Domingo 17º T.O. - C_2022

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Estudio de Evangelio. Antoni Pujol Bosch, diócesis de Mallorca

Dará el Espíritu Santo a los que se lo piden

 

24 julio 2022. Lc 11, 1-13

 

Un doble mal ha cometido mi pueblo: dejarme a mí, fuente de aguas vivas,

para excavarse cisternas agrietadas, incapaces de retener el agua.

(Jr 2, 13)

 

1) Ver: cuando las grandes instituciones religiosas, con sus prácticas cultuales y sus cuerpos doctrinales perfectamente establecidos, entran en crisis, porque se muestran incapaces de dar respuesta a las inquietudes de los hombres y mujeres de su tiempo, suele producirse el florecimiento de nuevas espiritualidades. Cada individuo se siente en la necesidad de buscar su propia conexión con lo sagrado, más personal, más auténtica y existencial, al margen de los códigos religiosos tradicionales, que ya no le dicen apenas nada. Pero, si al descubrir su indigencia, la falta de referentes con la que se encuentra de repente, uno se deja bloquear por el miedo y corre a refugio de los que le ofrecen amparo psicológico, sentido de pertenencia, otras certezas y seguridades, si se somete a la necesidad de afianzar su identidad, ante el desafío y el esfuerzo que supone siempre seguir buscando, entonces lo que prolifera son las sectas.

 

Sabemos que esto sucedió en el mundo greco-romano del siglo I, y cada vez son más claras las pruebas de que, por la misma época, ocurría algo parecido en el ámbito palestino. La Iglesia apostólica tomó postura ante ese signo de los tiempos: no habéis recibido un espíritu de esclavitud que os lleve otra vez a tener miedo, sino el Espíritu que os hace hijos de Dios. Por este Espíritu nos dirigimos a Dios, diciendo ¡Abbá! ¡Padre! (Rm 8, 15). Y parece que, en su momento, también lo había hecho Jesús de Nazaret[1].

 

2) Juzgar: tras haber recibido las enseñanzas de Jesús sobre la calidad de la relación que Dios crea entre Él mismo y los miembros de nuestra especie, y sobre sus consecuencias en cuanto a las relaciones que los hombres tenemos unos con otros, y, sobre todo, tras haber visto orar a Jesús, uno cualquiera de sus discípulos (de los que lo reconocen ya como Señor) se siente con ánimos de profundizar por sí mismo en el arte de amar al Señor Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas y con toda la mente, y al prójimo como a uno mismo (Lc 10, 27).

 

Enséñanos a orar. Hasta aquí, todo va bien, pero surge enseguida la encrucijada en la que podríamos desviarnos del camino bueno: como Juan enseñó a sus discípulos. Cada maestro enseña a los suyos algún modo específico de orar. Puede llegar a enseñarles incluso las oraciones que deben repetir. Esto distingue, sin duda, a los discípulos de Juan de los demás grupos, les proporciona identidad y cohesión, aunque, por supuesto, restringe la libertad de cada discípulo para alterar (enriquecer) esa manera de orar que ha sido enseñada a todos.

 

Cuando oréis, decid: Padre, solamente, ni siquiera Padre nuestro. Padre mío y de todos: de los buenos y de los malos, de los nuestros y de los que no lo son. Padre dice origen y principio, implica, por tanto, el reconocimiento de que, en la relación que se establece entre Él y yo, la iniciativa le corresponde por completo. Es él quien la crea y la lleva adelante, y yo quien la recibe y la agradece. Y supone, por fin, que la calidad de ese doble lazo es semejante a la del que une a Jesús con su Abbá, por el cual me siento vinculado (incluido), en pie de igualdad, junto al resto de mis hermanos.

 

Los dos imperativos siguientes: santificado sea tu nombre y venga tu Reino están claramente orientados al futuro, al cumplimiento progresivo del proyecto original de Dios sobre la creación y sobre la humanidad. Esa es la perspectiva de la oración cristiana y añade a la gratitud un segundo ingrediente, no menos importante: la esperanza.

 

Danos cada día nuestro pan del mañana. Más que devanarme los sesos tratando de descubrir qué clase de pan es este, me interesa comprender el dinamismo constante en el que me estoy viendo implicado: algo tan necesario como el pan, que recibo cada día y que volveré a necesitar y a recibir mañana, algo, desde luego, que no puedo conseguir por mí mismo y que no puedo retener.

 

¡Somos enviados a perdonar y nada más! No a perdonar o a dejar de hacerlo. No a impedir que el perdón que recibimos, fluya a través de nosotros y alcance a nuestros hermanos, los que nos deben algo.

 

Y no nos dejes caer en el miedo, ni en la nostalgia, no dejes que nos detengamos para echar de nuevo la vista atrás.

 

3) Actuar: pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe; quien busca, halla; y al que llama se le abre. Como un padre, que, a pesar de ser malo, sabe dar cosas buenas a sus hijos, pero sin ningún tipo de restricción ni límite alguno, nuestro Padre celestial, dará el Espíritu santo a cuantos se lo pidan, y no solamente a los que lo hagan como solemos hacerlo nosotros, a los que pertenezcan a nuestro grupo, se identifiquen con él, comulguen con nuestros planteamientos ideológicos y observen nuestras mismas prácticas, sino a todos. La única condición es que no desesperen, que no permitan que los paralice el miedo a ser libres, que no se avergüencen de su pobreza, que no se conformen con lo que ya han recibido ni traten inútilmente de retenerlo, que no dejen nunca de seguir pidiendo.

 

[1] Se puede decir que la formulación de Lucas [del Padrenuestro] reproduce más exactamente el texto de Q y está incluso más cerca de las palabras pronunciadas por el propio Jesús (FITZMYER, J.A.: El Evangelio según Lucas. Madrid, 1987, ed. Cristiandad, vol. III, p. 303).