que no busque lejos lo que tengo cerca:
el Evangelio en una arruga,
la cátedra en un suspiro,
tu Rostro en el olvido de los suyos.
Enséñame a quedarme,
a no temer el silencio compartido,
a ser discípulo verdadero:
siguiéndote en la carne herida del hermano.
Amén.