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               A. LA FORMACIÓN EN EL PRADO

Toda vocación comporta una formación. Ser persona, ser cristiano, ser presbítero o ser sacerdote del Prado es estar y vivir en un contexto continuo y permanente de formación. La formación es como la vida misma. Siempre estamos en formación, o lo que es lo mismo, la vida es formación.
 
Es muy importante partir de esta premisa: La formación no se reduce a un tiempo determinado destinado a dar una instrucción, una especialización o una capacitación para una misión. La formación abarca a la persona en todas sus dimensiones y por esto dura toda la vida, ya que fundamentalmente se trata de la acción laboriosa del Espíritu que forma a Jesucristo en nuestras vidas, o lo que es lo mismo, que nos va dando una forma cristiana. A la acción del Espíritu corresponde la docilidad del formando para dejarse conducir y modelar hasta ir adquiriendo la forma de Cristo.
 
El carisma del Prado es considerado por la Iglesia una vocación específica dentro del conjunto de la vocación presbiteral, por eso mismo exige también una formación específica.
 
LA FORMACIÓN PRADOSIANA

Toda vocación comporta una formación: “la vocación pradosiana y la misión de la Asociación de los Sacerdotes del Prado exigen una formación específica para los miembros del Instituto” (Constituciones 73).
 
El proceso de formación tiene como finalidad discernir si el que se acerca al Prado es llamado realmente por el Señor a vivir el ministerio presbiteral según lo propone el P. Chevrier en su verdadero Discípulo y en el seno del presbiterio diocesano (Constituciones 79).
 
La formación pradosiana prosigue un camino formativo que comenzó con la iniciación cristiana, continuó con toda la formación recibida en el Seminario y se prolongará después de la Primera Formación en el Prado: “El proceso de formación, que debe contribuir a hacer crecer una gracia especial al servicio de la evangelización de los pobres, se realizará por etapas y nunca puede darse por concluido” (DGF 8).
 
La formación carismática trata de poner de manifiesto los rasgos que corresponden a los componentes del carisma, que confirman el sentido de identidad y el de pertenencia. El carisma es para el que recibe este don la forma de su fe, su modo de ser creyente, la forma de la imagen de Cristo que debe reproducir en su vida el que ha recibido esa gracia.
 
La formación pradosiana consta de estas etapas: Período de acogida, Primera Formación, Formación Permanente.
 
   1 Período de acogida

Esta etapa tiene como objetivo hacer el paso de una atracción inicial al reconocimiento de los signos de una verdadera vocación (DGF 12).
 
Este período de acercamiento y apertura a la gracia del Prado comienza por un conocimiento sucinto de los elementos constitutivos de la vocación pradosiana (Estudio del Evangelio, Revisión de vida, Cuaderno de Vida, evangelización de los pobres, vida fraterna) y por una pequeña iniciación y práctica de los mismos.
 
Al que está interesado se le ofrece la lectura de algunos documentos y escritos sobre el carisma del Prado.
 
En determinados momentos del itinerario participará en algunos encuentros del Prado Diocesano y en algunas actividades que organiza el instituto: convivencias, jornadas, etc.
 
Durante este proceso formativo el acompañante, si ve disponibilidad y signos que apunten a una posible vocación, le propondrá entrar en el proceso de Primera Formación.
 
El Responsable del Prado diocesano designa un acompañante que haga el seguimiento de todo el proceso.
 
La duración de esta etapa, ordinariamente, será de dos años.
 
 
   2 La Primera Formación

Además de la iniciación a la vocación pradosiana en su conjunto la primera formación tiene como objetivo el discernimiento eclesial de los signos de esta vocación en las personas.
 
El punto de partida es siempre la llamada de Dios (DGF 28; Verdadero Discípulo 103).
 
La Primera Formación subraya el carácter vocacional que se expresa en estos rasgos del perfil del pradosiano:
  • La centralidad y el conocimiento de Jesucristo,
  • El Espíritu Santo es el verdadero formador,
  • La misión del Instituto: la Evangelización de los pobres, hasta llegar a ser discípulos de Jesucristo
  • La vida fraterna y la inserción en la Iglesia local y en el presbiterio diocesano.
El lugar de la formación es la vida misma y por eso se realiza en el lugar de inserción pastoral donde el candidato está realizando la misión apostólica.
 
El tiempo. La duración del proceso de Primera Formación está estimada en dos años (Constituciones 79). El formando ha de dar prioridad al proceso formativo en esta etapa, en equilibrio y armonía con la vida apostólica, que se verá iluminada y enriquecida por la formación.
 
Este proceso formativo normalmente se realiza en grupo, en una comunidad de discípulos con un formador designado por los responsables.
 
El itinerario de la Primera Formación:
 
El programa de la primera formación pradosiana consta de cinco etapas. De estas cinco, tres son sesiones y las otras dos son el programa de la formación básica pradosiana a realizar en dos años.
 
I Sesión de iniciación: la acogida de la iniciativa de Dios
El tiempo aconsejable será de una semana o diez días para realizar una iniciación a los elementos constitutivos de la vocación pradosiana y a los medios y prácticas de que dispone el Prado para cuidar y alimentar su espiritualidad apostólica: iniciación al Estudio del Evangelio, a la lectura contemplativa de la vida y de los acontecimientos, a los escritos del P. Chevrier y presentación global del Plan de Formación.
 
II Primer año de formación: conocer a Jesucristo, es todo. La llamada
La vocación pradosiana y sus componentes principales: Jesucristo, el Espíritu, los pobres, la Iglesia. El núcleo fundamental es la adhesión a Jesucristo y llegar a ser su verdadero discípulo.
 
III Ejercicios Espirituales: Tú sígueme.
El objetivo de esta experiencia de retiro es descubrir que el Señor, que nos ha llamado, nos da la posibilidad de seguirle. Se trata de escuchar muy atentamente la llamada del Señor resucitado: Tú, Sígueme.
 
IV Segundo año de formación: Ser otro Jesucristo. La respuesta
El núcleo fundamental de este segundo año es la configuración e identificación con Jesucristo, para realizar con él su misma misión (apóstol). El objetivo es que el candidato al Prado responda a la llamada dejándose modelar por el Espíritu hasta llegar a tener la misma forma (conformación) de Jesucristo.
 
V Sesión final:
Durante una semana se hace una revisión y relectura teologal del proceso seguido. Es un tiempo de acción de gracias por el camino realizado en el proceso de formación, por todos los dones recibidos. Se reflexiona y profundiza sobre algunos aspectos del carisma del Prado y también sobre la posible entrada al Prado, el sentido del compromiso y algunas cuestiones formales y organizativas del Instituto.
 
 
   3 El Año Pradosiano

Dentro de la Formación pradosiana, que es permanente, y como parte del compromiso en el Instituto, se contempla el Año Pradosiano, que todo miembro del Instituto ha de estar dispuesto a realizar. Es un año de profundización en nuestra existencia cristiana y sacerdotal en la Iglesia y en el mundo de hoy. Es un espacio para verificar con qué fundamento y con qué materiales estamos trabajando en la obra de Dios.
 
El punto de partida del año pradosiano es la experiencia ministerial, releída a la luz de la Palabra de Dios, de la vida de la Iglesia, de la historia de los pobres y de la experiencia del P. Chevrier.
Es un tiempo de desierto, de abandono de las ocupaciones y ambientes habituales, de silencio, de oración, para experimentar como Jesús en el desierto el combate apostólico de despojarse de sí y entregarse a Dios siguiendo el camino del Verbo hecho carne.
 
El Año Pradosiano se realizará compartiendo la vida con los pobres con una pequeña inserción apostólica o algunos servicios evangelizadores.
 
El Año Pradosiano hará posible una verdadera experiencia de vida fraterna y comunitaria.
 
Cada pradosiano y el Responsable del Prado dialogarán y harán a los obispos la propuesta de realizar el Año Pradosiano en el momento en que sea posible para ambas partes, siendo conscientes de que es un elemento muy valioso en la formación de los sacerdotes del Prado.
 
 
   4 La Formación Permanente

Ya hemos insistido reiteradamente que la formación es continua y permanente. La Formación Permanente no es la que viene después de la formación inicial o carismática, sino que siempre estamos en formación y por lo mismo la formación pradosiana es continua. Como toda vida tiene necesidad de ser cuidada y alimentada.
A
nivel personal cada pradosiano reaviva y renueva la vocación pradosiana a través de la práctica habitual del Estudio del Evangelio para progresar en el conocimiento y adhesión a Jesucristo y para anunciarle y hacerle presente especialmente entre los pobres.
 
Las orientaciones aprobadas en las asambleas y la programación que cada año ofrece el Consejo del Prado son el cuadro de referencia de la formación, que se realiza especialmente en las reuniones del equipo pradosiano y del Prado diocesano.
 
Además de estos medios se proponen también Ejercicios espirituales, retiros, sesiones de formación sobre temas específicos que contribuyen a renovar y revitalizar la formación pradosiana que abarca a todos los niveles de la vida de la persona: humano, intelectual, espiritual y pastoral. La preparación y la participación en las Asambleas y su desarrollo posterior son un tiempo fuerte y privilegiado de formación.
 
 
        
 
                        B. ORGANIZACIÓN DE LA ASOCIACIÓN DE SACERDOTES DEL PRADO
 
La Asociación de Sacerdotes del Prado es un Instituto secular clerical de derecho pontificio. Para su gobierno y organización interna depende de la Santa Sede, pero al estar formada por sacerdotes diocesanos, los sacerdotes del Prado están bajo la jurisdicción del obispo, de quien reciben la misión canónica como los demás sacerdotes diocesanos.
 
    1 Prados diocesanos
 
Si en una diócesis hay varios sacerdotes del Prado se organizarán formando un grupo o una comunidad diocesana. Si en diócesis vecinas hay algún pradosiano aislado pude integrarse en el Prado diocesano más próximo.
 
Los pradosianos de una provincia eclesiástica o de diócesis vecinas pueden coordinarse para diferentes iniciativas de formación y animación, constituyéndose en un Prado interdiocesano.
 
    2 Prados regionales

El Instituto del Prado se compone de comunidades regionales erigidas, es decir, de Prados regionales o erigidos. Los Prados regionales están formados por los pradosianos de uno o varios países, cuando tienen al menos treinta miembros con compromiso perpetuo y tienen las posibilidades de regirse por sí mismos, de garantizar la animación y la formación de todos los pradosianos de la región.
 
Cada Prado erigido tiene su Responsable y su Consejo, elegidos por el conjunto o por los delegados de los pradosianos de la región. El Responsable del Prado de España está liberado, es decir, con dedicación plena al servicio del Prado y es elegido por un período de cinco años.
 
El Prado regional tiene la facultad de admitir a la Primera Formación y al compromiso de incorporación al Instituto a los candidatos que lo soliciten.
 
Los Responsables de los Prados regionales y sus consejos mantienen la relación de comunión y colaboración con el Responsable General y su Consejo y garantizan la unidad y coordinación entre los diferentes Prados regionales.
 
    3 El Prado General

El Prado General lo forma el conjunto de todos los Prados: los Prados regionales y los pequeños Prados. De la animación y cuidado de estos últimos se encargan directamente el Responsable General y su Consejo.
 
El Responsable General es elegido por la Asamblea General por un período de seis años, lo mismo ocurre con los consejeros. Los dos primeros consejeros son asistentes del Responsable General. Tanto el Responsable como los dos asistentes están liberados al servicio del Instituto. Su lugar de residencia es Lyon.
 
El Responsable General y su Consejo se ocupan de que el carisma del Prado se consolide y se renueve, de tal manera que responda a los retos y necesidades que este tiempo le plantea a la Iglesia, especialmente en lo que concierne a la misión de evangelizar a los pobres, buscando la fidelidad y la actualización de la gracia que Dios le concedió a Antonio Chevrier. Desempeñan su responsabilidad fomentando la comunión y colaboración con los Prados regionales, caminando en la misma dirección dentro de la riqueza de la diversidad de cada Prado. Por otra parte, realizan un trabajo de base en la difusión del carisma y en la animación de los pequeños Prados, contribuyendo a que algún día puedan llegar a ser Prados regionales.