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Seguir a Jesucristo más de cerca y evangelización de los pobres

“La ‘Asociación de los Sacerdotes del Prado’ es fruto de una gracia concedida por el Espíritu Santo a la Iglesia en la persona de Antonio Chevrier, sacerdote de la diócesis de Lyon, para la evangelización de los pobres” (Constituciones 1).

Se trata de una asociación de sacerdotes diocesanos, que se reconocen llamados por Dios a vivir el radicalismo evangélico (cf. PDV 27-30; los consejos evangélicos: pobreza, castidad en el celibato y obediencia) en el ejercicio del ministerio presbiteral. La Asociación participa de la misión de toda la Iglesia, subrayando el signo mesiánico de la evangelización de los pobres (cf. Mt 11,2-11).

Esta asociación está reconocida en la Iglesia como un Instituto secular clerical de derecho pontificio. “Un instituto secular es un instituto de vida consagrada en el cual los fieles, viviendo en el mundo, aspiran a la perfección de la caridad, y se dedican a procurar la santificación del mundo sobre todo desde dentro de él. Por su consagración un miembro de un instituto secular no modifica su propia condición canónica, clerical o laical, en el Pueblo de Dios”(Código de Derecho Canónico, 710-711).

“A los fieles laicos, y también a los mismos sacerdotes, está abierta la posibilidad de profesar los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia a través de los votos o las promesas, conservando plenamente la propia condición laical o clerical” (S. Juan Pablo II, Christifideles laici, 56).

 

Sacerdotes diocesanos asociados

Somos ordenados presbíteros en el seno de un presbiterio concreto y al servicio de una Iglesia local, presidida por un Obispo, sucesor de los apóstoles. Somos co-presbíteros.

Por eso, la Iglesia -partiendo de lo que somos sacramentalmente- nos invita a asociarnos y a cultivar la dimensión comunitaria de nuestra vocación y misión: “foméntese entre ellos alguna forma de vida común o alguna convivencia… También han de estimarse grandemente y ser diligentemente promovidas aquellas asociaciones que, con estatutos reconocidos por la competente autoridad eclesiástica, fomenten la santidad de los sacerdotes en el ejercicio del ministerio” (PO 8; cf. PDV 31, 80-81).

 

Antonio Chevrier

Esta Asociación tiene su origen en el beato Antonio Chevrier (1826-1879), sacerdote de la diócesis de Lyon (Francia). Contemplando el misterio de la Encarnación del Verbo en la Navidad de 1856, se sintió llamado a seguir a Jesucristo más de cerca y a asociarse a otros sacerdotes para caminar juntos tras las huellas del único Pastor y Maestro. “Me decidí a seguir más de cerca a nuestro Señor Jesucristo, para hacerme más capaz de trabajar eficazmente en la salvación de las almas” (Proceso beatificación, t. 2, 7 y 97-98). Entendió el Padre Chevrier desde el principio que la práctica de los consejos evangélicos era totalmente necesaria para el pastor de almas.

 

“Conocer a Jesucristo lo es todo” (VD 113-114)

Todo comenzó y se desarrolló en Antonio Chevrier en la contemplación diaria de nuestro Señor Jesucristo: “Oh Cristo, oh Verbo, qué bello y qué grande eres”. El Padre Chevrier cultivó un amor apasionado por Jesucristo, estudiado minuciosamente en cada palabra de la Escritura. “Conocer a Jesucristo lo es todo… Ningún estudio, ninguna ciencia ha de ser preferida a ésta. Es la más necesaria, la más útil, la más importante, sobre todo para aquel que quiera ser sacerdote, su discípulo. Porque sólo este conocimiento puede hacer sacerdotes” (Antonio Chevrier, El verdadero discípulo, 113, Ed. Monte Carmelo, Burgos 2006). El conocer bíblico no es propiamente saber, sino comulgar, entrar en comunión con Jesucristo, dejarse seducir por Él. El Padre Chevrier dedicó muchas horas y muchas energías al estudio diario de nuestro Señor Jesucristo en la Escritura.

Es lo que popularmente llamamos ‘estudio del Evangelio’. También en la vida de un cristiano y, sobre todo de un presbítero, todo ha de brotar de la contemplación de nuestro Señor Jesucristo. El estudio del Evangelio es el trabajo de un pastor que cada día pregunta a su Señor y Maestro cómo llegar a ser verdadero discípulo. El estudio del Evangelio se articula en torno a una pregunta que formulamos a Jesucristo en la Escritura. En la exhortación apostólica Verbum Domini, Benedicto XVI habla de la “animación bíblica de la pastoral” (Benedicto XVI, Verbum Domini, 73). El estudio de Evangelio, practicado diariamente, posibilita que toda la vida del presbítero se conforme a Jesucristo y le transparente en los caminos del mundo. “Nuestra unión a Jesucristo debe ser tan íntima, tan visible, tan perfecta que los hombres deben decir al vernos: He ahí otro Jesucristo”.

 

Tener el Espíritu de Dios lo es todo (VD 231)

A Antonio Chevrier se le reveló con enorme claridad que el verdadero protagonista de la vida cristiana es el Espíritu Santo. En la vida cristiana lo que importa es dejarnos conducir por el Espíritu de Dios; lo más valioso a los ojos de Dios no es lo que hacemos nosotros, sino lo que consentimos que el Espíritu haga en nosotros. Fue el Espíritu el que engendró en las entrañas de María a Jesucristo; es el mismo Espíritu el que suspira de nuevo por engendrar en cada uno de nosotros a Jesucristo. Es el Espíritu el que convierte la historia ambigua de la humanidad en historia de salvación. “El Espíritu Santo es quien ha de producir en nosotros todo lo exterior. Hay que comenzar por poner en nosotros el Espíritu de Dios y, cuando ya está, actúa como la savia del árbol: produce en nosotros todo lo exterior” (El verdadero discípulo, 221).

Para un presbítero es muy importante reconocer las huellas de Dios en la vida cotidiana de los hombres. “El Señor estaba aquí y yo no lo sabía” (Gén 28,16). “Tratamos de contemplar también la vida de los hombres a la luz de la Palabra de Dios… Estamos convencidos de que una mirada contemplativa sobre la vida, continuamente avivada y purificada en la oración, es una fuente de conocimiento de Jesucristo y de dinamismo misionero” (Constituciones 38).

 

Evangelizar a los pobres lo es todo (cf. VD 299)

La Asociación de los Sacerdotes del Prado participa de la misión de toda la Iglesia, trabajando especialmente para que los pobres sean evangelizados. No basta con hacer muchas cosas por los pobres; es necesario compartir con ellos el tesoro del conocimiento de Jesucristo. No basta siquiera con ser un presbítero pobre: es necesario que Jesucristo sea conocido y amado por todos, especialmente por los pobres. Uno de los signos mesiánicos es que “los pobres son evangelizados”. La Iglesia no se cansa de recordarnos que el anuncio de Jesucristo es la mayor caridad (S. Juan Pablo II, Novo milennio ineunte 50). Los pobres también tienen derecho a conocer, amar y seguir a Jesucristo. Porque cuando Jesucristo es debidamente anunciado y acogido se generan procesos sorprendentes de humanización y divinización.

 

El sacerdote es un hombre pobre, crucificado y comido

La contemplación diaria de nuestro Señor Jesucristo conduce a Antonio Chevrier a entender su ministerio presbiteral desde los misterios de la Encarnación, la Pascua y la Eucaristía; gráficamente representados en el pesebre, la cruz y el sagrario (Mural de Saint-Fons).

El sacerdote es un hombre despojado, pobre; su fuerza y su tesoro es el nombre del Señor Jesús (cf Hch 3,1ss). El sacerdote es enviado a ser reflejo y transparencia de Jesucristo pobre, quien “siendo rico por nosotros se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (2 Cor 8,9).

El sacerdote es un hombre, como su Señor y Maestro, clavado en la cruz; es un discípulo que carga con la cruz cada día siguiendo a Jesucristo en todos los caminos de la vida; el sacerdote es sacramento del Crucificado-Resucitado.

El sacerdote es también, como su Señor y Maestro un hombre comido. Se alimenta cada día del pan bajado del cielo, reparte al Pueblo el pan de la Eucaristía y se convierte en buen pan para todos, especialmente para los pobres, pecadores e ignorantes. El sacerdote es el hombre de la Eucaristía, configurado con Cristo Eucaristía.  

                                                                                                                                                                      PESEBRE / CRUZ / EUCARISTÍA