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Cuaderno de vida 11.10.10: Muerte de Amelia

 

Esta tarde he estado en el tanatorio. Se ha muerto Amelia con 84 años, marido, siete hijos y una tribu de nietos y biznietos. Había mucha gente. No conocía a nadie. Me he presentado como el cura del barrio. Me han señalado a dos hijos. Eran un chico y una chica relativamente jóvenes. No se han movido. He tratado de iniciar la conversación preguntado cómo ha sido. Las respuestas eran cortas y frías. Sólo he alcanzado a escuchar: "Queremos una cosa breve. Cuanto antes se pase el día de mañana, mejor". Me he sentido mal, como perdido, sin saber qué decir y qué hacer.

 

He invitado entonces a los que quisieran a rezar un Padrenuestro. Un puñado se ha acercado. Los hijos han permanecido indiferentes. Especialmente ella, cabizbaja y con las gafas negras. ¡Cuánto dolor y cuánta desesperación! La madre se ha ido, la primera de toda una gran familia.

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A esta hora, en la parroquia de San Pablo de mi arciprestazgo de Gamonal se realiza una vigilia de jóvenes con la famosa cruz que abre los encuentros mundiales de la juventud. No he acudido, entre otras razones porque estoy muy cansado y diré porqué.

Ha abierto la jornada recibiendo a Maribel, una madre con una discapacidad, que después de muchas luchas y peleas ha podido quedarse embarazada y con alegría inscribe a su hijo para ser bautizado. He compartido un ratito la cruz del minusvalorado que pelea por abrirse paso y engendrar vida.

Después he estado escuchando a Pedro, un gitano con cinco hijos que se gana la vida vendiendo ambientadores y que me cuenta sus apreturas para sacarles a todos adelante. He arrimado el hombro, en nombre de la comunidad, para hacer su cruz más liviana.

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Los pobres, instrumentos de la transformación de Dios

 

He citado a María a charlar un rato en la parroquia. Hace un par de meses pasó por los servicios de Cáritas. Quiero conocerla y saber cómo la va.

 

Llega al despacho con una sonrisa amplia, a pesar del duro momento que atraviesa. Es una chica que ronda los treinta y con color tostado. Viene de Brasil, en donde ha dejado tres hijos al cuidado de sus padres. Ha hecho varios cursos de servicio doméstico, también de castellano, y aún así no encuentra trabajo. A esto hay que añadir que a su pareja también lo han despedido: “Un día le dio un ataque de epilepsia mientras trabajaba. Le dijeron que no volviera más, que no se responsabilizaban de lo que pudiera pasar si se le repetía”. Y ahora está también en la calle, tirado y en paro. Y la hipoteca aprieta. No saben cómo saldrán adelante.

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