Domingo 6º Pascua -A

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Estudio de Evangelio. José Ignacio Blanco Berga

Los discursos de la Cena nos sitúan en el corazón de la vida pascual: el don del Espíritu Santo, que nos recrea en lo más íntimo y nos hace vivir la vida del Resucitado.

17 de mayo de 2020. Jn 14,15-21

 

El Evangelio insiste en la comunión entre Jesús y el discípulo, obra del Espíritu Santo. Se trata de una relación única: conocimiento íntimo, pero que no podemos cuantificar ni objetivar; es experiencia de vida nueva, pero no puedo disponer de ella, sino sólo recibirla; consiste en amar a Jesús, pero la verdad de este amor está en cumplir su mandamiento: el amor al prójimo. ¿Ya damos gracias a Dios porque se ha fijado en nosotros y nos ha llamado a una relación de amor que quizá nos parezca normal, pero que es absolutamente regalo del Dios Creador a sus criaturas?

 

Un buen test de la calidad de nuestra vida teologal (fe, esperanza y amor) es confrontar nuestra experiencia espiritual con los discursos de la Cena.

 

+ Cuando pones tu vida confiadamente en manos de Jesús y experimentas que pierdes miedo al futuro, al riesgo, al sufrimiento. Entonces ya no «tenemos fe», sino que «vivimos de la fe».

 

+ Descubrir que la vida crece desde dentro hacia fuera, no por cumplimiento de normas ni por esfuerzos de voluntad. Basta recordar las parábolas agrícolas. La vida del Resucitado en cada uno de nosotros crece como las plantas, de dentro hacia fuera y dichoso quien ama sin enterarse de que ama.

 

+ Haber cambiado de mirada en tu relación con el prójimo, de modo que ahora ya no piensas en los demás por justificar tu vida, ni por impulsos de compasión, sino porque sientes que tu vida no te pertenece y has de entregarla a los demás.

 

+ Esa ternura agradecida ante Dios y ante la vida como subsuelo en que se asienta la actitud básica de la existencia, puesto que vivimos literalmente por la gracia de Dios.

 

+ Sabiduría para concentrar todo en lo esencial: el amor, de modo que lo que haces, oración y acción, trabajar y perder el tiempo, se unen en tu corazón. Y esa experiencia nos da la clave de la existencia cristiana: que la vida cristiana no consiste ni en acción, ni en oración ni en pasión; la vida cristiana consiste en creer, esperar y amar para hacer la voluntad de Dios.

 

¿Qué todavía todo esto es inicial? Sin duda. A pesar de todo, ¿no vemos que hemos recibido el Espíritu Santo para que esa vida se despliegue? Nuestros miedos y nuestros cálculos se resisten a dejar que la Vida crezca en nosotros. El Espíritu es el Defensor, y Él se encarga de salir a favor del Amor regalado por Dios. Confiemos y Él nos irá fortaleciendo por dentro, suavemente, como quien nada hace. La obra de Dios suele ser pacífica, con la violencia liberadora del amor.

 

José Ignacio Blanco Berga

Diócesis de Zaragoza