Cuaderno de Vida de Txusma: Jesús Mari Atauri

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CURA JUBILADO EN PUEBLOS PEQUEÑOS (ÁLAVA)

 Soy un cura alavés, jubilado. Los fines de semana vuelvo a los pueblos de la Llanada como quien regresa a casa: con pasos más lentos, pero con el corazón despierto. Me asignan dos pueblos cada domingo. Muchos ya los conozco; otros me reciben como se recibe a un vecino más. No traigo soluciones grandes. Traigo presencia, escucha y un poco de pan compartido.

Me pidieron contar algo. Lo hago desde la sencillez, como en una revisión de vida del Prado: dejando que los pequeños hechos hablen, porque ahí —en lo pequeño— suele esconderse la semilla.

El domingo del Buen Pastor celebramos en un pueblecito. Cuatro mujeres mayores. Podría parecer poco. Pero dos de ellas cuidan rebaños de ovejas; otra tiene ganado mayor y su marido vive en una residencia con Alzheimer. Mientras el evangelio habla del pastor que conoce a sus ovejas, ellas hablan de nombres, de cuidados, de noches en vela. La Palabra se hace carne en sus historias. Y, sin darnos cuenta, la iglesia se vuelve hogar: nos reconocemos familia, pequeña comunidad que intenta vivir al estilo de Jesús.

 

Otro compañero comparte su herida: en un pueblo donde suelen ser siete, le han dicho que no vaya una temporada. Duele. Es la experiencia de la intemperie, de no saber si lo que hacemos tiene continuidad. Pero también ahí se abre una puerta: aprender a no sostener la misión en la costumbre, sino en la gratuidad. Estar cuando se puede, retirarse cuando toca, confiar en que Dios sigue trabajando en silencio.

 

En otro lugar, tras el invierno sin celebraciones, han vuelto a reunirse. Once personas, de varios pueblos cercanos. Se organizan, se mueven, se llaman. No son muchos, pero se buscan. Y cuando se encuentran, la eucaristía se vuelve mesa compartida y camino abierto. Algo pequeño, sí; pero real, vivo, encendido.

 

La realidad es la que es: pueblos con poca gente, comunidades envejecidas, vecinos que van faltando. Menos sacerdotes, más pueblos que atender. Menos encuentros espontáneos. A veces asoma la pregunta: ¿se acabará esta forma de presencia? ¿se apagará la vida comunitaria?

 

Y, sin embargo, también vemos brotes: cuando alguien cuida la iglesia, cuando una mujer anima la oración, cuando un grupo pequeño se mantiene fiel, cuando pueblos cercanos se coordinan… entonces la vida resiste y florece. No es abundancia, es fidelidad.

 

Buscamos luz en el Evangelio y en la tradición viva:

  • Con Cristo, algo de nosotros también es crucificado: lo viejo, lo que buscaba seguridades y aplausos (Rom 6,6). Y eso, aunque duela, abre espacio a lo nuevo.
  • “Hay mucho que trabajar”… pero sin alforjas (Lc 10,1-9): con pobreza y entusiasmo, sin controlar todo.
  • El abajamiento de Jesús (Flp 2,1-11) nos enseña a servir desde abajo, en condiciones humildes.
  • “Donde dos o tres…” (Mt 18,20): la promesa no depende del número, sino de la presencia.
  • El Buen Pastor (Jn 10) no abandona, camina delante, conoce, busca.
  • Y San Juan de la Cruz nos recuerda el centro: “solo en amar es mi ejercicio”. Ahí se sostiene todo.

 

De estas luces nacen algunas llamadas sencillas, pero hondas:

  • Seguir creyendo en la resurrección, también en medio de esta etapa de cambios. No buscamos grandes resultados, sino comunidades pequeñas, con rostro, con nombre, que compartan fe y vida.
  • Cuidar la Palabra, la eucaristía cuando sea posible, y la unión entre vecinos.
  • Despertar responsabilidades: pequeñas, concretas, reales.
  • Animar a laicos y laicas que puedan sostener celebraciones y acompañarse.
  • Tejer redes entre pueblos cercanos.
  • Y nosotros, los curas, caminar juntos, convencidos y coordinados.

 

No es fácil. Hay incertidumbre. Pero esa misma intemperie puede ser espacio de confianza. No queremos dejar que se apague este rescoldo. Porque, aunque pequeño, sigue siendo fuego. Son nuestras chispas de resurrección.

Txusma.