Estudio de Evangelio Pascua - “Pentecostés” - Josep María R. - 24 mayo 2026
Evangelio según Juan (20,19-23)
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19 Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
–Paz a vosotros.
20 Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. 21 Jesús repitió:
–Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
22 Y dicho esto exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
–Recibid el Espíritu Santo; 23 a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Pauta para el Estudio de Evangelio personal o compartido en grupo
- Introducción
Nos reunimos en este tiempo de Pascua, camino de Pentecostés, con la vida a cuestas: alegrías, cansancios, búsquedas, heridas… como aquellos discípulos y discípulas que estaban con miedo y las puertas cerradas.
También hoy, en medio de nuestra vida concreta, Jesús se hace presente, se pone en medio y nos regala su paz. No una paz fácil, sino una paz que brota de su entrega, de sus manos heridas, de su vida entregada por amor.
Hoy queremos acoger su aliento, su Espíritu. Ese Espíritu que nos hace ver con ojos nuevos, que nos levanta, que nos envía. Porque no estamos aquí solo para nosotros y nosotras mismas: somos llamados a vivir como discípulos y discípulas, y enviados como apóstoles, en medio del mundo.
El Espíritu nos transforma por dentro —“ya no vivo yo…”— y nos empuja hacia fuera, hacia una fe concreta: cuidar la vida, acompañar a quien sufre, denunciar la injusticia, sostener la esperanza.
Nos preguntamos en verdad:
- ¿Cómo el don del Espíritu nos está haciendo hoy discípulos y apóstoles?
- ¿A quién nos envía?
- ¿Cómo estamos respondiendo?
Abrimos el corazón, escuchamos la Palabra y dejamos que la vida y el Evangelio se encuentren.
- Oración para pedir el don de comprender el Evangelio y poder conocer y amar a Jesucristo y, de este modo, poder seguirle mejor y darlo a conocer
Ven, Espíritu de Jesús,
aliento suave en nuestras puertas cerradas,
luz pequeña en nuestras dudas.
Ponte en medio,
como aquella tarde,
y regálanos tu paz.
Abre nuestros ojos
para verte en la vida,
en las heridas,
en la gente sencilla.
Rompe nuestros miedos,
haznos comunidad que escucha,
cuerpo que acoge,
voz que anuncia.
Sopla dentro,
y haz de nosotros y nosotras
discípulos que siguen
y apóstoles que salen.
Amén.
- Anoto algunos hechos vividos esta última semana
- Leo/leemos el texto. Después contemplo y subrayo
- Anoto lo que descubro de JESÚS y de los demás personajes, la BUENA NOTICIA que escucho...
Tomo conciencia del don del Espíritu que he recibido. Y de que Jesucristo me ha hecho discípulo y me ha hecho apóstol, enviándome a otras personas para hacerles presente su Reino. ¿A quién me envía? ¿Cómo respondo a la misión que se me encomienda?
- Desde el evangelio, vuelvo a mirar la vida, los HECHOS vividos, las PERSONAS de mi alrededor...
En estos hechos y personas, ¿qué experiencias he tenido de “ver” al Señor en las diversas presencias que el Espíritu nos ofrece? ¿Qué testimonios de discípulo-apóstol he encontrado ahí?
- Llamadas que me hace –que nos hace– el Padre hoy a través de este Evangelio y compromiso(s)
- Oración. Diálogo con Jesús dando gracias, pidiendo...
Gracias, Jesús,
por quedarte en medio,
por reunirnos,
por hacernos comunidad.
Tu Espíritu nos habita,
aunque a veces no sepamos nombrarlo,
aunque dudemos,
aunque nos cueste creer en nosotros y nosotras.
Hoy comprendemos un poco más
que nadie sigue en solitario,
que nadie es enviado por su cuenta:
no hay discípulos ni apóstoles
sin Iglesia que acoge,
sin grupo que sostiene,
sin comunidad que envía.
Nos envías,
como el Padre te envió:
desde el nosotros,
hacia la vida,
hacia las personas concretas.
Que no vivamos para nosotros y nosotras,
que tu vida respire en la nuestra.
Haznos comunidad que cuida,
palabra compartida que anima,
cuerpo que reconoce tu presencia
en lo pequeño y en lo herido.
Y si olvidamos,
vuelve a reunirnos.
Si nos dispersamos,
vuelve a convocarnos.
Si nos cansamos,
recuérdanos que caminamos juntos.
Porque tu Espíritu
sigue haciendo de nosotros y nosotras
un solo cuerpo enviado,
una comunidad en misión.
Amén.
Notas por si hacen falta
Notas sobre la fiesta de Pentecostés
- El segundo domingo de Pascua ya leíamos este texto (en aquella ocasión, alargado hasta el versículo 31). En la ficha de aquel domingo podemos encontrar otras notas.
- Esta página del Evangelio nos sitúa en el primer domingo, el de la Resurrección. Así vemos que los cincuenta días de Pascua constituyen una unidad: hemos celebrado una única fiesta, tan importante que la hacemos durar.
- Y nos sitúa en el hoy: el don del Espíritu es del primer día y es de cada día, del ‘hoy’ del mundo, que es el ‘hoy’ de Dios.
Notas para fijarnos en Jesús y el Evangelio
- Jesús “exhaló su alientosobre ellos” (22): esta expresión nos lleva a los orígenes, a aquello que Dios hizo para dar vida al ser humano, al cual modeló del polvo del suelo (Gn 2,7). De este modo el Evangelio nos dice que Cristo Resucitado, dándonos el Espíritu, crea la Nueva Humanidad.
- El don del Espíritu Santo es fruto de la resurrección de Jesús. Es el Resucitado quien lo da (19). Don del Espíritu y Resurrección de Jesús no se pueden separar. El Espíritu Santo nos ha sido dado para la nueva presencia de Dios entre nosotros (Jn 14,16-26; 15,26; 16,7-15).
- Es por el Espíritu Santo que Cristo vive entre nosotros y en cada uno/a de nosotros. Es por el Espíritu que Cristo nos comunica su vida de resucitado. Es por el Espíritu Santo que podemos amar. Es por el Espíritu Santo que podemos “ver” (20) al Señor (Jn 3,3; 14,19; 20,24.29). Este “ver” es el “ver” de la fe, el “ver” que llena “de alegría” (20). Es por el Espíritu Santo que podemos acoger las presencias del Señor: en la Iglesia reunida (Mt 18,20), en la Escritura proclamada como Palabra viva (Rm 10,17), en los sacramentos (1Co 11,24-25) y en la vida, en las personas –comenzando por las más pobres– y en los acontecimientos (Mt 25,40.45; Lc 12,54-13,5; 17,21). Es por el Espíritu Santo que podemos pasar a la acción y dar la vida por los demás como lo ha hecho Cristo (Jn 15,13), abiertos a la esperanza del Reino de Dios (Mc 4,26-29).
- En la celebración de la Eucaristía expresamos el reconocimiento de estas cuatro presencias del Señor: la primera, en la Reunión; la segunda, en la Palabra que se nos proclama; la tercera, en el Sacramento; y la cuarta, en el Envío del final, que nos recuerda que Él está en la vida, fuera, cuando estamos en el hogar, con la familia, y/o dispersos en medio del mundo y de la sociedad (en el centro de trabajo o de estudio o en la plaza o en las asociaciones...), durante toda la semana, hasta la reunión del domingo siguiente.
- Refiriéndose a los que estaban reunidos en un mismo lugar, el evangelista Jn habla de “discípulos”, no de apóstoles (19): de este modo acentúa la adhesión a Jesús, el seguimiento. La identidad del apóstol, palabra que significa ‘enviado’ (21), pasa por ser, antes que nada, discípulo.
- No se es discípulo ni se es apóstol si no es en la Iglesia: reunidos en un mismo lugar (19) y reunidos con Él, en su presencia.
- Es apóstol aquel discípulo a quien el Resucitado envía, del mismo modo que Jesús era enviado por el Padre (21). El apóstol, entonces, no parte nunca de su propia iniciativa sino de la iniciativa de Otro. Siempre se refiere al proyecto de Otro: el proyecto de Dios que tanto amó al mundo que quiere darle la vida (Jn 3,16) dándose a conocer (Jn 7,26).
- El apóstol –el/la militante cristiano/a– es la persona que:
–da a conocer
–con la palabra y la acción
–a este Dios, que ha manifestado su amor y ha dado la vida en el hombre Jesús de Nazaret (Rm 1,5; 15,18), y su plan,el Reino.
- Esta acción de Dios en Jesús y en los apóstoles tiene implicaciones personales y sociales: el apóstol ya no vive más por si mismo –no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí (Ga 2,20)–; y no puede dejar de anunciar en qué consiste la religión pura (Santiago 1,27) y de denunciar la injusticia –el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando (Santiago 5,1-6)–.