Josep María Romaguera Bach. Diócesis de Barcelona
En este domingo nos encontramos un pasaje evangélico básico: "Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: 30 amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser". Y "amarás a tu prójimo como a ti mismo".
Notas por si hacen falta
Notas para seguir el hilo del Evangelio
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Entre la página que se leía el pasado domingo y esta de hoy, si seguimos el evangelio de Marcos veremos que el evangelista ha hecho entrar a Jesús en Jerusalén (Mc 11,1ss). Y que, una vez en la capital de la religión judía, han sucedido cosas, como la llamada purificación del templo y, consecuentemente, ha habido las interpelaciones por parte de los ‘notables’ (Mc 11,27ss: ¿Con qué autoridad haces esto?) los cuales, además, le han puesto trampas (Mc 12,13-27).
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La pregunta de este “escriba” (28), que “no está lejos del reino de Dios” (34), se inscribe en este contexto.
Notas para fijarnos en Jesús y el Evangelio
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Las palabras de la Escritura que Jesús cita en su respuesta sobre “el primer” mandamiento (29-30) eran bien conocidas por todos los judíos, ya que formaban parte de la oración del «Shemá, Israel» (‘Escucha, Israel’), que era rezada cada mañana y cada tarde (Dt 6,4-5; Js 22,5).
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Una de les remarcas importantes que hay que hacer al contenido del “primer” mandamiento es que describe la relación con Dios como una relación muy personal: “nuestro Dios”, “tu Dios”. Esta relación personal con Dios se basa en el amor agradecido: “amarás”.
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Por otro lado, las palabras del mandamiento repiten cuatro veces la palabra “todo” o “toda” (30). Significa que a este Dios que Jesús muestra no se le puede amar a medias: o se le ama o no se le ama.
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Finalmente, las palabras del “primer” mandamiento describen a la persona –“corazón”, “alma”, “mente”, “ser”– (30) según la entendían los judíos. Se está diciendo, de este modo, que es toda la persona la que queda marcada por este amor a Dios. No hay ninguna dimensión en la persona creyente que quede al margen de él. Todo lo que forma parte de nuestro ser, desde el centro, la intimidad, dónde se cuecen los sentimientos y los pensamientos, pasando por el principio de la vida psíquica, de las intenciones y de la responsabilidad, hasta todas las facultades que poseemos para realizar la propia naturaleza, todo se orienta hacia Dios y a su amor sin límites.
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“El segundo” mandamiento (31) Jesús lo dice citando Lv 19,18. Si vamos al Pentateuco, encontraremos que hace concreciones muy precisas de este mandamiento, por ejemplo, a propósito del inmigrante: lo amarás como a ti mismo; pues inmigrantes fuisteis vosotros en la tierra de Egipto (Lv 19,34).
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A pesar de ser segundo y, por lo tanto, en cierto modo, subordinado, para Jesús este mandamiento forma una unidad indisoluble con “el primero”. Ambos mandamientos se dan contenido mutuamente: el segundo, amar “al prójimo”, sea éste quien sea –por ejemplo, los enemigos: Amad a vuestros enemigos ... (Mt 5,44-45)–, tiene sentido si se ama a Dios total y unitariamente; en cuanto al primero, el lugar de encuentro con Dios y la única concreción y verificación posible del amor a Dios es el amor “al prójimo”.
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Los escritos de los apóstoles citan a menudo el segundo mandamiento: Rm 13,8-10; Ga 5,13-15; Jm 2,8-12. Encontramos ahí la base de las relaciones comunitarias. También ven ahí el cumplimiento en plenitud de la Ley. Y, además, la posibilidad de vivir con libertad: el evangelio de Jesucristo, recibido y acogido por el creyente, libera a quienes lo aceptan (Rm 8,2; 1Pe 2,16).
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“Tu prójimo” son las personas que tenemos cerca. Así pues, este mandamiento se refiere a un amor concreto, no a un amor abstracto. Se trata de amar a personas de las cuales puedo conocer los defectos, que me pueden caer mal, que incluso pueden ser enemigos (Mt 5,44-45), y no sólo a personas que me son simpáticas o personas que puedo idealizar porque las tengo lejos. Podemos decir, entonces, que se trata de un amor que, sin ignorar ni menospreciar los sentimientos y la psicología –dimensiones importantísimas de la persona–, va más allá. Un amor que nos acerca al “Reino de Dios” (34), nos conduce a ser perfectos como lo es nuestro Padre celestial (Mt 5,48).
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Con el “como a ti mismo” la Biblia muestra un gran conocimiento del ser humano. Amarse a si mismo es lo que permite luchar para continuar existiendo. Es la lucha por todo lo que es bueno y conveniente para ser feliz, para ser persona. El amor a si mismo, por lo tanto, es totalmente imprescindible para vivir (y no lo tenemos que confundir con el egoísmo).
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El contenido de este “amor al prójimo”, por lo tanto, cada uno lo conoce por propia experiencia: hacer lo que esté en mis manos para que el otro también pueda seguir existiendo, para que tenga lo bueno que necesita para ser feliz, para ser persona. Se trata, entonces, de un amor activo y eficaz.
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Este doble mandamiento se pone en relación con el culto (33), otro elemento básico de la religión. De este modo, con el “vale más ...”, el culto es situado en su justo punto: al servicio del amor a Dios y a los demás, expresión gozosa y agradecida de la experiencia de amar y ser amado. El culto no puede ser nunca un substituto del amor. Y sin el culto podemos perder el sentido del amor.