Josep María Romaguera i Bach. Diócesis de Barcelona
La fiesta que celebramos se refiere a la concepción y nacimiento de María, no a la concepción y nacimiento de Jesús, como podría hacer pensar el texto que leemos. Sin embargo, en la Iglesia todo es leído (o debería leerse) a la Luz de Aquel que es la Luz, Jesucristo, el Señor. No podríamos hablar de María como hablamos si no fuese a la Luz de su Hijo.
Pauta para el Estudio de Evangelio personal o compartido en grupo
Notas por si hacen falta
Notas sobre esta fiesta
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La fiesta que celebramos se refiere a la concepción y nacimiento de María, no a la concepción y nacimiento de Jesús, como podría hacer pensar el texto que leemos. Sin embargo, en la Iglesia todo es leído (o debería leerse) a la Luz de Aquel que es la Luz, Jesucristo, el Señor. No podríamos hablar de María como hablamos si no fuese a la Luz de su Hijo.
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Una Luz que nos hace ver en ella (María) una hija amada de Dios. Amada, llamada y enviada a una misión. Lo mismo que podemos ver en cada uno de nosotros (como expresa bellamente el salmo 139[138],13-17).
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Dios, que ama, llama y envía, da los medios para la misión. Es lo que ha hecho con María: cuando decimos que la ha liberado del pecado estamos diciendo que Dios la ha preparado para la misión encomendada.
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Pero además en María vemos lo que Dios quiere hacer con cada uno de sus hijos e hijas, y que realiza a través de Jesucristo: liberarnos del pecado y de la muerte, de toda injusticia. Es, entonces, una fiesta dedicada a la gracia de Dios (28), a la iniciativa de Dios que quiere salvar a toda la humanidad, atrapada en el pecado y la muerte (1ª lectura de hoy, Gn 3,9-15.20).
Notas para fijarnos en Jesús y el Evangelio
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Según la costumbre judía, había un espacio de un año aproximadamente entre el momento en el que se hacía el acuerdo matrimonial (27) y el día en qué se celebraba la boda y los esposos iniciaban la convivencia.
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José era de la casa de “David” (27). Mateo lo llama hijo de David (Mt 1,20).
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La fórmula de saludo que usa el ángel, “alégrate” (28), era habitual en la época. En el contexto, este saludo presenta a María como la que ha sido elegida por Dios.
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El nombre de “Jesús” (31) significa «el Señor salva». En Mt 1,21 se explica con las palabras del ángel que se aparece a José: [Maria] dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados. Así pues, el nombre mismo de Jesús indica su misión: él viene a traer a la humanidad la salvación de Dios. Por eso se puede decir que es el Salvador (Lc 2,11).
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“No conozco a varón”, a veces traducido como ‘soy virgen’ (34), es una expresión típicamente bíblica. Aquí significa que María no ha tenido relaciones sexuales con ningún hombre. Y si el texto lo señala es con la finalidad de proclamar, desde el primer momento del Evangelio, el origen divino de Jesús (32.35).
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Sobre “el Espíritu Santo” (35), tengamos en cuenta que ya participa al principio de la acción creadora de Dios (Gn 1,2). En Jesucristo, Dios hace nueva toda la Creación.
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La expresión “te cubrirá con su sombra” (35) también nos conecta con las Escrituras: recuerda la nube que cubría el tabernáculo mientras el pueblo de Israel caminaba por el desierto (Ex 40,34-35; Nm 9,15) y que era un signo de la presencia de Dios.
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La expresión “Hijo de Dios” (35) en el Evangelio de Lucas aparece en una voz del cielo, en el bautismo (3,22) y la transfiguración (9,35); también en boca del diablo y de los demonios, que reconocen a Jesús como Hijo de Dios (4,3.9.41; 8,28); y Jesús mismo lo usa a petición de los dirigentes judíos (22,70).
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La expresión “para Dios nada hay imposible” (37) nos lleva a releer el texto de Gn 18,14, donde encontramos la concepción de Isaac, extraordinaria también como la de Jesús.